22/4/22

1. El sistema capitalista-imperialista mundial y la guerra en Ucrania





Introducción



   En esta oportunidad entregamos tres artículos, siendo éste el primero, que abordan distintos aspectos de un mismo problema: la guerra en Ucrania. El presente artículo ubica teórica e históricamente esta guerra, situándola -al contrario de cómo lo hacen los plumíferos del imperialismo-, en una relación directa con la dinámica parasitaria y destructiva del sistema capitalista-imperialista mundial. 

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   El último 24 de febrero Putin inició la operación militar en Ucrania, una guerra que está en pleno desarrollo, que no se inició con el primer misil ni el avance de las tropas por el norte y este del país, hubo una escalada previa que culminó en esta fase donde solo el poder de fuego definirá los resultados y/o abrirá nuevos problemas no solo para los ucranianos y los rusos también para la clase trabajadora mundial.

   Para encontrar las causas de la actual conflagración que cada día suma el armamentismo y la intervención financiera y logística de más países hay que remontarse, por lo menos, tres décadas atrás y lo más importante, no distraer la atención de lo esencial, las leyes que impone la vigencia del sistema capitalista-imperialista, de los problemas agudos y de las contradicciones que se profundizan en cada nueva largada en la carrera por la dominación.

   En el escenario de batalla y después de 50 días se alejan los indicios de una rápida solución, porque de forma inmediata a la declaración de guerra de los rusos, se desató una “invasión” informativa imperialista mundial en una férrea unidad casi inédita, tendiente a justificar el intervencionismo militar de las potencias más poderosas del mundo, está claro que el asunto que desató esta guerra abarca muchos intereses, para comenzar los de EE. UU. Biden no deja de anunciar provisión de dinero para armar a Ucrania con “…servicios del Pentágono, así como entrenamiento y educación militar”, ni hablan de pacificación ni de negociación, solo de sanciones contra Rusia y más armas y entrenamiento militar para el ejército ucraniano. El 13 de abril, el periodista Rafael Poch de Feliu publicó en su blog una nota cuyo título, “Hacia una escalada bélica”, describe lo que está en marcha. Primero cita un texto publicado en Yahoo News de Zach Dorfman, su “corresponsal sobre seguridad nacional”, titulado “Los paramilitares ucranianos pueden tener un papel central si Rusia invade”, que dice:


2500 millones de dólares desde el inicio del conflicto, solo por parte de Estados Unidos, que se suman a los envíos previos a la invasión y al intenso entrenamiento de cuadros del ejército y los servicios secretos ucranianos a cargo de la CIA que comenzó en 2015, inmediatamente después del cambio de régimen en Kiev. (CIA-trained Ukrainian paramilitaries may take central role if Russia invades (yahoo.com))

 

   Y agrega:


… La OTAN ha puesto 40.000 hombres más en su flanco oriental, establecerá más bases militares permanentes en Europa Oriental y suministra misiles tierra-aire para abatir aviones rusos y misiles contra naves rusas en el Mar Negro.

 

   Parece difícil que Putin encuentre la respuesta a los primeros reclamos del gobierno ruso en la mesa de negociación. Se vaciaron las sillas para esa posibilidad, y la actual decisión de Estados Unidos-OTAN-gobierno ucraniano es prolongar la guerra por la vía del envío constante de armas, equipamiento, tecnología, “asesores” militares y de los servicios de inteligencia, más las sanciones y medidas tomadas con el fin de hundir la economía rusa, que produzcan calamidades al pueblo ruso y así liquidar el liderazgo de Putin. Todas medidas ejemplificadoras contra quien se atrevió a desafiar el poder imperialista.

   Los propósitos –no únicos, pero si los fundamentales– de Rusia estaban dirigidos a lograr una ampliación de su zona de seguridad, ante la constante extensión de la OTAN con la incorporación de los países limítrofes, en particular de Ucrania, en un continuo avance, que no se detuvo desde la desintegración de la URSS. La contraofensiva militar rusa perseguía establecer límites a la intervención militar imperialista, que ha regado de bases el extranjero cercano. Rusia no encontró otro camino para frenar estas amenazas, y respondió en el único idioma que entienden las potencias imperialistas: el de las armas.


DE “ESO” NO SE HABLA


   Los propagandistas a sueldo del amo imperialista lo defienden en una forma encubierta, pero a los trabajadores no nos pueden mentir descaradamente. Conocemos qué es la OTAN y al servicio de qué potencias e intereses económicos interviene y bombardea países. Conocemos al FMI y el Banco Mundial. Y también conocemos la actuación de las potencias europeas, Japón, Canadá, Australia y fundamentalmente de los Estados Unidos, que respaldan e impulsan el saqueo constante de los recursos en Latinoamérica y en el resto del planeta. Sufrimos la opresión nacional (golpes blandos y duros, lawfare, saqueo de recursos, etcétera), la anexión de zonas de nuestro territorio –desde Puerto Rico hasta las islas Malvinas–, el endeudamiento permanente y los regímenes militares y reaccionarios como formas de sometimiento. En definitiva vivimos bajo un sistema mundial “imperialista”, aunque a los actuales analistas y políticos les suene un término fuera de época.

1. El mundo se divide en potencias imperialistas ricas y países semicoloniales pobres


   De esta conflagración desatada por Rusia en Ucrania todavía desconocemos muchos aspectos, pero entendemos cómo la crisis crónica del capitalismo-imperialista empuja cada día más a la utilización de la guerra como medio privilegiado en la disputa por el reparto. El contexto mundial ya había dado señales alarmantes, en primer lugar desde la profunda crisis económica de 2007-2008, iniciada en los centros del poder planetario: Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa. Hasta hoy no hubo recuperación y, como lo describió en 2020 –doce años después– Martin Wolf en el Financial Times , “los ingresos crecen muy lentamente y nos parecemos a América Latina después del 30”. A partir de 2019 el impacto súbito y generalizado de la pandemia del coronavirus y las medidas de suspensión de las actividades laborales, comerciales, sociales adoptadas para contenerla, ocasionaron una drástica contracción de la economía mundial, y todavía bajo esos efectos de esta emergencia mundial estalló esta guerra en el centro de Europa.

   La conmoción por los inesperados peligros que encierra este nuevo conflicto militar, que tiene a Rusia –con un poderoso arsenal nuclear– como protagonista, eclipsaron a la pandemia y a la crisis económica mundial del foco de las incertidumbres. Pero la cuestión económica sigue estando allí, como señaló el FMI el 5 de marzo: “La actual guerra y las sanciones asociadas a ella tendrán un impacto severo en la economía global”, y nuevamente, en abril, la titular del organismo reforzó sus advertencias al mundo al plantear que la pandemia, la guerra y la inflación constituyen un grave problema para la economía mundial. Las consecuencias de todas las crisis de la economía capitalista siempre recayeron sobre los trabajadores, el pueblo pobre y los países atrasados, dominados y saqueados por las potencias imperialistas. Ahora, al sumarse el desastre de la guerra, está y seguirá ocurriendo lo mismo: sus costos recaerán con todo su peso en la vida y el futuro de millones de trabajadores ucranianos, y sumarán nuevas penurias al pueblo ruso, a la clase trabajadora mundial y a los países víctimas del imperialismo.

   El método de la guerra, utilizado y reiteradamente avalado por las potencias llamadas “democráticas y civilizadas”, no nos puede sorprender. El conflicto militar en Ucrania se suma a la crisis humanitaria sin final próximo con 16 millones de hambrientos a causa de los combates que devastaron ó a Yemen en Medio Oriente; a las atrocidades que continua cometiendo Estados Unidos en Afganistán, que le ha retenido sus fondos en la bancos de Nueva York mientras millones de afganos sufren hambre; a los enfrentamientos militares constantes en otros países y regiones de África, así como a los permanentes ataques israelíes contra la población palestina, que trata de resistir a que los sionistas la sigan expulsando de sus tierras. Mientras una Europa racista recibe con los brazos abiertos a los hasta ahora 5 millones de refugiados ucranianos, “gente europea, blanca y civilizada como nosotros”, pone una barrera tras otra al aluvión de migrantes negros y árabes que tratan de escapar del hambre y de sus países destruidos por guerras, cuyo número aumenta cada año, como también el de los que mueren en el intento de llegar a la frontera Sur de Europa –casi 2.000 en 2021–. Y lo mismo hace Estados Unidos con los latinoamericanos y caribeños de su “patio trasero”.

   Bajo el capitalismo las tragedias humanas se convierten en norma, si también incluimos las provocadas por las condiciones ambientales y climáticas. Únicamente el “periodismo” pasquinero de los monopolios mediáticos simula sorpresa por las consecuencias generadas por la intensificación de la violencia para adueñarse de las riquezas naturales –mineras, energéticas, hídricas, territoriales– por la oligarquía financiera internacional y sus monopolios. En definitiva, se pone de manifiesto la tendencia acelerada en esta etapa imperialista del fenómeno de concentración económica y opresión nacional –sea, que un puñado de magnates del capital dominen los países y las relaciones políticas mundiales para su beneficio–, ya descripta por Lenin a principios del siglo XX.

   Es más fácil mostrar adhesión al mundo de “paz y democracia” que vende el imperialismo si uno es ciudadano o reside en las viejas potencias europeas, en los Estados Unidos o en Japón, donde todavía existe una importante masa de trabajadores y de la clase media que mantiene derechos y privilegios perdidos o nunca conquistados en nuestros países atrasados. Pero bajo las sombras de las palabras y de las redes informáticas se produce el reparto territorial y de riquezas, se intensifica la opresión nacional y se convierte a los países atrasados en miserables colonias financieras de las potencias.

   Por esa razón, es muy distinta la vida de los trabajadores en países semicoloniales, endeudados de forma permanente como vía de sometimiento económico y político, en los que se aceleran la salida de divisas y el saqueo de recursos hacia las metrópolis, como ocurría cuando esos países eran colonias gobernadas por virreyes. Las dificultades para acceder a condiciones laborales mínimamente dignas no pesan únicamente sobre los obreros y asalariados –explotados por los capitalistas–; las dificultades crecientes para no caer en la miseria o salir de ella que pesan sobre las masas obreras, se agudizan también para capas enteras de los sectores medios, mientras la masa de marginados se agiganta.

   En el robo de recursos en la región latinoamericana, liderado por los Estados Unidos, también participan los países de la Unión Europea con un importante protagonismo de España –agazapada desde nuestra Independencia y añorando su pasado colonial–, y el imperialismo inglés, que no solo se apropió de las islas Malvinas y pisoteó la integridad territorial argentina sino que también las convirtió en una importante base militar. Pero esta es solo una porción de nuestro planeta; al servicio de estos intereses están los 180.000 soldados y las 254 bases e instalaciones militares norteamericanas y de la OTAN diseminadas por el mundo, para preparar o realizar intervenciones armadas como la de Afganistán, país sometido por los Estados Unidos, quien lideró las fuerzas de ocupación durante veinte años para saquearlo y destruirlo, hasta su retirada obligada tras sufrir una humillante derrota en manos de la organización militar, política y religiosa talibán. Las tropas de los miembros plenos de la OTAN suman más de 6 millones de efectivos, entre activos (3,3 millones), reservistas (2,1 millones) y paramilitares (750.000).

   El cuento reaccionario para consuelo de las masas de un mundo de “libre”, “democrático” y “civilizado”, ajeno a las armas, donde reina la conciliación de intereses entre las clases y países, y donde todo se resuelve en la mesa de negociaciones, con buenos modales… desde ese mundo más ilusorio que real alcanzado en el siglo XXI, Rusia dijo ¡Basta!

   Ucrania es un país pobre –medido en relación a su PBI y también al nivel de vida de la mayoría trabajadora–, y ha venido recibiendo ayuda financiera de los organismos internacionales al servicio de los monopolios y los usureros del capital financiero: el FMI, el Banco Mundial y de la banca europea. Por supuesto, fueron fondos destinados al fortalecimiento de los negocios de las potencias y de las oligarquías locales, no para aliviar la vida de los trabajadores ucranianos. Fundamentalmente fueron préstamos dirigidos al equipamiento armamentístico con tecnología de última generación, y para el reclutamiento y adiestramiento de los más de 2 millones de soldados con que hoy cuenta, entre activos y reservistas. Solo el año pasado sus gastos militares sumaron 5.900 millones de dólares. Tarea que estaba en manos de la OTAN. Como también señaló Noam Chomsky, en una reciente entrevista para la revista New Statesman, sobre la preparación militar de las fuerzas armadas ucranianas:


En septiembre de 2021 Estados Unidos lanzó una fuerte declaración política, llamando a un incremento de cooperación militar con Ucrania, aumentando su suministro de armas militares avanzadas, todo como parte del programa para acercar a Ucrania a la OTAN.

 

CONSIDERACIONES RESPECTO AL SISTEMA MUNDIAL IMPERIALISTA


2. A partir de los años 90, después de la caída del muro de Berlín, se intensificó el saqueo imperialista


   El capital es internacional, necesita libertad para moverse por el mundo, pasar por encima de las fronteras para entrar y salir de los países según sus necesidades y utilidades, y así reproducirse. En esta etapa imperialista la concentración del capital se aceleró, los monopolios imperialistas dominan el mercado mundial y se apoderan de los Estados, porque necesitan hacer sus negocios y enriquecerse a costa de la obra pública, de la apropiación del suelo urbano, de los negocios inmobiliarios, culturales, de los recursos mineros, petroleros, acuíferos, forestales y marítimos, etcétera.

   Los grandes pulpos del capital concentrado se diversifican en todas las ramas imaginables donde puedan lucrar y parasitar: desde las necesidades primarias –alimentos, agua, vivienda, energía, salud y educación–, hasta la comunicación y la información.

   Son gigantescos parásitos que chupan la sangre, los músculos y los nervios a la sociedad y la van descomponiendo más y más. Unos parásitos que han logrado adherirse al cuerpo humano; los llevamos por voluntad propia en el bolsillo, penetran en cada hogar y por esa razón en las cuarentenas y encierros que sufrimos durante la pandemia, mientras la mayoría de los trabajadores nos empobrecimos y muchos perdieron sus medios de vida, los dueños de Facebook, Google, Apple, Amazon, etcétera se llenaron de dólares. Porque el gran casino financiero mundial nunca se detuvo.

   El capital financiero se alimenta también del endeudamiento, es su mayor captador de divisas, y por esa vía ya existen países quebrados como Grecia, Ecuador o la Argentina, destrozados por los saqueadores y sus cómplices nacionales. El capital monopólico soborna gobiernos, funcionarios, jueces, parlamentarios, dirigentes sociales, sindicales y políticos. También sobornan para legislar a favor de sus intereses, y para que la diplomacia les facilite establecer sus empresas en países donde puedan explotar mano de obra con salarios bajos y sin convenios laborales que respetar.

   En nuestra región, lo que que ocurrió con la iniciativa de reforma de la energía eléctrica de López Obrador, el presidente de México, que quería que el Estado retomase el control del negocio de la energía apropiado por las empresas privadas extranjeras, permite entender sus declaraciones previas a la votación en el Congreso: “Ahí es muy claro que hay intereses de las empresas y que están metidos haciendo, ¿cómo le llaman?, lobbying en la Cámara de Diputados, de Senadores y en el Poder Judicial, las empresas extranjeras y gobiernos extranjeros”. Triunfaron los lobbystas y el Congreso votó en contra de la reforma.

   Estas intervenciones políticas, judiciales, institucionales –y también militares– en los países de la región nunca dejaron de existir y se han convertido cada vez más en moneda corriente.

   El sistema capitalista-imperialista otorga plena libertad al capital concentrado –aunque sea industrial y comercial–, que son propiedad de las oligarquías financieras internacionales y de sus socios menores las oligarquías nacionales de los países atrasados. Pero la libertad es efímera para la inmensa mayoría de trabajadores sometidos a las leyes de la explotación laboral. Es un sistema económico-político mundial al servicio de las potencias que oprimen al resto de los países, incluidos aquellos cuyos gobiernos intentan o intentaron mantener cierta independencia. Un sistema que se apoya en los poderíos militares de las potencias porque bajo el capitalismo no se concibe otro fundamento para el reparto de influencias, de intereses, de colonias financieras, que el nivel de fuerza de esos participantes, sea fuerza financiera, económica o militar.

   El reformismo de todo pelaje, ha difundido durante décadas la prédica “liberal” de la “libre competencia”, el “estado mínimo” sin emisión monetaria para tener “equilibrio fiscal”, que pone como ejemplos para los países atrasados a aquellos que “hacen las cosas bien”. Pero ese mundo dejó de existir más de un siglo atrás. La libre competencia se acabó con los monopolios y también la mentira del equilibrio fiscal. ¿O acaso Estados Unidos no puso a funcionar a todo vapor la máquina de imprimir dólares para salvar a los bancos y a las grandes empresas durante la crisis económica mundial de 2008 y tiene un déficit fiscal monumental?

   Las gigantescas proporciones de capital financiero, concentrado en pocas manos, necesita de una red cada vez más amplia de relaciones y conexiones para someter al resto de los capitalistas, hasta los más chicos, y así fortalecerse en la pelea cada vez más violenta –generadora de mayor represión, marginación social, xenofobia y racismo– por el reparto de mercados nacionales y los negocios en el mundo. El mundo está repartido entre estas pocas potencias que parasitan del gran saqueo y opresión de otras naciones.


EL SISTEMA CAPITALISTA-IMPERIALISTA SE FORTALECIÓ A PARTIR DE 1990


   Desde la década de los 90 los países de Europa del Este, las repúblicas de la ex URSS y China restauraron las leyes capitalistas en sus países y se incorporaron al mercado mundial imperialista. Los exburócratas soviéticos fueron quienes lideraron la sumisión al capital internacional, y a la vez, se beneficiaron de ese proceso, aportaron mano de obra (centenares de millones de nuevos obreros), producción y recursos al pillaje imperialista. La tercera parte de la humanidad –donde anteriormente no existía la clase capitalista y la economía se planificaba desde el estado–, se incorporó de lleno a las leyes brutales de este sistema de explotación mundial.

   A la vez nació una nueva ilusión: una Unión Europea “libre y democrática”, con moneda única, libre circulación de personas y capital. La Alemania imperialista se tragó a la República Democrática Alemana, y se incorporaron Polonia, Hungría, Bulgaria, Checoslovaquia, Yugoslavia, Rumania. También se fueron sumando algunas de las repúblicas que se independizaron de la ex URSS. Como ya explicó Lenin hace más de cien años, en su trabajo El imperialismo, fase superior del capitalismo:


las alianzas interimperialistas… en la realidad capitalista… –sea cual fuera su forma: una coalición imperialista contra otra, o una alianza general de todas las potencias imperialistas– no pueden constituir, inevitablemente, más que treguas entre las guerras"

   En síntesis, nuevas fronteras y constitución de nuevos países independientes que dejaron atrás la división en dos bloques de Europa y del mundo, que dejaron atrás la división de Alemania y la llamada Guerra Fría, abrieron esa “tregua”. Bajo ese nuevo escenario se escondieron las razones profundas del acuerdo: un nuevo reparto colonial. Ese nuevo territorio “unificado” que alcanzaba parte de Asia, proclamado por Gorbachov y por el cinismo manifiesto de los líderes mundiales de la época, encubrió desde su nacimiento la violenta pelea por la dominación y por el poder.

   Esos años fueron proclamados como el advenimiento de la paz mundial, el triunfo de la democracia; mientras se largaba la carrera política, económica y militar por la dominación, Estados Unidos la lideró. Gracias a la “locomotora” china –y en menor medida la de la India–, cuyo combustible era la explotación salvaje de miles de millones de nuevos trabajadores, se logró un corto período de estabilidad económica, pero hacia fines de los 90 ya estallaron crisis financieras, aunque nada de la magnitud de la crisis de 2008 con epicentro en las grandes potencias mundiales.

   Hasta ese año, cuando se iniciaron cambios en varios sentidos, el reparto del mundo con la incorporación de las repúblicas de la exURSS, de Europa del Este y de China contempló la relación de fuerzas existentes (económico-financieras, militares y políticas), que claramente estaba a favor de las viejas potencias europeas, comandadas por Estados Unidos.



3. La revolución rusa de 1917, primera revolución obrera triunfante, integró bajo un nuevo Estado a Rusia y Ucrania, nació la URSS y sobrevivió hasta 1991


   Hasta 1991, la actual Federación Rusa y Ucrania integraron la URSS –Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas–. La URSS surgió con el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917, que implantó un nuevo sistema económico basado en la expropiación de la burguesía, la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, la instauración de una economía planificada desde el estado, y bajo este sistema se conquistaron –entre otros, por ejemplo, el aborto– los derechos al trabajo, a la vivienda, a la atención de la salud y a la educación, etcétera.

   Ese nuevo Estado, nacido de una revolución obrera, existió durante más de setenta años. Sus fronteras cambiaron después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el régimen nazi invasor fue derrotado por el Ejército Rojo y la resistencia del pueblo. La URSS llegó a medir unos 10.000 kilómetros desde Kaliningrado, en la bahía de Gdansk, hasta Vladivostok; limitaba con doce países entre europeos y asiáticos, incluía distintas nacionalidades y se hablaban distintos idiomas. El triunfo militar de la URSS se extendió a la ocupación militar por el Ejército Rojo de Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y Rumania; Alemania quedó dividida, y en su parte oriental se formó la República Democrática Alemana. Stalin había pactado con el imperialismo que esos países seguirían siendo capitalistas, pero en todos ellos se terminó expropiando a las clases capitalistas e instaurando economías planificadas desde el estado, lo que abrió la llamada Guerra Fría. Cada bando tenía su propio brazo armado: los imperialistas la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), firmado entre los imperialismos europeos y Estados Unidos –comandado por los yanquis– y aquellas repúblicas integraron el Pacto de Varsovia, comandado por la URSS.

   La guerra era “fría” porque no había enfrentamientos militares directos entre la OTAN y el Pacto de Varsovia, pero fue caliente en el resto del mundo. Para mencionar solo unos pocos casos que tuvieron implicaciones estratégicas: en Corea, fue entre la OTAN y los ejércitos de Corea del Norte y de China; en Vietnam entre Estados Unidos y el ejército de Vietnam del Norte y la guerrilla de Vietnam del Sur; en Irán la revolución islámica acabó con la dictadura del Sha y su ejército respaldado por Estados Unidos; la revolución en Filipinas derrocó a la dictadura proyanqui de Marcos, también apoyada en su ejército al servicio de Estados Unidos.

   En el patio trasero de la URSS, la monstruosa dictadura burocrática de Stalin y sus sucesores aplastó con sus tanques las insurrecciones revolucionarias contra los regímenes burocráticos en Berlín (1953), Hungría (1956) y Checolovaquia (1968).

   La situación tuvo un punto de inflexión cuando Rusia invadió Afganistán en 1978, desatando una guerra contra los muyahidines islámicos, que recibieron dinero, entrenamiento y armas de varias potencias occidentales lideradas por los Estados Unidos, y acabó con el triunfo de estos y la retirada de los rusos en 1989.

   En los países capitalistas el poder es de la burguesía, es decir, de la propietaria de los bienes de producción y de cambio; en los países que luego se llamaron del “socialismo real”, el poder y los privilegios estaban en manos de las burocracias gobernantes, pero la propiedad era social. La derrota en Afganistán (a fines de la década del 80) golpeó el corazón del aparato burocrático del Kremlin porque hizo entrar en crisis a las columnas vertebrales de ese poder: el Ejército Rojo y la agencia de espionaje militarizada, la KGB.

   La crisis de la burocracia del Kremlin se agudizaba por una oposición creciente en su patio trasero, por las consecuencias de la guerra contra los afganos (los soldados rusos y de distintas nacionalidades de la URSS muertos en el campo de batalla), por el deterioro de su economía y las transformaciones de Gorbachov. Una crisis que se manifestaba cada vez más en los movimientos huelguísticos en varias regiones de la URSS y en especial por el surgimiento en Polonia del sindicato de masas independiente Solidaridad, que puso en jaque a la burocracia del país y de los demás países de la órbita soviética. El primer movimiento antiburocrático que no fue aplastado por los tanques del Kremlin como había ocurrido desde 1953. Ese cambio demostró la debilidad creciente del poder soviético, y fue el antecedente directo del estallido de una ola de movimientos revolucionarios en el conjunto de Europa del Este, que establecieron la fecha límite a la sobrevivencia de los regímenes burocráticos.

   En síntesis, la combinación de factores –entre los fundamentales, el ascenso de luchas obreras dentro de sus fronteras, luchas revolucionarias de masas en varias regiones del planeta y la derrota militar sufrida en Afganistán– obligó a la histórica retirada militar y política, decidida de forma unilateral por el Kremlin, de los países de Europa bajo la órbita soviética. Las potencias imperialistas celebraron esto como una rendición, y Gorbachov recibió el premio Nobel de la Paz por el nuevo orden mundial nacido en 1991.

   Terminaba así la “guerra fría”, el enfrentamiento entre dos sistemas económicos, políticos y sociales, entre la URSS que había degenerado a un “socialismo en un solo país” bajo el dominio de un régimen burocrático, o sea, de una casta privilegiada de la sociedad –aislada y dividida del proyecto de la burocracia china, que había pactado con Estados Unidos–, y el capitalismo-imperialista, que dominaba el mercado mundial.


4. El Pacto de Varsovia dejó de existir, pero la OTAN sobrevivió y se extendió a todo el planeta porque recrudeció la guerra por el dominio de países y de recursos


   En los años 90 Gorbachov firmó los documentos que debilitaron la seguridad rusa. En Moscú junto a los Estados Unidos, Alemania occidental y Francia declararon la plena soberanía y la pertenencia de la Alemania unida a la OTAN con un ejército inferior a los 370.000 hombres que no podían disponer de armas nucleares, químicas o biológicas.

   Se firmó también la “Carta de París para la nueva Europa”, donde los líderes mundiales declaraban el fin de la guerra fría, de la división de Europa y del mundo en dos bloques; se firmaron acuerdos para el desarme y la acción común de los estados europeos para la seguridad militar, y la URSS dio por terminado el Pacto de Varsovia.

   Siete años después, las fronteras de la OTAN se encontraban solo a 400 kilómetros de Smolensk como efecto de la ampliación de la alianza hacia el Este y con la realización de proyectos como la creación de sistemas de intercepción de misiles y el desarrollo cada vez más sofisticado del armamento nuclear norteamericano.

   Las declaraciones de convivencia se convirtieron de forma inmediata en papel mojado. Un año después, los Estados Unidos no solo daba prioridad a la existencia de la OTAN y posibilitaba la incorporación de nuevos países sino que en 1991 intervino por primera vez de forma conjunta (incluida Alemania) en una guerra en Yugoslavia, que terminó dividida, semicolonizada y hasta con un protectorado yanqui en Kosovo, con una base militar enorme que más tarde fue fundamental para la invasión de Irak por Estados Unidos.

   En la URSS, las nacionalidades constituyeron su detonante y apresuraron su desintegración en 1991 cuando las repúblicas de Rusia, Ucrania, Bielorrusia declararon su independencia. Se reconstruyeron sobre base capitalista, y se liquidó la economía planificada bajo la intervención directa de las potencias imperialistas. No fue una disolución totalmente pacífica: conflictos militares en diferentes puntos del territorio de la ex URSS, en Abjasia, Osetia del Sur, Nagorno Karabaj, Transnistria, Chechenia y Crimea, marcarán el camino de independencia de las ex repúblicas soviéticas y de semicolonización imperialista. Mientras, estallaba en el patio trasero la guerra en el territorio de la exYugoslavia dos guerras sucesivas desde 1991 hasta 2001.

   Rusia, o sea la Federación Rusa, ocupó un territorio con fronteras con la Unión Europea, con el Oriente próximo y con China, y por el Norte estaba muy próxima a los Estados Unidos a través del estrecho de Bering. Concentró el arsenal nuclear de la ex URSS y fortaleció la producción de hidrocarburos.

   Ucrania y Bielorrusa, que limitan con la Federación Rusa, heredaron una parte significativa del viejo complejo industrial y militar de la URSS; en Ucrania se localizaba el 15% de la producción de material bélico en la época soviética.

   En la transición de la URSS hacia la Federación Rusa y las repúblicas independientes, el primer retroceso desde el punto de vista de la seguridad y de la geopolítica se produjo en la era Gorbachov con la llamada independencia de los países de Europa del Este. El segundo, en la época de Yeltsin con la independencia de los países del Báltico y mayor expansión de la OTAN hacia el Este. El tercero durante los primeros años de mandato de Putin, con la presencia militar norteamericana en el Asia Central y Georgia. Se pretendió continuar en esa escalada en Abjasia, Azerbaidján, Armenia, Bielorrusia y Ucrania.

   El resultado militar de estos procesos fue que el Pacto de Varsovia desapareció, pero la OTAN, que antes incluía y limitaba su radio de acción solo a Estados Unidos y la Europa imperialista, no solo sobrevivió sino que se extendió a todo el planeta. Del viejo patrio trasero de la URSS, entre 1999 y 2017 ingresaron a la OTAN Albania; Bulgaria; Polonia; Rumania; Hungría; Estonia, Letonia y Lituania (que habían sido parte de la URSS); República Checa y Eslovaquia (que antes eran parte de Checoslovaquia); Croacia, Montenegro, Macedonia del Norte y Eslovenia (que se independizaron de la ex Yugoslavia gracias a la intervención de los imperialismos europeos y a los bombardeos de la OTAN contra Serbia, efectuados sin autorización de las Naciones Unidas). Todo esto sin contar con los numerosos aliados a los yanquis “extra OTAN”, entre los que se cuentan tres de los cuatro países más importantes de nuestra región: Colombia, Brasil y Argentina (1). En la Unión Europea, sólo Suecia, Suiza, Finlandia y Serbia no están en la OTAN (2), pero Suecia y Finlandia están avanzando hacia romper con su histórica neutralidad e ingresar a ella.


5. Ucrania y las llamadas “revoluciones de colores”


   La desaparición de la URSS allanó el camino de dominación imperialista de las repúblicas que la habían constituido, pero el desarrollo capitalista no despierta necesariamente a todas las naciones a una vida independiente, sino todo lo contrario: se agudiza la dominación monopólica, se agudiza el sometimiento a las reglas del mercado mundial y fundamentalmente su sometimiento al yugo financiero, político y militar.

   Cuando por primera vez en un referéndum en Ucrania se votó mayoritariamente el apoyo a la independencia, el país suponía el 18% de la población de la URSS, el 22% de su producción agrícola y el 18% de sus artículos de consumo, pero todavía esa independencia no suponía la inexistencia de la URSS. La desintegración de la URSS y la creación de Ucrania como estado unido e independiente fue una decisión posterior de las cúpulas dirigentes.

   La nueva Rusia no reemplazó a la exURSS. Con la independencia de las repúblicas que la integraban, la Federación Rusa perdió el 40% del PBI, la cuarta parte del territorio, las principales salidas al mar, en el Báltico y en el Mar Negro y la mitad de la población de matriz rusa. Y sufrió una tragedia económica y social provocada por el plan neoliberal, dirigido por el FMI, la Fundación Ford, consultoras de la banca y las finanzas mundiales, asesorados por un comité de expertos entre los que se destacaron Jeffrey Sachs o David Lipton. A ellos se sumaron Gaidar y los ex burócratas de la URSS que dejaron las tareas administrativas para dedicarse a los negocios, en el período de liderazgo de Boris Yeltsin, en los primeros años de la década del 90. Las casi totalidad de las “joyas de la abuela” –sobre todo las industrias– del sistema fueron de propiedad colectiva– fueron rapiñadas por burócratas y tecnócratas que se convirtieron en propietarios y nuevos oligarcas. En la Federación Rusa y en Ucrania las catástrofes macroeconómicas y las crisis políticas convivieron desde los primeros años de la década del 90, que los “expertos” llamaron años de “acumulación de capital”, y nosotros denominamos de acumulación de riqueza en los bolsillos de una minoría a costa de la expropiación a los trabajadores. Lo que ocurrió en realidad fue que se robó a manos llenas, incluidos, como en la Argentina del último gobierno neoliberal de Macri, los créditos del FMI y de la banca europea.


6. Ucrania y el FMI


   ¿Cual fue la primera institución imperialista en ingresar en estas nuevas repúblicas independientes de la ex URSS?

   El FMI, el organismo cuya principal arma de sometimiento es el endeudamiento, que en nuestra región se hizo famoso por el estallido de economías como la venezolana y la ecuatoriana, y que actualmente empuja a una nueva crisis a la economía argentina.

   Sin embargo, Volodímir Zelensky, el actual jefe de Estado en Ucrania y lacayo imperialista, a pocos meses de asumir en 2020, señaló la importancia del FMI ante el Parlamento ucraniano:


“Es muy difícil para Ucrania, y hoy es muy importante para nosotros apoyar la economía ucraniana, las personas que trabajan en empresas. Es muy importante para nosotros que realmente firmemos el memorándum con el Fondo Monetario Internacional, y ustedes saben muy bien que las dos condiciones principales son la ley de tierras y la ley bancaria”.

   No nos debe extrañar la llamada “ley de tierras” en un territorio que contiene una de las tres llanuras más fértiles del planeta, similar a la pampa húmeda argentina, y que bajo esta ley seguramente posibilitará su apropiación por algún pulpo del capital financiero norteamericano o europeo.

   Pero el FMI no es un recién llegado a Ucrania, sino que acompañó la desindustrialización y el saqueo del país durante las tres últimas décadas.

   La liquidación de su economía fue parte integrante del plan restaurador capitalista por el cual se apropiaron las riquezas del país un grupo de oligarcas nativos y una red de sirvientes del capital financiero imperialista. En esos años no faltaron huelgas y acciones independientes de masas contra la apropiación privada y expropiación de las riquezas y recursos de propiedad colectiva vigente durante el período soviético, de aquellos a quienes los nuevos dirigentes del período “democrático” los dejaban sin trabajo y en condiciones de vida miserables, bajo el discurso de la libertad y de la lucha contra el régimen burocrático de partido único del período soviético.

   En Ucrania, en 1991, en 2004 (“revolución naranja”) y en 2014 (“Euromaidan”), se produjeron movilizaciones masivas de trabajadores que marcaron también el destino de los ucranianos en su lucha por una república que les garantizara condiciones de vida dignas.


7. Rusia, las consecuencias del llamado “Euromaidan” y la actual guerra


   En un contexto mundial definido por la crisis financiera y económica imperialista de 2008, con epicentro en los Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Europea, se produjeron acciones, movilizaciones de masas en todo el continente europeo. En Ucrania, en 2014, estalló también un nuevo proceso de movilizaciones que duró varios meses, donde se combinaron huelgas obreras, toma y ocupación de edificios gubernamentales, concentraciones, que obligaron a la renuncia del gobierno ucraniano prorruso de Yanukovich.

   La injerencia descarada de la OTAN y del imperialismo hizo que el Euromaidan –llamado así porque el movimiento surgido en la capital Kiev asumió el reclamo de entrar a la Unión Europea– terminara secuestrado por una coalición neoliberal-fascista. El nuevo gobierno salido de Maidan –nombre de la plaza de Kiev foco principal de las movilizaciones– aplica medidas de mayor ajuste para los trabajadores, como la reducción de subsidios en general y en particular a la industria, con la consecuente pérdida de empleos y aumentos del gas. También se impuso el idioma ucraniano para su uso en el aparato estatal, la intelectualidad y el occidente del país. Pero la mitad de la población hablaba ruso, un 20% hablaba los dos idiomas, y solo un 30% ucraniano.

   La movilización en el sur oriente (lo que hoy son las “repúblicas separatistas” de Donetsk y Lugansk) ganó un carácter masivo y se radicalizó. Boris Kagarlitsky, un conocido sociólogo ruso lo describió así:


“Cuando empezaron a salir los trabajadores, y a organizarse las autodefensas, en Slaviansk fueron al mercado y dijeron que lo nacionalizaban y bajaban los arriendos. En Kramatorsk los trabajadores llegaron a una fábrica armados e impusieron el control obrero. No había izquierda, ni sindicatos, pero cuando salieron a la calle y les dieron armas, empezaron a actuar así de forma espontánea”.

   La declaración de la República Popular de Donetsk también habla de propiedad social. Estas repúblicas no lograron autonomía dentro de una Ucrania más federal; al contrario, en la guerra declarada en su contra por el gobierno ucraniano murieron aproximadamente 14.000, la gran mayoría civiles, conflicto que persistió hasta el reconocimiento de su independencia e inmediata invasión y operación militar rusa. El caso de Crimea fue diferente, y terminó unida a Rusia.
   Pero con una Ucrania dividida y bajo un gobierno sometido a los dictados de Estados Unidos y Gran Bretaña, tanto las repúblicas del Donetsk como Crimea estaban en peligro ante la preparación, formación y armamento de las nuevas fuerzas armadas ucranianas entrenadas por la OTAN y el imperialismo. Y ese peligro se extendía a la seguridad rusa.
   La división de la sociedad ucraniana, fomentada por el imperialismo y el gobierno ucraniano, el fortalecimiento de las bandas fascistas y de un sector del Ejército bajo los símbolos nazis, el financiamiento de la banca europea para la compras de armas y para entrenamiento militar, más las reformas dictadas por el FMI, constituían el caldo de cultivo para la nueva guerra en las puertas de Rusia, con el respectivo avance de la OTAN hasta los pasillos del Kremlin.

8. El carácter internacional de la guerra deviene de la lucha por el reparto


   El escenario de la guerra es el territorio de Ucrania. Teóricamente un país soberano. Pero la realidad muchas veces contradice las definiciones institucionales y jurídicas: Ucrania es todavía una economía capitalista débilmente desarrollada, con un poder político dominado por las oligarquías locales lacayas del capital financiero internacional. Desde la declaración de independencia en los 90, el reparto del país y la lucha por el país entre los imperialismos europeo y norteamericano, y su vecina Federación Rusa determinó su existencia.

   Ucrania también dependía de la provisión del gas ruso y lo pagaba subsidiado. Si una potencia como Alemania, que lidera la economía de la Unión Europea, está presionada para renunciar al suministro del recientemente construido gasoducto Nord Stream2, para no financiar por esa vía al gobierno ruso y sí comprarlo a los Estados Unidos, una política que en forma clara perjudica a Europa y puede destrozar a su principal economía y eje de la Unión Europea, la economía alemana (3), ¿cuál podría ser la capacidad de negociación del reciente país nacido de la desintegración de la URSS, y endeudado por todos los lados?

   Volvemos sobre el mismo concepto: el reparto en el mundo no se resuelve con la diplomacia y el derecho internacional, se resuelve sobre la base de las relaciones de fuerza. La concentración monopólica y el capital financiero aceleran y acentúan la diferencia entre el ritmo de crecimiento de las distintas partes de la economía mundial, y además, surgen nuevas potencias, como China; por lo tanto, esa lucha se agudiza, no se frena.

   Por eso solo la guerra es el medio para suprimir la desproporción existente entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la acumulación del capital, por una parte, y el reparto de los países pobres-colonias financieras, por otra.

   En la guerra en Ucrania intervienen desde el inicio las condiciones impuestas por la fuerza política norteamericana, inglesa y europea y su títere el gobierno ucraniano, contra Rusia.

   No podemos detenernos en las particularidades y en los aspectos secundarios para definir una posición frente a esta guerra. Debemos partir de no perder de vista al enemigo principal, el imperialismo norteamericano: la fuerza del capital financiero concentrado en pocas manos, en la extensa red de dependencia creada por esa fuerza y de la lucha abierta con otros grupos financieros nacionales por el dominio sobre otros países y, desde ya, la OTAN, que es el brazo armado de los monopolios dominantes, o sea, el brazo armado de los Estados Unidos para defensa de sus corporaciones y su capital financiero.

   El desarrollo económico chino y su independencia política y militar con respecto a Estados Unidos es el desafío más importante al poder imperialista norteamericano; por eso hace años, desde Bush hasta Obama, Trump y Biden, el Departamento de Estado definió a China como “enemigo estratégico” y una “amenaza a su seguridad nacional”. Los intereses comunes entre China y Rusia –que también es independiente política y militarmente de los yanquis– explican el estallido de la guerra en Ucrania, que no es una guerra entre Rusia y Ucrania sino una guerra entre Rusia y Estados Unidos, cuyo brazo armado es la OTAN.


Florencia Sánchez


(1) El cuarto es México.

(2) No contamos a países que geográficamente están en Asia, como Georgia.

(3) En Alemania no hay acuerdo con la bajada de línea de los norteamericanos. Hay distintas opiniones al respecto, por ejemplo, la de la BASF SE, la mayor corporación mundial de productos químicos, con su fábrica principal ubicada en la ciudad de origen de la compañía (Ludwigshafen), que se ha convertido en la planta química integrada más grande del mundo, con una superficie de 10 kilómetros cuadrados y donde trabajan más de 39.000 empleados, cuyo titular señaló que la suspensión de las importaciones rusas: “causarán la catástrofe inmediata de la economía y de la industria alemana”.


24/3/22

CONTRA LA SANTA ALIANZA IMPERIALISTA Y EL ROL DE PEÓN DE COLOMBIA

 


   La guerra entre Rusia y Ucrania, es en realidad una guerra por interpuesta persona entre Estados Unidos -sus aliados de la OTAN- y Rusia, es una expresión del avance militar desenfrenado de la máxima potencia imperialista del mundo que, por primera vez en la historia desde la destrucción de la URSS- se encontró con la resistencia armada de un país con la capacidad bélica de Rusia.

   Es tan grande el poderío económico de las transnacionales y los bancos imperialistas que dominan el mundo, que han desatado una campaña ideológica mundial a través de los medios de desinformación de todos los países y con el apoyo de los gobiernos de casi todo el mundo, bajo la cual se conduce a millones en todo el planeta a convencerse de que Rusia y Putin son monstruos imperialistas que violan la soberanía de Ucrania mientras que la OTAN actúa como la defensora de la paz y la democracia.

   Cuando la verdad es que Rusia es un país capitalista independiente que libra hace años una lucha desigual por preservar su soberanía y hasta su supervivencia como Estado. Las actuaciones de Rusia representan un intento por frenar el avance del cerco militar de la OTAN que corre a velas desplegadas desde hace 30 años, y cuyo remate sería la incorporación de Ucrania, que facilitaría el despliegue de misiles y tropas en la nuca del oso ruso.

   Asistimos al avance descarado de la máxima herramienta contrarrevolucionaria de la historia de la humanidad, la OTAN, alianza militar imperialista de los países europeos comandada política y militarmente por EEUU y creada después de la Segunda Guerra mundial para combatir a la URSS y a los países del este de Europa, que una vez triunfó la restauración capitalista y se destruyó la URSS pasó a defender los intereses de los imperialismo yanqui y de las potencias imperialistas europeas -principalmente Inglaterra, Alemania y en cierta época Francia- en todo el mundo, instalando más de 500 bases militares e instalaciones militares  en todos los continentes e incorporando a los llamados “socios globales”.

   La OTAN causó gran devastación en las guerras de Yugoslavia y de Bosnia, intervino en las guerras de agresión y de destrucción de Afganistán y Libia y coopera con EEUU en Siria. Pero son incontables las invasiones, bombardeos, incursiones relámpago, así como los golpes de Estado y el apoyo a dictaduras sangrientas que todos los países imperialistas, empezando por el más sanguinario de todos, Estados Unidos, han ejecutado a lo largo de la historia, incluyendo el uso de todo tipo de armas de destrucción masiva contra pueblos indefensos, llegando incluso a usar la bomba atómica contra Japón al final de la Segunda Guerra Mundial. Son estos genocidas, que tienen al mundo ante el riesgo de una conflagración nuclear de incalculables consecuencias, los peores enemigos de la humanidad, quienes nos llaman a defender la paz y la democracia en Ucrania.

Duque y la oligarquía colombiana ponen a Colombia como peón del imperialismo

   Es larga y vergonzosa la trayectoria de servilismo de la oligarquía colombiana y sus gobiernos en la defensa de los intereses del imperialismo, especialmente de Estados Unidos. Pero esta pegó un salto en 2001 con la creación del denominado Plan Colombia, el cual reforzó como nunca a las Fuerzas Militares colombianas para perseguir a las guerrillas y para combatir a los países y gobiernos independientes del continente, e hizo de Colombia el “portaviones” del imperialismo en América Latina.  Colombia ha sido el principal aliado del imperialismo en su campaña de agresiones económicas, políticas y militares contra Venezuela, y cuenta con 12 bases militares imperialistas -aunque apenas reconocen 7-, algunas de las cuales tienen gran proyección de ataque  de aviones de guerra de última generación, capaces de alcanzar todo el sur del continente, controlar el Atlántico e intervenir en África; además de permitir mediante acuerdos el uso  militar de todos los puertos y aeropuertos del país a Estados Unidos en caso de ser necesario. Pero en 2018 pasó a ser “socio global de la OTAN”, lo que según informó esa institución en su momento, implicaría más cooperación en áreas de “interés mutuo” como la seguridad electrónica, marítima y la “lucha contra el terrorismo”.

   Colombia es el único país de América Latina que ostenta esa deshonrosa posición, con la cual amenaza la soberanía nacional de los demás países del continente, se erige en guardián de los intereses económicos y políticos del imperialismo en contra de los pueblos insumisos de la región que cada vez más desafían sus planes de explotación y a sus gobiernos lacayos y títeres, al tiempo que actúa como retaguardia en la lucha por la hegemonía absoluta de su patio trasero, en contra de sus competidores China y Rusia.

   Es así como llegamos a este penoso momento, en el que el gobierno de Duque actúa como ariete en el cerco mundial de la Santa Alianza imperialista contra Rusia, y cuando el gobierno de Biden ha impuesto un nuevo título a su más fiel lacayo: el de “aliado por fuera de la OTAN”; título que ostentan Australia, Egipto e Israel, y en América Latina Argentina y Brasil. Y gracias al cual Colombia puede acceder a equipo militar y municiones, se compromete a almacenar equipos de guerra de Estados Unidos y a participar en acciones antiterroristas. Todo en el marco de la ofensiva mundial contra Rusia y en medio del trámite para la aprobación en el congreso de estados Unidos de lo que se ha denominado “El nuevo Plan Colombia”.

   Las bases militares que los imperialistas tienen diseminadas por todo el mundo están puestas en cada lugar para defender sus intereses estratégicos, amenazan la vida de millones de trabajadores en todo el planeta, pues esos intereses pasan en primer lugar por garantizar la explotación de esos trabajadores, así como el saqueo de los recursos naturales de los países que las acogen. Es hora de elevar el grito de guerra en contra de ese cercamiento militar de nuestros países. Los trabajadores y los pobres que habitamos este país tenemos que rechazar con vehemencia el rol miserable de peón de la Santa Alianza imperialista que este gobierno le está imponiendo a Colombia.

   Hay que luchar incansablemente por el retiro de las bases imperialistas -con todos sus asesores, oficiales y mercenarios-, por la salida del país de la OTAN y de la OCDE, así como por la ruptura de todos los pactos económicos políticos y militares que nos atan al imperialismo: como el TIAR -tratado interamericano de asistencia recíproca-, los TLC o la misma OEA, ministerio de colonias de los yanquis.

   A todos los que se reclaman demócratas o de izquierda les asiste la responsabilidad histórica de luchar en contra de la ofensiva mundial de la OTAN y, consecuentemente, en contra del rol de peón de nuestro país. Quienes desde la izquierda han condenado por igual a Rusia y a la OTAN o han enfatizado en el combate al “imperialismo ruso”, deberían meditar sobre el hecho de que hoy se ubican en el mismo bando de Duque y el uribismo -bajo el ala del águila imperial yanqui-.

   A quienes como el candidato presidencial Gustavo Petro, han declarado reiteradamente que su apuesta es por la transformación radical de nuestra sociedad, los millones de jóvenes y trabajadores debemos exigirle que luche por romper con la cadena histórica de sometimiento del país al imperialismo, y que si llega a la presidencia incluya en sus primeros actos de gobierno la ruptura de todos estos pactos opresivos, la salida de Colombia de la OTAN y su rechazo categórico a la implementación del “Nuevo Plan Colombia”.

   A las direcciones de las organizaciones de masas del país, de la CUT, de la FECODE, a los dirigentes de las organizaciones denominadas progresistas y democráticas como los Verdes, Dignidad o El Pacto Histórico, y por supuesto a sus candidatos presidenciales, los trabajadores y los jóvenes debemos exigirles que se sumen a lo dicho hace unos días por el expresidente Evo Morales: “Hacemos un llamado a una movilización internacional para frenar el expansionismo intervencionista de la OTAN y EE.UU. La humanidad clama por pacificación, la conflagración no es la solución. La hegemonía armamentista e imperialista pone en riesgo la paz mundial”.


Declaración política / Alternativa Revolucionaria Socialista - Colombia



13/3/22

UCRANIA: Primeras líneas sobre la guerra


   Bajo el dominio imperialista del sistema económico mundial, el “crecimiento económico” y esta proclamada “democracia” conllevan más lacras que progreso. Es un sistema para una minoría, liderado por oligarquías financieras y parasitarias de las potencias imperialistas, que le destina a la inmensa masa de trabajadores del planeta solo explotación y esclavitud laboral, opresión, discriminación, cada vez más racismo y xenofobia; y a la mayoría de los países, saqueo de recursos y capital de forma constante, anexiones, el peligro de su destrucción o inviabilidad, pobreza, miseria creciente y, fundamentalmente, guerras de dominación.

   El oportunismo político, fortalecido por una recaudación abultada (en dólares, euros y privilegios) y conquistada a base de servir al sistema de explotación, satura los medios masivos y las redes sociales con la pintura de un mundo pacífico y civilizado, especialmente el “occidental y cristiano”, y del otro lado un Putin, que lanza una guerra para “invadir a Ucrania” sin respetar su “soberanía e integridad territorial”, cometiendo toda clase de “crímenes de lesa humanidad”.

   La verdad sobre este mundo la dijo el presidente del Banco Mundial: “23 países, que entre todos suman una población de 850 millones, se enfrentan actualmente a conflictos [militares] de intensidad media a alta”. Agregó que su número se ha duplicado en los últimos diez años y “esto ha provocado flujos masivos de refugiados”.

   Esos conflictos generan todo tipo de dramas humanos, millones de desplazados, campos de refugiados, huérfanos, y un sinfín de tragedias, que están impulsadas en últimas por los intereses económicos de estos países. Los países imperialistas, y un grupo reducido de potencias capitalistas emergentes, luchan por repartirse el mundo -por acceder a mercados, materias primas y mano de obra en cualquier región- y lo hacen de acuerdo a la fuerza económica y militar que poseen. 

   La guerra es una expresión de esa lucha por el reparto, es su principal lacra, y plantea de forma inmediata la posibilidad de un exterminio nuclear, de consecuencias incalculables en la pérdida de vidas, sin contar la creación y utilización de armamento cada día más sofisticado y eficaz para la destrucción, además de las letales consecuencias biológicas y químicas. 

   Desde el 24 de febrero, gran parte del territorio ucraniano ha sido declarado escenario de guerra por las fuerzas armadas rusas. Sin embargo, esta no es simplemente una guerra entre Ucrania y Rusia, es una guerra por interpuesta persona entre la OTAN y Rusia. La OTAN, desde la destrucción de la URSS, ha venido cercando a Rusia militarmente avanzando en la instalación de misiles, bases y el desarrollo de ejercicios militares cada vez más cerca de las fronteras rusas. En ese sentido, esta guerra fue provocada por la OTAN, y empezó mucho tiempo antes, como parte de las acciones imperialistas para impedir o limitar el desarrollo ruso, para avanzar en la destrucción de un posible competidor en la lucha por el reparto del mundo, lo de Rusia es una acción defensiva inevitable, si no quería quedar completamente sitiada y maniatada.

   Las potencias occidentales intervienen ahora en esta guerra armando todo lo que pueden al gobierno ucraniano, pero también envenenando las mentes de centenares de millones de personas de todos los rincones del mundo desde las pantallas de televisión, los celulares, los periódicos y las radios. Todas las tragedias humanas concentradas en pocos minutos de filmación, con informes y reportajes desde los escenarios de operaciones.

   Lograron así, vía la manipulación de los medios de información, que se produjeran importantes movilizaciones, en las que también participaron muchos trabajadores, para perseguir un solo objetivo: el aislamiento político, económico y social del dirigente y del país que se atrevieron a desafiar “las reglas de dominación” imperantes. La demonización de Putin y de Rusia desató una ola de “rusofobia”, llevada hasta el extremo de lo que hizo la universidad italiana que prohibió el estudio de las obras literarias de Dostoievsky. No importan las consecuencias, o los llamados “efectos colaterales”, que suman a la población rusa y a otros tantos millones a sufrir padecimientos por la crisis económica mundial, que se agudiza a la par de los bombardeos. Medidas dirigidas, como nos quieren hacer creer, contra Putin pero que afectan aún más la vida de los pueblos en todo el planeta.

   Pensemos por un segundo qué habría sucedido si toda la maquinaria montada contra la entrada de las fuerzas armadas rusas a Ucrania se hubiera utilizado para obligar a los laboratorios norteamericanos y europeos a liberar las patentes de las vacunas; cuántas vidas humanas, olas de contagios, crisis sociales y económicas se hubieran podido evitar –y controlar en un futuro–, en una pandemia que todavía, después de dos años, puede evolucionar en la aparición de nuevas cepas porque no avanzó la vacunación en los países más pobres.

    La respuesta de los Estados Unidos, la OTAN y sus socios militaristas al pliego de reclamos de la dirigencia rusa fue respondida con sanciones, que involucran la vida de millones. Un solo ejemplo, en la región asturiana de España: el aumento de precios de los combustibles (petróleo, gas y sus derivados) está alcanzando picos históricos, y obliga a fábricas metalúrgicas a trabajar en forma discontinua para racionar el uso de la energía, a empresas pequeñas directamente a cerrar y a los pescadores los obliga a la inactividad, porque ninguna de estas fuentes de trabajo puede afrontar los aumentos del combustible, que en un mes subió más del 100%.


Sobre la guerra rusa-ucraniana

   Bajo las balas de las mentiras, no podemos saber mucho del conflicto. Pero lo que sí conocemos es que tanto Rusia como Ucrania integraron durante más de setenta años la Unión Soviética, y recién a partir de los años 90 las potencias imperialistas, el Vaticano y la Iglesia ortodoxa, con la complicidad de las burocracias dirigentes de la ex URSS, destruyeron ambas economías para restaurar las leyes del capitalismo, o sea, la propiedad privada de los medios de producción. Gracias a las medidas dictadas por el FMI, que prometían mayores libertades y comer hamburguesas pero que significaron crear desempleo y pobreza donde antes no existía, lograron que en un polo se consolidaran oligarquías megamillonarias, y en el otro, masas de trabajadores empobrecidos. Como describe el sociólogo del partido de la izquierda rusa, Boris Kagarlitsky: “Así y todo vivimos de la ex URSS por muchos años y salimos adelante porque no pudieron destruirla más y porque con Putin nació la reacción contra las políticas imperialistas dentro no solo de la Federación Rusa sino también en varias repúblicas de la ex URSS”.

   En Ucrania, después de movilizaciones, huelgas y acciones de masas –en 1991, 2004 y 2014– y en especial en el llamado Euromaidan, contra las medidas de ajuste impuestas por el FMI, por los planes para acceder a la UE y los gobiernos del país, las regiones más industriales del este votaron independizarse. El voto popular también avaló la separación de Crimea, la península sobre Mar Negro, pero en este último caso se logró que Rusia la integrara dentro de su Federación de repúblicas. En el resto de las regiones del este ucraniano, el acoso militar de las fuerzas armadas del gobierno, entrenadas por la OTAN, se ha saldado con más de 14.000 víctimas en una guerra declarada por el gobierno de Kiev contra la población ucraniana de esas regiones. Por la guerra en los territorios de Donetsk y Lugansk, se firmaron en Bielorrusia acuerdos entre Ucrania, Rusia y las regiones en cuestión, bajo el auspicios de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). El Protocolo de Minsk de 2014, llamado así por la ciudad de Bielorrusia donde se firmó, fue reiteradamente incumplido por el gobierno ucraniano.


   Los reclamos de Putin por los avances contra el este de Ucrania, intervenciones, ejercicios militares de fuerzas de la OTAN e injerencias de todo tipo, por los reiterados ataques contra la población de esas regiones, por el incumplimiento por parte de las potencias europeas y fundamentalmente de los Estados Unidos de todos los acuerdos que vulneraron cada vez más la seguridad de la Federación Rusa y de los países vecinos –instalación de misiles en Polonia y de radares en Turquía, la línea roja planteada por Putin ante posibilidad de ubicación de misiles en Ucrania-, así como, la provocaciones del gobierno ucraniano solicitando su ingreso a la OTAN y señalando su intención de acceder a armamento nuclear, condujeron a las definiciones del gobierno ruso durante el mes de febrero: primero Putin reconoció la independencia de dos repúblicas de la región, Donetsk y Lugansk, y a los pocos días anunció la acción militar en el territorio, con soldados y tanques, iniciada con el bombardeo a bases militares y lugares estratégicos de las fuerzas armadas del gobierno de Zelenski. 

   El 17 de febrero, Sergey Karaganov, un influyente asesor del gobierno ruso, respondía así a la pregunta por los objetivos de Rusia en Ucrania: “en primer lugar impedir la ampliación de la OTAN y la militarización de Ucrania. Digan lo que digan, no tenemos planes para conquistarla…”.

   En este caos mundial abierto con la declaración de guerra de Rusia al gobierno de Ucrania, no cambiamos de foco sobre el enemigo fundamental de la clase obrera mundial: que es la acción manifiesta y deliberada de los Estados Unidos para avanzar con fuerzas de la OTAN sobre el área de seguridad de Rusia.

   Podríamos citar innumerables acciones (muy bien documentadas y publicadas en Internet) a este respecto. Los Estados Unidos y sus aliados, Gran Bretaña, las potencias europeas, Japón, Australia y Canadá entre los principales, han confeccionado a lo largo de los últimos treinta años una extensa lista de intervenciones, invasiones, injerencias militares, políticas y económicas para forzar voluntades hacia sus intereses y el de sus monopolios, para saquear recursos de los países pobres y explotar brutalmente a sus trabajadores. Para esos fines, los organismos como la OSCE, la ONU, la OEA, el FMI, el Banco Mundial y otras instituciones fueron montadas con sus burocracias entrenadas en perseguir objetivos sin importar las consecuencias, para obligar a la rendición o al sometimiento, en definitiva esa extensa red funciona según las necesidades de las oligarquías dueñas del poder económico y financiero más poderoso del mundo.

   El brazo armado de estas instituciones políticas, diplomáticas y económicas son las Fuerzas Armadas yanquis, que comandan a la OTAN, con más de 500 bases e instalaciones militares desparramadas por todo el planeta, y que en nuestra región de América Latina y el Caribe tiene unas 30 bases, entre ellas, 12 en Panamá, 12 en Puerto Rico, 9 en Colombia y 8 en Perú -las movidas de ese brazo militar en la región tienen cabeza de playa en Colombia, que ya es socio de la OTAN, que ahora EEUU busca darle un nuevo estatus, y trabajan en aprobar un nuevo Plan Colombia para apuntalar el dominio imperialista en la región-.

   Todo ese aparato económico, político, diplomático y militar hoy está al servicio de demonizar a Putin y al pueblo ruso. El fortalecimiento de una alianza entre Rusia y China hace peligrar la hegemonía norteamericana en la que se sostienen los europeos e ingleses para el reparto del mundo, razón suficiente para doblegar a Rusia, utilizando a Ucrania para ese fin.

Para el imperialismo es sustancial la rivalidad de varias grandes potencias en la aspiración a la hegemonía, esto es, a apoderarse de territorios no tanto directamente para sí, como para el debilitamiento del adversario y el quebrantamiento de su hegemonía.

V. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916.







26/1/22

Foro Económico Mundial de Davos 2022 Millonarios en pánico


    El Foro Económico Mundial es una organización internacional que reúne todos los años a economistas, grandes empresarios, presidentes, primeros ministros, secretarios de Estado, ministros de economía, etcétera en lujosas instalaciones y hoteles en la localidad de Davos, en Suiza, para discutir la situación de la economía capitalista mundial, sus problemas y la política para responder a estos. El encuentro de este año, que se realizará en mayo, tendrá como un tema central las consecuencias económicas, sociales y políticas de la pandemia.

   Normalmente las recetas de Davos son bajar impuestos a los capitalistas para que estos inviertan, con el argumento, mil veces desmentido por la realidad, de que esas inversiones “derramarán” hacia los pueblos con más trabajo, mejores salarios y menos pobreza. Pero esta vez hubo una sorpresa: un grupo de alrededor de 100 capitalistas con fortunas personales de mil millones de dólares o más, que se pusieron el nombre de Patriotic Millionaires (Millonarios Patrióticos), envió una carta abierta al Foro planteando que querían que a ellos y a todos los “milmillonarios” les cobraran más impuestos.

   Esa carta tenía como lema “In tax we trust” (Confiamos en los impuestos), en un juego de palabras con el lema “In God we trust” (Confiamos en Dios) estampado en los billetes y monedas de los dólares estadounidenses. Y decía, por ejemplo:

   Como millonarios, sabemos que el sistema impositivo no es justo. Muchos podemos decir que, mientras el mundo atravesó un inmenso sufrimiento en los últimos dos años, nosotros de hecho vimos crecer nuestra riqueza durante la pandemia; sin embargo, pocos de nosotros, si no es que ninguno, puede decir honestamente que paga su parte justa de impuestos.

Además, sin nombrarlos, los Millonarios Patrióticos apuntaron en su cuenta de Twitter contra los 10 diez capitalistas más ricos del mundo cuando señalaron que durante la pandemia

   La riqueza de los 10 hombres más ricos se duplicó, mientras el ingreso del 99% de la humanidad empeoró debido al Covid 19.

Según la revista Forbes esos tipos son:

1. Elon Musk, de Tesla y Space X: 304.000 millones de dólares.

          2. Bernard Arnault, de LVMH: 198.000 millones de dólares.

3. Jeff Bezos, de Amazon: 189.000 millones de dólares.

4. Bill Gates, de Microsoft: 137.000 millones de dólares.

5. Larry Ellison, magnate del software: 122.000 millones de dólares.

6. Larry Page, de Google: 121.000 millones de dólares.

7. Mark Zuckerberg, de Facebook: 117.800 millones de dólares.

8. Sergey Brin, de Google: 117.300 millones de dólares.

9. Warren Buffet, especulador financiero: 114.000 millones de dólares.

       10. Steve Ballmer, de Microsoft, 102.000 millones de dólares.

   Nosotros agregamos que las fortunas de los megamillonarios de América latina aumentaron un 50% durante la pandemia.

   Oxfam –una confederación internacional formada por 19 organizaciones no gubernamentales, que realizan labores humanitarias en 90 países– señala que cada 26 horas surge un nuevo milmillonario en el mundo. Y en la misma línea de los Millonarios Patrióticos, pide a los ejecutivos que “impongan impuestos sobre las ganancias acumuladas durante la pandemia”.

   Según un estudio de los Millonarios Patrióticos y Oxfam, un impuesto a la riqueza del 2% a los millonarios, 3% a las fortunas superiores a los 50 millones de dólares y 5% a la superiores a mil millones permitiría generar vacunas suficientes en el mundo, sacar de la pobreza a 2.300 millones de personas y garantizar salud y protección social a 3.600 millones de personas de países con ingresos bajos y medios.

   Un informe de Oxfam titulado “Las desigualdades matan”, publicado con motivo de la “Agenda de Davos” del Foro Económico Mundial, afirma que las desigualdades contribuyen a la muerte de al menos 21.000 personas al día, o sea, de una persona cada cuatro segundos. Se trata de estimaciones conservadoras basadas en el número de muertes causadas a nivel global por la falta de acceso a servicios de salud, la violencia de género, el hambre y la crisis climática. En este y otros informes de Oxfam se dice:

   Los milmillonarios han tenido una pandemia de lujo. Los bancos centrales han inyectado billones de dólares en los mercados financieros para salvar la economía, pero una gran parte ha acabado en los bolsillos de estos hombres, que se han aprovechado del auge de los mercados bursátiles. Con las vacunas se pretendía poner fin a esta pandemia, pero los gobiernos de los países ricos han permitido que los milmillonarios y los monopolios farmacéuticos corten el suministro a miles de millones de personas. Esto podría traducirse en un incremento de todas las formas imaginables de desigualdad. La previsibilidad de esta situación es indignante, y sus consecuencias son letales.

   Por ejemplo, los monopolios de Pfizer, BioNTech y Moderna han convertido en milmillonarias a cinco personas durante la pandemia, y han generado más de 1.000 dólares de beneficio por segundo para sus empresas; sin embargo, menos del 1% de sus vacunas han llegado a las personas de países de bajos ingresos.

   La respuesta del mundo a la pandemia ha desatado violencia económica, ensañándose sobre todo con las mujeres y las niñas, y las personas en situación de exclusión y pertenecientes a grupos racializados (oprimidos y explotados por causas raciales). Cada ola de Covid-19 conlleva un aumento de la violencia de género, al mismo tiempo que aumenta aún más el volumen de trabajo de cuidados no remunerados que recae sobre las mujeres y las niñas.

   Que las desigualdades estén aumentando a esta escala y ritmo no es fruto del azar, sino de una elección. Los modelos económicos actuales no solo nos han expuesto en mayor medida al impacto de esta pandemia, sino que están permitiendo activamente que quienes ya son extremadamente ricos y poderosos exploten esta crisis en su propio beneficio.

   La riqueza de una pequeña élite de 2.755 milmillonarios ha crecido más durante la pandemia de COVID-19 que en los últimos 14 años, que ya había sido una época de bonanza económica para ellos.

   Se trata del mayor incremento anual de la riqueza de los milmillonarios desde que se tienen registros, y está sucediendo en todos los continentes del planeta. Este incremento es el resultado del aumento desorbitado de los precios de los mercados de valores, el apogeo de las entidades (financieras) no reguladas… la baja de los impuestos a las personas físicas y a las empresas, y el deterioro de los derechos laborales y los salarios; todo ello propiciado por la instrumentalización del racismo. Un impuesto excepcional del 99% sobre los ingresos extraordinarios que los diez hombres más ricos obtuvieron durante la pandemia podría servir, por ejemplo, para producir suficientes vacunas para el mundo, financiar servicios de salud y protección social universales, y financiar medidas de adaptación climática y reducir la violencia de género en más de 80 países. Aún así, estos hombres seguirían teniendo 8.000 millones de dólares más que antes de la pandemia.

La Humanidad desangrada por parásitos

   Lenin, en su trabajo El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en 1916 –hace más de 100 años–, señaló que la economía mundial estaba bajo el dominio de las capas superiores de la burguesía, propietarias de los monopolios, a las que definió como una “oligarquía financiera. Mostró cómo esas oligarquías chupaban la sangre y la vida de los trabajadores, los pueblos y los países atrasados, porque habían convertido a toda la economía capitalista mundial en “parasitaria”. Y denunció que habían logrado conformar los Estados –o sea, los aparatos de gobierno “democráticos” de los capitalistas en cada país– en sus sirvientes. Más tarde aparecieron las instituciones internacionales –Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio–, también dominadas por esa oligarquía, para mantener a los países atrasados como sus colonias financieras.

   Como si quisieran darle la razón a Lenin sobre el carácter parasitario de esta época del capitalismo, los Millonarios Patrióticos advirtieron que los megamillonarios “son parte del problema” y apuntaron, sin mencionarlos, contra algunos de los 10 más ricos al señalar que la confianza en el sistema capitalista “no se construye por viajeros espaciales billonarios que hacen una fortuna en la pandemia pero pagan casi nada de impuestos y pagan pobres salarios a sus trabajadores”. La crítica está dirigida, entre otros, a Elon Musk, que en los últimos años construyó Space X, su empresa privada de vuelos espaciales turísticos, una recreación solo accesible a un ínfima minoría de personas capaces de pagarlos. Por ahora realizaron viajes al espacio unos pocos señores entrados en años que pagaron millones de dólares para cumplir su último sueño. Musk y sus clientes son una verdadera síntesis del capitalismo-imperialista que domina el mundo: es de parásitos chupasangre el dirigir los logros más avanzados de la humanidad en su historia, la ciencia del Universo, con lo más avanzado de la industria, la tecnología y la ingeniería, en el marco de una “industria” con crecimiento exponencial y de alta rentabilidad como es la rama turística, junto al capital especulativo, y todo al servicio de la renta, de la ganancia, que es la razón de ser del capitalismo desde que nació, hace ya centenares de años.


El capitalismo humano no existe ni existirá

   Oxfam tiene el mérito de denunciar las aberraciones inhumanas de este capitalismo parasitario comandado por esos megamillonarios y sugiere medidas para hacerlo menos inhumano, es decir, para reformarlo. Pero ignora u oculta que no hay manera de impedir que esos tipos sigan mandando si no se destruyen esos Estados.

   Por su parte, los Millonarios Patrióticos criticaron a los más poderosos reunidos en Davos por sus debates sin resultados “tangibles”, y agregaron:

   Para decirlo de manera simple, restaurar la confianza requiere cobrarle impuestos a los ricos. El mundo –y cada país– deben reclamar que los ricos paguen su parte justa. Cóbrenos impuestos a los ricos y háganlo ahora.

   Ellos también proponen reformar el actual sistema, no destruirlo y reemplazarlo por otro que sea verdaderamente justo y humano. Y mostrando que tienen conciencia de clase de capitalistas megamillonarios, plantean claramente cuál es su objetivo: “restaurar la confianza”. ¿Que confianza quieren “restaurar”?

   Confianza en que los oligarcas financieros puedan sostener el embuste de la democracia que ellos controlan, cuestionada, por ejemplo, por los estallidos sociales en Ecuador, Chile y Colombia, o por la toma del Capitolio yanqui por los fanáticos de Trump.

   Confianza en que la economía mundial no vaya a una nueva crisis mucho más grave en momentos en que el propio FMI dice que las acciones cotizan en Bolsa a un valor mucho más alto del que realmente tienen, que hay “burbujas” financieras, inmobiliarias y de todo tipo que pueden estallar y gatillar una nueva crisis peor que la de 2008, y que los Estados, las empresas y las familias están superendeudados y a la larga no podrán pagar esas deudas.

   Confianza en que las intervenciones militares imperialistas no dejen destruidos países enteros, como Libia, Irak, Siria, Yemen o Afganistán y, junto con la miseria intolerable, generen oleadas imparables de inmigrantes desesperados de aquellos países hacia Europa, y también de haitianos, centroamericanos y mexicanos hacia Estados Unidos.

   Y, sobre todo, confianza en que el “mejor sistema” es el dominio de esta gentuza –de la cual los Millonarios Patrióticos son parte– sobre los Estados burgueses que hoy existen en todos los países del mundo, China incluida.

   Por eso el título de este artículo es “Megamillonarios en pánico”. Los Millonarios Patrióticos son más lúcidos que la mayoría de sus congéneres, y es el pánico a que las masas pierdan totalmente la confianza en este sistema económico-político mundial lo que los lleva a proponer pagar más impuestos para que los Estados que ellos dominan tengan más plata y la dediquen a una beneficencia (limosna) social a mayor escala cuando está empezando a estallar en distintos puntos del planeta el odio y la furia de los explotados y oprimidos.

   Quienes publicamos Perspectiva Marxista Internacional somos socialistas revolucionarios. Nuestro objetivo es llevar claridad a los trabajadores, especialmente a los más oprimidos y explotados, sobre cómo es el mundo en que vivimos y en beneficio de quiénes sufrimos lo que sufrimos. Un mundo que no sólo no va a cambiar para mejor sino que está degenerando y va a degenerar cada día más rápido hacia la barbarie si no se acaba con este sistema capitalista-imperialista, si no se destruye el poder económico y político de la oligarquía financiera mundial y sus socios menores de los países atrasados, tomando por asalto el poder, haciendo una revolución.











26/11/21

¿Lasso “Gobierno del encuentro”?


Cuando asumió el poder en el Ecuador Guillermo Lasso, un Banquero de la derecha conservadora ligado al Opus Dei, afirmó que abría el diálogo con todas las fuerzas políticas y sociales afirmando que es el “Gobierno del encuentro”, supuestamente para realizar leyes en favor de la población más desprotegida.

Lasso y su gobierno en estos cinco meses y medio de gestión, lo que ha realizado es la vacunación por la pandemia del Covid-19 con relativo éxito, enfrentándose a una Asamblea (Congreso) con una minoría de asambleístas de su partido CREO (Creando Oportunidades) 12 de 137, lo que no le ha permitido que sus pretendidas Leyes en contra de los trabajadores sean, hasta el momento, aprobadas, ha realizado decretos acordados con el FMI sobre el alza de los combustibles, lo que generó protestas en el mes de octubre de la dirigencia de los trabajadores FUT y especialmente de la CONAI la organización de los Indígenas con cierre de vías y movilizaciones a nivel nacional.

El País enfrenta una crisis económica, social y carcelaria, agudizada por la pandemia, con índices de desempleo del 28 %, 47 % de pobreza, con una deuda externa de casi 46 mil millones, lo que representa el 45 % del PIB.

El sicariato y el narcotráfico han penetrado en la sociedad ecuatoriana, profundizándose en los últimos meses con masacres en las cárceles, especialmente en la ciudad de Guayaquil, en lo que va del año con 326 muertes de presos.  Por estos acontecimientos Lasso declara que el único culpable es el narcotráfico, como todo gobierno burgués, deslinda su responsabilidad por el abandono de sectores de la sociedad más vulnerables; alrededor de este conflicto existe todo un contexto de desigualdad socioeconómica, hay una criminalización de la pobreza.

Un Gobierno débil, atravesado por el deterioro de su imagen por las investigaciones de los “papeles de Pandora” que hasta el momento ha desvirtuado con muchas contradicciones.

La percepción que muchos ecuatorianos tienen es que es un País que se cae a pedazos, con Instituciones del Estado en crisis y no confiables.

Todo esto refleja que el capitalismo imperialista decadente, no puede solucionar los problemas de pobreza y desigualdad existentes, más bien los agudiza con leyes para someter a la clase trabajadora, en contra de los derechos laborales y los avances de bienes del Estado para privatizar incluso los logros sociales.

Julia

16 noviembre 2021