10/4/20

NUEVA YORK EN EL FOCO DE LA PANDEMIA


 
 
El escenario principal de las finanzas mundiales absolutamente paralizado por la cuarentena, el caos sanitario y el crecimiento exponencial de las muertes. Con el transcurrir de los días y el traslado de los focos de contagio de un continente a otro, la gravedad de los hechos desacredita discursos, previsiones y análisis políticos y económicos.

Tanto las estimaciones improvisadas del primer ministro británico Boris Jhonnson, en estos días hospitalizado, como los atropellados y patéticos mensajes de Trump ya han sido desvirtuados por la cantidad de muertes que se producen en las ciudades de los países más ricos del planeta. La única vacuna contra el COVID-19 es precisamente cerrar la economía, paralizar la actividad y la circulación, en particular en los más importantes y desarrollados conglomerados urbanos. Todo lo opuesto a la prédica pública de estos líderes políticos.

Anthony Fauci, el director del National Institute of Allergy and Infectious Diseases (Instituto Nacional de Enfermedades Alérgicas e Infecciosas), luego de pelear contra la política y las sectas religiosas que dominan la Casa Blanca, prevé un escenario catastrófico en relación a la cantidad de muertes en su país, un pronóstico defendido por el excandidato Bernie Sanders, quien recientemente afirmó: “Será en la escala de una gran guerra. Nadie sabe cuántas muertes tendremos pero podrían igualar o superar las víctimas estadounidenses que vimos en la Segunda Guerra Mundial”.

Estados Unidos es un país donde creció la desigualdad de forma extraordinaria, producto de la concentración de la riqueza en muy pocos, y donde multimillonarios como Bill Gates, Jeff Bezos y Warren Buffett ganan más plata que la suma de lo que reciben los 80 millones de la población menos favorecida del país, de un total de unos 160 millones. En la “tierra de las oportunidades”, 38 millones de ciudadanos viven por debajo del umbral de pobreza, unos 15 millones de hogares sufren precariedad alimentaria y hay más de medio millón sin techo. Estos son los sectores sociales que ahora sufrirán más las penalidades de la pandemia.

A los sistemas de salud ineficientes, dominados por el negocio farmacéutico y de la medicina en general, se suma la falta de una coordinación científica y apoyo financiero efectivos a nivel internacional, agudizados por el cierre unilateral de fronteras y la guerra por el acaparamiento de insumos. En centros urbanos como Nueva York o Chicago, la situación se agrava por la desigualdad y la marginalidad. Allí abundan los empleos de la economía informal, y las poblaciones latina y afroamericana se convierten en las principales víctimas. Son las destinatarias de tareas imprescindibles como atención sanitaria, limpieza, mantenimiento, empleos en supermercados, transporte público, comercio, transporte de alimentos, etcétera.

La pandemia encontró en las ciudades el campo de batalla adecuado para propagarse, sorprendió a la estructura social y sanitaria, y avanza en medio del caos. La comunidad afroamericana sufre los peores embates debido también a enfermedades subyacentes vinculadas a la pobreza (diabetes, deficiencias cardíacas y pulmonares) y a la falta de recursos para recibir atención médica. Los números son elocuentes, el 70 ciento de las víctimas en la ciudad de Chicago son afroamericanos, que solo constituyen el 30 por ciento de la población.

El panorama no es mejor para el futuro de la economía, donde se estima, entre otras posibilidades, el probable estallido de una crisis financiera a nivel mundial, además las cifras que se manejan entre los economistas indicarían el desencadenamiento de una tormenta perfecta: sufrir una depresión peor que la de 1930.

Los gobiernos de las principales potencias se venían preparando para “resolver” la crisis económica en otro terreno. Apenas un año atrás, Donald Trump aumentó la inversión en Defensa un 4,6% respecto a 2018, hasta alcanzar su máximo histórico: 649.000 millones de dólares, un 36% del total mundial. Estados Unidos mantiene en el extranjero más de 800 bases militares, repartidas en más de 40 países. También compite con Rusia y China por el desarrollo de nuevo armamento, como los misiles hipersónicos, que convertirían en ineficientes los actuales sistemas de defensa.

Pero las inversiones en el presupuesto de Defensa, que le sirvieron para oprimir y sojuzgar otros países, en nuestra región, en Oriente Medio y en otros puntos del planeta, no son útiles para combatir este nuevo enemigo. Ni siquiera el entrenamiento y experiencia logrados en el terreno militar le sirven para que sus máximos expertos en tácticas y estrategias de guerra planifiquen cómo terminar con la propagación del COVID-19.

Cualquier militar puede entender que desde el punto de vista táctico es una batalla perdida, porque el enemigo (el virus) atacó por sorpresa, elige los teatros de operaciones y la letalidad de los ataques; en definitiva, porque nadie sabe cómo ni cuándo ni con qué medios combate. Pero también sabe que con una planificación estratégica se logra la victoria, una planificación como la recomendada por el mundo científico, que tienen experiencia en el combate contra los virus.

Para la estrategia, ese militar debería saber que cuenta con una existencia importante de reservas, que son las personas, y que se deben proteger hasta que el virus, que sólo se reproduce dentro de las personas, no se pueda seguir propagando. A esas reservas hay que quitarlas de circulación para que no se conviertan en nuevos teatros de operaciones del COVID-19, en sus nuevos medios de contagio. Si quedan recluidas, si no transitan en las calles, si no se aglomeran en ninguna parte, se podrán perder batallas tácticas pero se ganará la guerra.

Por eso la eficacia de la estrategia está en la cuarentena, y cuánto más estricta sea, más rápido y con menos bajas se alcanzará la victoria contra el virus. Ese escenario ideal de autoaislamiento sería efectivo además, si las reservas estuvieran bien equipadas, pero un gran porcentaje de la población no está en condiciones económicas ni físicas.

Estados Unidos, que gasta en las fuerzas de destrucción más recursos que en salud, en medio del combate contra la pandemia levantó las banderas del “sálvese quien pueda”… y así le fue.


La batalla contra el COVID-19 cambió todo

Los contagios y las muertes por el COVID-19 se multiplican en cada continente, mientras las bolsas caen, se rompen las cadenas de suministros, el precio del petróleo y de las materias primas se desbarranca, y una depresión mundial anuncia su desembarco. Este coronavirus tiene el mundo capitalista a sus pies: la batalla eficaz contra él no solo «cuestiona la libertad de mercado», también al «opio» de las religiones, hoy la ciencia subió al pedestal del cual nunca debería haber bajado. Cuestiona todos y cada uno de los principios sobre los que se basó el sistema económico capitalista-imperialista y el régimen democrático burgués con sus consecuencias trágicas para un creciente sector de la población mundial. La mayoría de la población trabajadora perdió derechos básicos para la vida, las condiciones esenciales para prevención de enfermedades y enfrentar pandemias: el derecho a la vivienda y al hábitat saludable, el derecho a la nutrición (no es lo mismo que paliar el hambre) y el derecho al ocio.

Una crisis sanitaria y social de incalculables consecuencias cuya resolución queda en manos de los científicos cuyo papel es de incalculable valor, pero también de líderes políticos que aplicaron, de forma reiterada, brutal e irresponsable, políticas de austeridad que afectaron los planes de salud y llevaron a la destrucción los sistemas de seguridad social. Por crisis de 2008, destinaron fondos públicos a los bancos para salvarlos, para evitar un colapso financiero mundial, en 2015, más de 56 países habían recortado sus presupuestos de salud sin medir las consecuencias. A la vez, no ejercieron regulación ni control para la industria farmacéutica, al contrario el negocio de las drogas y de los tratamientos médicos para las enfermedades crónicas, fue creciendo en ganancias siderales para sus dueños y en menor eficacia. De conjunto el multimillonario negocio de la medicina privada creció a la par del creciente deterioro que impide cubrir las necesidades de salud de la mayoría de la población y contar con verdaderas políticas de prevención.

En medio de una crisis de esta magnitud en la que está en juego la salud de millones, las masas populares y la clase obrera que debemos afrontar la baja constante del nivel de vida, deberemos también batallar contra esta epidemia bajo el imperio de las leyes capitalistas limitadas a las fronteras nacionales, a la propiedad privada y a un sistema de explotación del trabajo.

El virus atraviesa todos esos límites, se necesitaría una dirección mundial que ejecutara políticas globales no en función de los monopolios y de la oligarquía financiera sino en función de las necesidades sociales, o sea bajo otros principios opuestos al capitalismo, una dirección obrera y socialista. Cualquiera de estos organismos que el sistema capitalista-imperialista fue creando para pintarse de humanista, como la OMS (organización mundial de la salud) aunque se nutra de científicos e investigadores capaces, solo puede hacer recomendaciones, y dentro de los límites que le imponen los intereses del negocio multimillonario de la industria farmacéutica y de la salud. Y para colmo de males muchos de los gobiernos ni siquiera escuchan sus recomendaciones.

La patronal y los grandes capitales financian con millones de dólares las campañas electorales para que sus candidatos políticos triunfen y gobiernen a su servicio, así en Estados Unidos llegó al poder Trump, un verdadero hombre de negocios disfrazado de político, que por ejemplo, disolvió en 2018 el equipo de Dirección de Seguridad Sanitaria global y biodefensa (National Security Council), creada después del brote de ébola de 2014, y despidió un número importante de trabajadores dedicados a la investigación y tratamiento de las pandemias globales con el solo argumento de «No me gusta tener a miles de personas cerca cuando no se necesitan. Cuando las necesitemos, podremos recuperarlas muy rápidamente».

Cruzando el Atlántico otro líder deleznable como Boris Johnson ejerce de primer ministro en el viejo imperio. Al mismo tiempo que la OMS declaraba Europa epicentro de la pandemia Jhonson decidió prescindir de medidas de protección para la población y contención del virus. Desoyó los reclamos de políticos y científicos de Gran Bretaña. Johnson optó por salvar «la economía» no a los ingleses y menos todavía a la mayoría trabajadora y sectores medios bajos que dependen de un servicio de salud lamentable -hoy yace en una cama de la UCI del Hospital Saint Thomas-. Un país que supo ser un ejemplo del mundo occidental, con el NHS servicio nacional de salud, creado en 1948 bajo el principio de que la atención médica nace de la necesidad de esta y no de la capacidad de pago de cada individuo. El NHS sufre desde fines de los 70 las políticas de privatización de las administraciones laboristas y de las conservadoras que fueron socavando el sistema hasta casi destruirlo. El actual gobierno británico en medio de la emergencia de la pandemia, aplicará el principio inverso: aquellos que tienen capacidad de pago podrá atenderse, en una estúpida y también criminal política que no impedirá tampoco, salvar al país de un probable colapso financiero mundial.

¿Qué podemos esperar de Macron?, «el joven y brillante» presidente de Francia, que desembarcó en el poder para aplicar un plan de destrucción del sistema de pensiones y seguridad social francés. Ante el estallido de la crisis epidemiológica no hizo lo recomendado por la OMS, no postergó las elecciones municipales del domingo 15 de marzo. Para este ex gerente de la banca Rothschild, que supo celebrar costosos banquetes para financiar su campaña a la presidencia, decidió no dejar librado su futuro político a un virus que solo mata a las personas mayores (que son además una carga económica para el Estado). Optó por la defensa de «la democracia francesa» que «nunca en la historia de la V República (desde 1958) sufrió la postergación de alguna elección». Para Macron no hubo COVID-19 que le impidiera intervenir en esta batalla electoral ni tampoco se doblegó ante el número creciente de muertes.

¿Qué podemos esperar de toda la clase política italiana? Más allá del actual primer ministro de turno, el dato importante es que ese país tiene debilitado al máximo su sistema de salud pública, durante los últimos 10 años sufrió un ajuste tras otro, al compás del crecimiento de la deuda externa después del 2008, significó el despido de miles de trabajadores desde investigadores hasta personal médico y asistencial.

Para ver el alcance y las consecuencias inevitables de esta pandemia en pleno desarrollo debemos comenzar por entender sus causas. La primera es la vigencia del capitalismo, la dominación de la economía mundial por un sistema de explotación y colonización del mundo. Donde la economía capitalista más rica del planeta, los Estados Unidos no tiene plan de salud pública, y en manos privadas y de los monopolios solo ofrece condiciones para la propagación del problema.

Para los trabajadores y clase media norteamericana no solo se agrava la situación por la falta de un seguro médico adecuado sino también por el sistema laboral donde no existe la licencia paga por enfermedad. Según el economista Joseph Stiglitz, durante el gobierno de Trump, las tasas de morbilidad y de mortalidad fueron en aumento, y unos 37 millones de personas regularmente padecen hambre en la economía más rica y desarrollada del planeta. Según el New York Times, 380.000 pacientes de residencias de ancianos mueren cada año por infecciones virósicas mal controladas.

Estados Unidos es la prueba empírica de cómo una clase social, la burguesía, en su agonía, y entendiendo que está constituida por distintos sectores con profundas contradicciones y diferencias, cada vez más ejerce el poder para el sometimiento de los sectores asalariados y de los países, a la vez una clase social casi absolutamente parasitaria pero que se vuelve más peligrosa para la paz mundial, porque tiene capacidad de desatar las guerras más brutales si ve en peligro el dominio de sus monopolios, de sus propiedades, sus fortunas y privilegios y fundamentalmente de su poder.

Pero es incapaz de dirigir y dar una respuesta global a un virus que no conoce fronteras. La investigación científica en el país más rico, solo tiene recursos para las necesidades de los monopolios farmacéuticos, recibe limosnas en investigaciones que no dan ganancia, mientras las corporaciones más importantes, las grandes compañías bancarias y financieras, las grandes fortunas recibieron rebajas impositivas del Estado. El presupuesto militar creció pero el de la salud pública significó para EE.UU. veinte años de recortes de la capacidad de hospitalización, siendo las más afectadas las comunidades más pobres y las zonas rurales, casi devastadas de servicios. Existen sectores sociales muy vulnerables en el país más rico, entre otros los cientos de miles de trabajadores de cuidados domésticos, de las residencias de ancianos, el personal sanitario con sobrecarga de trabajo de forma permanente, trabajadores de servicios en general, jornaleros, desocupados y personas sin techo. La supervivencia de estos sectores, antes de la pandemia, no era prioridad y tampoco lo será en medio de esta emergencia, el acceso a medicamentos esenciales y a la atención sanitaria no pueden resolverse si solo se favorece las ganancias de las grandes compañías farmacéuticas y del negocio de la salud.

7/4/20

El virus y el FMI enferman y matan a la población ecuatoriana



Es la ciudad más poblada, la que tiene más pobres y ahora, el mayor número de contagiados por el Coronavirus. Guayaquil concentra el 17% de la población del país, registra el mayor índice de pobreza (11,2%); Quito, la capital de Ecuador tiene el 8,4% y Cuenca, la tercera en importancia, el 4,1%. La ciudad más pobre también ostenta hoy el mayor índice de contagios de Coronavirus, 70% según cifras oficiales.
Entre noviembre y diciembre del año pasado, el gobierno despidió a más de 60.000 funcionarios y trabajadores del sector salud, inclusive un contingente que se dedicaba a la fumigación de barrios y sectores populares de la costa para evitar el contagio del dengue, cuya proliferación se agudiza en estos meses con lo que se debilitó aún más el ya pésimo sistema de salud del Estado.
El 25 de marzo, en plena cuarentena por el COVID-19, a pesar de que sectores de trabajadores y la Asamblea le solicitaran el no pago de la deuda externa, el gobierno efectivizó el desembolso de 325 millones de dólares de bonos que no fueron refinanciados y que se cumplían en este año, cuyos tenedores son los grandes empresarios, allegados al mandatario.

Escenas desgarradoras

El aumento de la cifra de contagiados y muertos es exponencial, sobre todo en Guayaquil, cuya gran parte de la población vive hacinada, en una vivienda de 10 metros cuadrados, con paredes de caña y techos de zinc, sin baño, donde se duerme y se cocina, sin televisión por cable, sin internet, ni libros, sin aire acondicionado en una temperatura promedio de 32 grados.
Allí viven vendedores ambulantes, la mayoría sin sueldo fijo, que sobreviven con sus ventas día a día; esa dolorosa realidad hace que salgan a la calle a tratar de ganarse la vida y dicen «o me mata el coronavirus o me muero de hambre».
En los barrios pobres y populosos de Guayaquil, muchos de los muertos -no sólo por el COVID-19- , están, por tres días o más, en los domicilios o en las aceras, sin que las autoridades den solución inmediata.  Es tal la magnitud del problema que los medios de comunicación no pudieron tapar y trascendió a nivel internacional. Son escenas muy conmovedoras que acontecen en varias ciudades del país. 

Los buitres que sobrevuelan la barbarie

La cuarentena es la excusa perfecta para que muchos empresarios apliquen como excepción el objetivo soñado: la flexibilización laboral. Están despidiendo a trabajadores de algunas fábricas y de las florícolas, debido a que el gobierno dicta una resolución que permite a los patronos a «ponerse de acuerdo» con los trabajadores para el pago de sus salarios en este período de emergencia, es decir, dispensa de la obligatoriedad a la patronal; además faculta a cambiar y fijar horarios de acuerdo a las necesidades de la empresa para exonerar a los empresarios del pago de horas extras. 

Al Coronavirus le precedió la peste del FMI

La actual situación provocada por la pandemia no hace sino agravar la crisis socio-económica que había estallado con la caída de los precios del petróleo, el modelo agroexportador y extractivista al servicios de las grandes empresas trasnacionales. El peso de la creciente deuda externa ha hecho que el Gobierno adopte políticas económicas neoliberales alineadas con el FMI así como con otros organismos multilaterales.
La pretendida alza de los combustibles mediante el Decreto 883 que fue derrotado con la movilización popular de octubre del año pasado hizo que el gobierno no reciba un desembolso del FMI. 
En el mes de febrero envía a la Asamblea para su aprobación un paquete de medidas económicas como son: recorte presupuestario que significa continuar con los despidos de miles de trabajadores del sector público (ya van 150.000); aporte obligatorio de estos trabajadores entre el 4 y 8% de sus salarios, el incremento del 0,75% en las retenciones del impuesto a la renta; la eliminación de algunas instituciones públicas y la unificación de otras.
Estas medidas están en estudio en la Asamblea, sin su aprobación hasta la fecha. Lo que también pretende el gobierno es privatizar las empresas públicas que prestan servicios estratégicos como energía eléctrica, telecomunicaciones y el Banco del Estado como parte de los acuerdos rubricados en la carta de intención del Fondo Monetario Internacional.

Ataques de todos los flancos

Las masas reciben ataques de todos los flancos, del gobierno, del Fondo Monetario Internacional, de la pandemia. En este marco de desesperación, el Frente Unitario de Trabajadores (FUT) hizo llegar su protesta a las autoridades, pero en la actualidad, sabemos que es muy difícil aun la posibilidad de movilizaciones.
Se ha extendido la cuarentena hasta el 12 de este de abril, las clases están suspendidas y durante los meses de abril y mayo están prohibidas las reuniones. El pánico hoy paraliza pero la situación puede cambiar en cuestión de días por la situación del hambre, las enfermedades sin posibilidad de atención oportuna y la situación de desamparo de la población.

Julia Puruncajas

Un virus nuevo, el COVID-19, provocó una pandemia mundial. Los trabajadores sumamos este virus a la plaga de la explotación laboral


 


  En medio de la pandemia hay un montón de “progresistas” que pronostican que el coronavirus hará cambiar el mundo, que la sociedad se hará más “solidaria”, más humana, menos egoísta, individualista y consumista, y más sensible a las necesidades del “otro”, de los pobres y de los hambrientos. Es una ilusión, una esperanza irrealizable en que nacerá un sistema capitalista humanizado, sin ninguna base alguna en la realidad. ¿Por qué el coronavirus lograría semejante cambio si el mundo entero viene sufriendo año tras año una pandemia de calamidades de todo tipo, que no solo no han mejorado nada sino que han empeorado todo?

  Las crisis humanitarias provocadas por guerras y desastres naturales que se cobran miles de víctimas cada año y en distintos lugares del planeta, se produjeron con más frecuencia de lo que el imaginario colectivo contabiliza o asocia a su rutina diaria. Podemos confeccionar una impresionante y descarnada lista desde los años 90, cuando los líderes mundiales prometían la paz, la prosperidad y la “democracia” en todo el planeta porque habían derrotado al enemigo: “el comunismo”.


Las crisis humanitarias provocadas por la intervención imperialista

  Nada de eso ocurrió bajo la dominación reforzada del sistema capitalista-imperialista. En 1990 fue la guerra del Golfo, con toda la fuerza militar de la OTAN liderada por los Estados Unidos dirigida contra la república de Irak, con un tendal de víctimas civiles. En 1991 Yugoslavia quedaba devastada y descuartizada por guerras que se extenderían por una década en el centro del territorio europeo, con miles de muertos, muchos de ellos víctimas de los ataques aéreos de la OTAN en Belgrado. En 1994, en Ruanda, se produjo el genocidio conocido como “el holocausto africano”: cien días de matanzas entre tutsis y hutus, donde jugaron también los intereses del imperialismo, y que dejaron unos 800.000 muertos.

  Luego se desató una nueva escalada mucho más agresiva. En 2001 los yanquis atacaron e invadieron Afganistán, iniciando un conflicto que sigue hasta hoy. En 2003 una coalición de potencias liderada por Estados Unidos invadió y ocupó Irak.

  En Siria, la guerra se inició en 2011 después de las movilizaciones contra el régimen de Assad; con la intervención de las potencias imperialistas el conflicto escaló con una cifra de 470.000 muertes y para 2016 más de la mitad de su población de 22 millones se había vista obligada a huir. Migraciones internas, campos de refugiados, más de trescientos centros médicos fueron destruidos. Solo en 2019, producto de ataques aéreos, murieron más de 100 civiles, incluyendo 26 niños, en la provincia de Idlib y en la zona rural de Alepo. Y según cifras oficiales, desde abril de 2019 hubo 2.721 muertes incluidos 809 civiles en un nuevo reinicio de acciones de guerra. 
 
  Más de 1.200 muertos y desaparecidos en el Mediterráneo en 2019, es la cifra de inmigrantes que en el intento de cruzarlo para alcanzar las costas del continente europeo dejaron su vida. El registro total contabiliza más de 35.000 los muertos, y en 2019 solo en un naufragio murieron 150. Todos ellos víctimas de las guerras y destrucción en Libia, en Siria, en Irak, y de la calamidad económica que se sufre en varias repúblicas del norte de África y de Oriente Medio.
 
  Se calcula que solo en el continente africano, entre 1995 y 2015 los conflictos armados han causado la muerte de unos cinco millones de niños menores de cinco años y de más de tres millones de bebés menores de un año.
 
  En 2018, casi 300 palestinos fueron asesinados y fueron heridos casi 30.000, todos víctimas de la agresión israelí, en una reiterada campaña militar contra el pueblo de la Franja de Gaza y de Cisjordania que solo en 2014 cobró más de 2.328 muertos, y que el Estado de Israel sostiene contra los palestinos en un apartheid genocida desde la creación del estado teocrático y criminal en 1948.

  El conflicto armado en Donbás, ciudad al este de Ucrania dejó el saldo de más de 3.000 muertos y 7.000 heridos desde su inicio en 2014. Solo citamos los más destacados. 
 
  La intervención imperialista no fue la causa directa de las epidemias, ni de las catástrofes climáticas, pero sí de destinar fondos de millones de dólares a ONGs y organismos específicos como la OMS, la FAO y otras tantas instituciones mundiales de dudosa o comprobada ineficacia para la prevención de crisis, según cómo se lo analice. Las calamidades producidas por el hambre, la explotación y la trata en la infancia se expande en el planeta. No evitaron las muertes producidas por el virus del Ébola en varios países de África (2014-2016), y por otros coronavirus como el SARS en China en 2002. Tampoco las muertes producidas en los campos de refugiados que lejos de servir de protección se convierten en asentamientos precarios de tiempo indefinido. Ni los millones de muertes y desplazados víctimas de inundaciones, terremotos y tsunamis localizados en zonas de alto riesgo.


 Las consecuencias de la explotación laboral, con la generalización de sistemas de semiesclavitud

Estas calamidades humanas han estado tocando la puerta de nuestras casas por la existencia del capitalismo imperialista, un sistema económico de explotación y colonización dominante en el mundo, que cotidianamente aumenta las penurias y las dificultades de la vida familiar para la clase obrera y para muchos sectores populares, y que deja al margen a crecientes masas de personas sin trabajo ni medios de vida.

El ritmo cardíaco del capitalismo se mantiene estable en el cuerpo económico si hay extracción de plusvalía, y esa plusvalía o excedente económico es la ganancia que apropia la patronal de la fábrica o empresa y que obtiene del trabajo, de lo producido en jornadas agotadoras de más de 8 horas y ritmos inhumanos, que dejan incapacitados a miles de trabajadores. En la actualidad, el capitalismo casi no usa máscaras, se presenta con sus corporaciones todopoderosas (fruto de la concentración económica) y sus métodos “civilizados”, incluso militares, para apropiarse los mercados, los recursos, la mano de obra, la producción y los capitales de los Estados a los que somete a su arbitrio. El comercio mundial y el libre mercado no son más que otras de sus máscaras que apenas cubren la verdadera lacra de la economía, la especulación financiera.

El sistema cada vez más sofisticado de extracción de rentas a costa del trabajo de millones de asalariados se juega en el casino mundial (Wall Strett, la City, etc.) de las apuestas y operaciones financieras dominantes en la economía actual, que penetran en la economía de la familia obrera porque aumentan artificialmente el precio de las viviendas, de los servicios, de la educación, de la salud y de los alimentos, y así crecen las dificultades para la subsistencia, que se convierte en calamidad para muchos, y más todavía con la llegada de la vejez si se debe vivir de una pensión miserable.

El acceso masivo de las mujeres al mundo laboral ha sumado mayor sacrificio y limitado las libertades. No es casual la explosión mundial del movimiento feminista en una nueva y más potente oleada de luchas por sus reivindicaciones y en defensa de la vida.

En este sistema de explotación capitalista-imperialista se producen plagas cotidianas para el conjunto de los trabajadores, de las que no se habla salvo cuando los ritmos de trabajo insoportables producen una ola de suicidios como ocurrió en la producción de iPhone en China, en 2010, o cuando se incendian o derrumban los edificios de fábricas textiles, una industria que ocupa  millones de personas, mayoría mujeres, incluidas niñas en condiciones de semiesclavitud y que convierten a Bangladesh en uno de los mayores exportadores textiles del mundo. O salvo, también, cuando millones de trabajadores y sectores populares alzan su voz en estallidos de masas en contra de sus gobiernos y del poder económico como ocurrió durante 2019 en varios países de América latina, en Ecuador, Chile y Colombia.

Las condiciones de trabajo con sistemas esclavos de producción se han extendido por todo el planeta y para todas las ramas de la producción, junto a las enfermedades y accidentes laborales: desde las afecciones pulmonares por la exposición a vapores, gases o humos, las posturales por el sobreesfuerzo o por jornadas prolongadas, hasta las específicas como silicosis o saturnismo. Y no solo en la producción industrial o en la industria extractiva; en los servicios también los trabajadores desempeñan tareas y ritmos insalubres, que exigen tremendos sacrificios.

En este sistema y orden social, una pandemia mundial como la producida por el COVID-19 va a aumentar las desgracias. En primer lugar, porque las produce en  poco tiempo, en meses; en segundo término, por la vulnerabilidad existente en las condiciones de vida de millones y, tercero, porque nuestra salud ya sufrió la pandemia de la explotación laboral.[1]


El virus no es una oportunidad, es una calamidad

El COVID-19 no se convierte en un llamado a la solidaridad y unidad del conjunto de la sociedad. En el plano de la política, donde también intervienen las iglesias, las manifestaciones públicas a favor de la conciliación de intereses y los llamados a la “unidad nacional” para combatir la pandemia solo buscan la confusión y la resignación de los explotados y todos los que están en la miseria frente al aumento de los despidos laborales, del pago por partes o de rebajas de los salarios, y de las penurias crecientes de los sectores populares y de los trabajadores informales.

Porque existen las clases y sus intereses son antagónicos, porque una minoría se apropia de la riqueza que la amplia mayoría produce, y porque desde los grandes capitanes de la industria, los dueños de los medios de producción y del capital hasta los propietarios de medio pelo, junto a su séquito de burócratas y parásitos a sueldo, cuando les pase el pánico al virus exigirán la vuelta al trabajo sin importar las condiciones ni las consecuencias para la salud. En el mientras tanto, en el aislamiento, que cada uno resista como puede.


Los “líderes mundiales” ante la pandemia

Los elegidos para “velar por la paz mundial y el bienestar de la población”, en la mirada de un médico de urgencias de Granada, España:

“Una banda de políticos y funcionarios que nos llevaron a este desastre”, “Pedro Sánchez, maldito canalla y criminal”, “una mierda”.

Donald Trump y Boris Johnson, además de lo deleznable de estos personajes, son los más fieles representantes de los intereses de la gran patronal y de la oligarquía financiera que necesitan la mano de obra en la producción y no en su hogar al resguardo del virus. Por esa razón, fueron los últimos en aceptar las condiciones impuestas por la cuarentena, el único método sanitario que impedía la propagación del virus.

Pero Merkel y Macron ¿qué hicieron por la Unión Europea? ¿Cuánta plata, equipos, médicos enviaron a los países europeos más afectados como Italia y España? Ahora nada, pero en 2011 destinaron los fondos de todos los Estados de la UE  para salvar a los bancos. En ambos líderes también se demuestra qué intereses representan, aunque simulen mayor compromiso social.

En la explosión de la pandemia tanto en Europa como en los Estados Unidos, todos los gobiernos de estas potencias se lanzaron a acaparar, para sus países, la producción mundial (fundamentalmente china) de mascarillas, respiradores y medicación antiviral, en el medio del caos producido por sus deficitarios servicios de salud pública y privada, y de la ineficiencia demostrada por los organismos creados por las potencias imperialistas para prevenir y controlar semejante catástrofe.


¿Qué podemos esperar en América Latina?

Los líderes políticos anuncian “los efectos del caos inminente en las poblaciones más vulnerables del mundo”, pero ningún gobierno se pronunció de forma humanitaria y repudió el bloqueo económico impulsado por las potencias imperialistas contra Venezuela y Cuba[2], que se sostiene en medio del estallido de la crisis humanitaria. Más aún, no hubo pronunciamientos contra las amenazas recientes de Trump de intervención militar contra Venezuela.

Michelle Bachelet, médica, ex presidenta de Chile, alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, ¿por qué no se pronunció en contra de la injusta medida del bloqueo? Solo se solidarizó con los “presos políticos” del régimen de Maduro. ¿Y el resto de la sociedad venezolana? Según Bachelet “Es el momento de la solidaridad y la compasión”. ¿No sería más eficaz donar fondos de la ONU y destinarlos a los sistemas de salud destruidos de América latina, en cuyo desmantelamiento usted, como presidenta de su país, colaboró o fue cómplice por omisión junto a los otros funcionarios políticos, académicos y técnicos que viven en sus cómodos puestos a expensas del sacrificio de los trabajadores?

Cuba, economía pequeña y con muchas dificultades, que sufre el bloqueo imperialista, envía médicos para asistir en focos difíciles como Italia o España, y también planean asistir a la Argentina. China inició también su campaña de asistencia fuera de sus fronteras. Mientras tanto, los Bolsonaro, Piñera, Duque y Lenin Moreno encabezan una lista de gobiernos agentes directos de las potencias imperialistas y del puñado de patrones y oligarcas financieros que dominan las economías nacionales, que han “planificado” el desastre económico de sus respectivos países, hoy abandonan al pueblo a su suerte, al sálvese quien pueda.

La atención de la salud y la protección sanitaria comienzan con la nutrición. Para defenderse de este virus y de cualquier plaga se necesitan defensas. Con mala alimentación y hambre se debilita el sistema inmunológico, y se expone a la población con más facilidad a las formas más graves del COVID-19. Lo mismo ocurre con la precariedad del hábitat: sin condiciones de higiene, de acceso al agua potable, de eliminación correcta de residuos o de un techo digno, se convierte en una tarea casi imposible evitar las consecuencias más graves del virus. En esos casos no será suficiente con la entrega y la abnegación del personal médico y sanitario, menos aún con una estructura de la salud pública destrozada, y en algunos países, inexistente.

No hay necesidad de muchas palabras ni de complicadas reflexiones. A los gobiernos de los países más pobres los vemos actuar, en vivo y en directo, y las imágenes son atroces con un virus que recién comenzó a extender los contagios en la región: los cadáveres diseminados en las calles de Guayaquil y de otras ciudades costeras de Ecuador, mientras Lenin Moreno no tiene una cifra oficial de muertes. Los asesinatos de líderes sociales continúan en Colombia, sin que Duque encuentre culpables ni los impida, y la pandemia ya se suma a las penurias sociales existentes. Los gobernadores en Brasil debieron implementar medidas contra la pandemia, a contramano del presidente Bolsonaro, que todavía niega su gravedad y las consecuencias. Algo similar ocurrió en Chile: los alcaldes y autoridades regionales obligaron a Piñera a tomar las medidas de protección, las cuarentenas y la suspensión de clases, pero igual la catástrofe asoma en las crecientes cifras de contagios y de muertes.


La única solidaridad es la que reina entre los trabajadores

El reconocimiento de la sociedad hacia los trabajadores llamados “imprescindibles”, los de la primera línea, los científicos, los profesionales y técnicos de la salud, y a los de la producción, el transporte, la seguridad, el mantenimiento y la limpieza, exigiría de los gobiernos la decisión de una retribución inmediata al esfuerzo: con aumentos de salarios, como mínimo al doble, y la provisión de equipos aptos para su protección.

Para el conjunto de los trabajadores, estos compañeros de clase significan un enorme faro; se les debe agradecer el haberse constituido en un ejemplo de sacrificio y de humanidad, ya que a través de ellos se reivindica y se ubica en primer plano el esfuerzo gris y cotidiano de millones de obreros en todo el mundo, quienes constituyen las fuerzas productivas imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad.

Los trabajadores reconocen y valoran de forma diaria el sacrificio de los maestros en la escuela de sus hijos, la atención médica y asistencial que reciben en el hospital, el esfuerzo de los choferes en el transporte público y de los cientos de oficios que existen. Estos lazos que creamos como fuerza de trabajo deberían multiplicarse, servir para afianzar la confianza en nuestras propias fuerzas y en una política propia, en la necesidad de ser dueños del futuro, o sea, del futuro de la masa asalariada y de los sectores populares, de la sociedad en su conjunto. Unidos con el fin de liquidar de una vez y para siempre la dominación del capital concentrado y al sector social que parasita gracias al trabajo ajeno, esa pequeña minoría de la sociedad, esos que se cuentan con los dedos de una mano pero que se apropian de la porción más grande de la torta.

Una nueva situación para el día después

“El esfuerzo de crisis, por extenso y necesario que sea, no debe desplazar la urgente tarea de lanzar una empresa paralela para la transición al orden posterior al coronavirus… El desafío para los líderes es manejar la crisis mientras se construye el futuro. El fracaso podría incendiar el mundo, advirtió Henry Kissinger, el exfuncionario y criminal imperialista norteamericano.

El pánico al incendio de la clase oligárquica-patronal-financiera mundial es tan grande como la capacidad de contagio del COVID-19. El incendio es el despertar de la movilización revolucionaria de las masas para conquistar sus derechos, no limosnas, para luchar por todo lo que les corresponde. Una movilización que, los explotadores lo saben, se fortalecería en la dinámica de la lucha, que las direcciones burocráticas no podrían controlar porque serían superadas en su intento y en sus objetivos, que convertirían en inservibles a los dirigentes políticos o sindicales “amigables” para negociar, porque no hay nada que negociar. Un incendio que solo se apaga cuando los trabajadores y el pueblo pobre logran tomar el poder político y se reconstruyan las relaciones de producción bajo otras reglas.

La patronal industrial-comercial-financiera, el poder económico concentrado, debate el futuro con los dirigentes sindicales, sociales y políticos, y con los gobiernos. Elaboran distintas estrategias post-cuarentena, con un solo norte: cómo aumentar el grado de explotación, por una vía o por otra. Es el objetivo de siempre: que los trabajadores con su esfuerzo y sacrificio paguen los gastos de la cuarentena y de la recesión, y además se hagan cargo de las deudas públicas y privadas.

Los trabajadores no deben abandonar las medidas de protección, pero no por eso deben quedarse a esperar la vuelta al trabajo o los anuncios oficiales. Es necesario debatir las condiciones y garantías para esa vuelta, y también los proyectos futuros de un sistema de salud pública eficiente a nivel nacional. Hay que terminar con los negocios de unos cuantos vivos a costa de la salud de todos, así como con respecto a la educación y a la obra pública. Es menester pensar un plan de gobierno donde los recursos se distribuyan en función de las necesidades de la mayoría. Por esa razón es fundamental fortalecer la organización independiente donde exista, y construir lazos por abajo para multiplicar la participación, ya sea a nivel del barrio o sindical.

No hay paños fríos conciliatorios que valgan cuando están en juego desde el futuro laboral hasta el monto de los salarios y el nivel de vida de la clase trabajadora. Se esperan momentos muy difíciles, y se abrió una situación extremadamente delicada para el movimiento obrero y para los sectores populares. Las condiciones futuras de los trabajadores dependerán de su fuerza organizativa independiente, de la firmeza para afrontar la lucha y del proyecto político, económico y social que se plantee.

A lo largo de la historia mundial quedó absolutamente demostrado que las revoluciones han sido los únicos medios capaces de cambios radicales a favor de la humanidad. Una pandemia o una catástrofe natural solo aumentan los penurias de los más pobres o aumentan la cantidad de pobres. Los progresos se han conquistado de una sola forma: con revoluciones.

Ningún virus vuelve mejores personas ni más solidarios a los burgueses y a la oligarquía recalcitrantes. Fueron las revoluciones las que lograron implantar valores como la igualdad y la fraternidad, los derechos al trabajo remunerado, a la vivienda digna, la salud, la educación y el ocio. Revoluciones que se produjeron por el heroico y sacrificado esfuerzo del movimiento obrero y del pueblo, y porque se propusieron alcanzar el poder para cambiar desde la raíz las normas y las reglas de opresión y de explotación.

Florencia Sánchez
6 de abril de 2020


[1] El virólogo argentino Pablo Goldschmidt, señaló una serie de factores que podrían haber incidido en el porcentaje de letalidad por el COVID-19 en Italia y tienen que ver con el trabajo: en esa región es donde más mueren por cáncer de pulmón, porque hubo fábricas de fibrocemento que usaban amianto. En las autopsias que se hicieron en Lombardía en los últimos diez años, el 85 por ciento eran por exposición laboral. Este año hubo 3,6 por ciento más que en años anteriores. Una región ya castigada por el cierre de camas y la falta de respiradores, y donde se encuentra la gente mayor, con pulmones con cáncer o lastimaduras crónicas, que hace que una infección viral se transforme en una infección mortal.
[2] El presidente argentino Alberto Fernández se pronunció al respecto recientemente en una teleconferencia del G20, llamando a terminar por razones humanitarias con el bloqueo contra Cuba y Venezuela.