7/4/20

Un virus nuevo, el COVID-19, provocó una pandemia mundial. Los trabajadores sumamos este virus a la plaga de la explotación laboral


 


  En medio de la pandemia hay un montón de “progresistas” que pronostican que el coronavirus hará cambiar el mundo, que la sociedad se hará más “solidaria”, más humana, menos egoísta, individualista y consumista, y más sensible a las necesidades del “otro”, de los pobres y de los hambrientos. Es una ilusión, una esperanza irrealizable en que nacerá un sistema capitalista humanizado, sin ninguna base alguna en la realidad. ¿Por qué el coronavirus lograría semejante cambio si el mundo entero viene sufriendo año tras año una pandemia de calamidades de todo tipo, que no solo no han mejorado nada sino que han empeorado todo?

  Las crisis humanitarias provocadas por guerras y desastres naturales que se cobran miles de víctimas cada año y en distintos lugares del planeta, se produjeron con más frecuencia de lo que el imaginario colectivo contabiliza o asocia a su rutina diaria. Podemos confeccionar una impresionante y descarnada lista desde los años 90, cuando los líderes mundiales prometían la paz, la prosperidad y la “democracia” en todo el planeta porque habían derrotado al enemigo: “el comunismo”.


Las crisis humanitarias provocadas por la intervención imperialista

  Nada de eso ocurrió bajo la dominación reforzada del sistema capitalista-imperialista. En 1990 fue la guerra del Golfo, con toda la fuerza militar de la OTAN liderada por los Estados Unidos dirigida contra la república de Irak, con un tendal de víctimas civiles. En 1991 Yugoslavia quedaba devastada y descuartizada por guerras que se extenderían por una década en el centro del territorio europeo, con miles de muertos, muchos de ellos víctimas de los ataques aéreos de la OTAN en Belgrado. En 1994, en Ruanda, se produjo el genocidio conocido como “el holocausto africano”: cien días de matanzas entre tutsis y hutus, donde jugaron también los intereses del imperialismo, y que dejaron unos 800.000 muertos.

  Luego se desató una nueva escalada mucho más agresiva. En 2001 los yanquis atacaron e invadieron Afganistán, iniciando un conflicto que sigue hasta hoy. En 2003 una coalición de potencias liderada por Estados Unidos invadió y ocupó Irak.

  En Siria, la guerra se inició en 2011 después de las movilizaciones contra el régimen de Assad; con la intervención de las potencias imperialistas el conflicto escaló con una cifra de 470.000 muertes y para 2016 más de la mitad de su población de 22 millones se había vista obligada a huir. Migraciones internas, campos de refugiados, más de trescientos centros médicos fueron destruidos. Solo en 2019, producto de ataques aéreos, murieron más de 100 civiles, incluyendo 26 niños, en la provincia de Idlib y en la zona rural de Alepo. Y según cifras oficiales, desde abril de 2019 hubo 2.721 muertes incluidos 809 civiles en un nuevo reinicio de acciones de guerra. 
 
  Más de 1.200 muertos y desaparecidos en el Mediterráneo en 2019, es la cifra de inmigrantes que en el intento de cruzarlo para alcanzar las costas del continente europeo dejaron su vida. El registro total contabiliza más de 35.000 los muertos, y en 2019 solo en un naufragio murieron 150. Todos ellos víctimas de las guerras y destrucción en Libia, en Siria, en Irak, y de la calamidad económica que se sufre en varias repúblicas del norte de África y de Oriente Medio.
 
  Se calcula que solo en el continente africano, entre 1995 y 2015 los conflictos armados han causado la muerte de unos cinco millones de niños menores de cinco años y de más de tres millones de bebés menores de un año.
 
  En 2018, casi 300 palestinos fueron asesinados y fueron heridos casi 30.000, todos víctimas de la agresión israelí, en una reiterada campaña militar contra el pueblo de la Franja de Gaza y de Cisjordania que solo en 2014 cobró más de 2.328 muertos, y que el Estado de Israel sostiene contra los palestinos en un apartheid genocida desde la creación del estado teocrático y criminal en 1948.

  El conflicto armado en Donbás, ciudad al este de Ucrania dejó el saldo de más de 3.000 muertos y 7.000 heridos desde su inicio en 2014. Solo citamos los más destacados. 
 
  La intervención imperialista no fue la causa directa de las epidemias, ni de las catástrofes climáticas, pero sí de destinar fondos de millones de dólares a ONGs y organismos específicos como la OMS, la FAO y otras tantas instituciones mundiales de dudosa o comprobada ineficacia para la prevención de crisis, según cómo se lo analice. Las calamidades producidas por el hambre, la explotación y la trata en la infancia se expande en el planeta. No evitaron las muertes producidas por el virus del Ébola en varios países de África (2014-2016), y por otros coronavirus como el SARS en China en 2002. Tampoco las muertes producidas en los campos de refugiados que lejos de servir de protección se convierten en asentamientos precarios de tiempo indefinido. Ni los millones de muertes y desplazados víctimas de inundaciones, terremotos y tsunamis localizados en zonas de alto riesgo.


 Las consecuencias de la explotación laboral, con la generalización de sistemas de semiesclavitud

Estas calamidades humanas han estado tocando la puerta de nuestras casas por la existencia del capitalismo imperialista, un sistema económico de explotación y colonización dominante en el mundo, que cotidianamente aumenta las penurias y las dificultades de la vida familiar para la clase obrera y para muchos sectores populares, y que deja al margen a crecientes masas de personas sin trabajo ni medios de vida.

El ritmo cardíaco del capitalismo se mantiene estable en el cuerpo económico si hay extracción de plusvalía, y esa plusvalía o excedente económico es la ganancia que apropia la patronal de la fábrica o empresa y que obtiene del trabajo, de lo producido en jornadas agotadoras de más de 8 horas y ritmos inhumanos, que dejan incapacitados a miles de trabajadores. En la actualidad, el capitalismo casi no usa máscaras, se presenta con sus corporaciones todopoderosas (fruto de la concentración económica) y sus métodos “civilizados”, incluso militares, para apropiarse los mercados, los recursos, la mano de obra, la producción y los capitales de los Estados a los que somete a su arbitrio. El comercio mundial y el libre mercado no son más que otras de sus máscaras que apenas cubren la verdadera lacra de la economía, la especulación financiera.

El sistema cada vez más sofisticado de extracción de rentas a costa del trabajo de millones de asalariados se juega en el casino mundial (Wall Strett, la City, etc.) de las apuestas y operaciones financieras dominantes en la economía actual, que penetran en la economía de la familia obrera porque aumentan artificialmente el precio de las viviendas, de los servicios, de la educación, de la salud y de los alimentos, y así crecen las dificultades para la subsistencia, que se convierte en calamidad para muchos, y más todavía con la llegada de la vejez si se debe vivir de una pensión miserable.

El acceso masivo de las mujeres al mundo laboral ha sumado mayor sacrificio y limitado las libertades. No es casual la explosión mundial del movimiento feminista en una nueva y más potente oleada de luchas por sus reivindicaciones y en defensa de la vida.

En este sistema de explotación capitalista-imperialista se producen plagas cotidianas para el conjunto de los trabajadores, de las que no se habla salvo cuando los ritmos de trabajo insoportables producen una ola de suicidios como ocurrió en la producción de iPhone en China, en 2010, o cuando se incendian o derrumban los edificios de fábricas textiles, una industria que ocupa  millones de personas, mayoría mujeres, incluidas niñas en condiciones de semiesclavitud y que convierten a Bangladesh en uno de los mayores exportadores textiles del mundo. O salvo, también, cuando millones de trabajadores y sectores populares alzan su voz en estallidos de masas en contra de sus gobiernos y del poder económico como ocurrió durante 2019 en varios países de América latina, en Ecuador, Chile y Colombia.

Las condiciones de trabajo con sistemas esclavos de producción se han extendido por todo el planeta y para todas las ramas de la producción, junto a las enfermedades y accidentes laborales: desde las afecciones pulmonares por la exposición a vapores, gases o humos, las posturales por el sobreesfuerzo o por jornadas prolongadas, hasta las específicas como silicosis o saturnismo. Y no solo en la producción industrial o en la industria extractiva; en los servicios también los trabajadores desempeñan tareas y ritmos insalubres, que exigen tremendos sacrificios.

En este sistema y orden social, una pandemia mundial como la producida por el COVID-19 va a aumentar las desgracias. En primer lugar, porque las produce en  poco tiempo, en meses; en segundo término, por la vulnerabilidad existente en las condiciones de vida de millones y, tercero, porque nuestra salud ya sufrió la pandemia de la explotación laboral.[1]


El virus no es una oportunidad, es una calamidad

El COVID-19 no se convierte en un llamado a la solidaridad y unidad del conjunto de la sociedad. En el plano de la política, donde también intervienen las iglesias, las manifestaciones públicas a favor de la conciliación de intereses y los llamados a la “unidad nacional” para combatir la pandemia solo buscan la confusión y la resignación de los explotados y todos los que están en la miseria frente al aumento de los despidos laborales, del pago por partes o de rebajas de los salarios, y de las penurias crecientes de los sectores populares y de los trabajadores informales.

Porque existen las clases y sus intereses son antagónicos, porque una minoría se apropia de la riqueza que la amplia mayoría produce, y porque desde los grandes capitanes de la industria, los dueños de los medios de producción y del capital hasta los propietarios de medio pelo, junto a su séquito de burócratas y parásitos a sueldo, cuando les pase el pánico al virus exigirán la vuelta al trabajo sin importar las condiciones ni las consecuencias para la salud. En el mientras tanto, en el aislamiento, que cada uno resista como puede.


Los “líderes mundiales” ante la pandemia

Los elegidos para “velar por la paz mundial y el bienestar de la población”, en la mirada de un médico de urgencias de Granada, España:

“Una banda de políticos y funcionarios que nos llevaron a este desastre”, “Pedro Sánchez, maldito canalla y criminal”, “una mierda”.

Donald Trump y Boris Johnson, además de lo deleznable de estos personajes, son los más fieles representantes de los intereses de la gran patronal y de la oligarquía financiera que necesitan la mano de obra en la producción y no en su hogar al resguardo del virus. Por esa razón, fueron los últimos en aceptar las condiciones impuestas por la cuarentena, el único método sanitario que impedía la propagación del virus.

Pero Merkel y Macron ¿qué hicieron por la Unión Europea? ¿Cuánta plata, equipos, médicos enviaron a los países europeos más afectados como Italia y España? Ahora nada, pero en 2011 destinaron los fondos de todos los Estados de la UE  para salvar a los bancos. En ambos líderes también se demuestra qué intereses representan, aunque simulen mayor compromiso social.

En la explosión de la pandemia tanto en Europa como en los Estados Unidos, todos los gobiernos de estas potencias se lanzaron a acaparar, para sus países, la producción mundial (fundamentalmente china) de mascarillas, respiradores y medicación antiviral, en el medio del caos producido por sus deficitarios servicios de salud pública y privada, y de la ineficiencia demostrada por los organismos creados por las potencias imperialistas para prevenir y controlar semejante catástrofe.


¿Qué podemos esperar en América Latina?

Los líderes políticos anuncian “los efectos del caos inminente en las poblaciones más vulnerables del mundo”, pero ningún gobierno se pronunció de forma humanitaria y repudió el bloqueo económico impulsado por las potencias imperialistas contra Venezuela y Cuba[2], que se sostiene en medio del estallido de la crisis humanitaria. Más aún, no hubo pronunciamientos contra las amenazas recientes de Trump de intervención militar contra Venezuela.

Michelle Bachelet, médica, ex presidenta de Chile, alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, ¿por qué no se pronunció en contra de la injusta medida del bloqueo? Solo se solidarizó con los “presos políticos” del régimen de Maduro. ¿Y el resto de la sociedad venezolana? Según Bachelet “Es el momento de la solidaridad y la compasión”. ¿No sería más eficaz donar fondos de la ONU y destinarlos a los sistemas de salud destruidos de América latina, en cuyo desmantelamiento usted, como presidenta de su país, colaboró o fue cómplice por omisión junto a los otros funcionarios políticos, académicos y técnicos que viven en sus cómodos puestos a expensas del sacrificio de los trabajadores?

Cuba, economía pequeña y con muchas dificultades, que sufre el bloqueo imperialista, envía médicos para asistir en focos difíciles como Italia o España, y también planean asistir a la Argentina. China inició también su campaña de asistencia fuera de sus fronteras. Mientras tanto, los Bolsonaro, Piñera, Duque y Lenin Moreno encabezan una lista de gobiernos agentes directos de las potencias imperialistas y del puñado de patrones y oligarcas financieros que dominan las economías nacionales, que han “planificado” el desastre económico de sus respectivos países, hoy abandonan al pueblo a su suerte, al sálvese quien pueda.

La atención de la salud y la protección sanitaria comienzan con la nutrición. Para defenderse de este virus y de cualquier plaga se necesitan defensas. Con mala alimentación y hambre se debilita el sistema inmunológico, y se expone a la población con más facilidad a las formas más graves del COVID-19. Lo mismo ocurre con la precariedad del hábitat: sin condiciones de higiene, de acceso al agua potable, de eliminación correcta de residuos o de un techo digno, se convierte en una tarea casi imposible evitar las consecuencias más graves del virus. En esos casos no será suficiente con la entrega y la abnegación del personal médico y sanitario, menos aún con una estructura de la salud pública destrozada, y en algunos países, inexistente.

No hay necesidad de muchas palabras ni de complicadas reflexiones. A los gobiernos de los países más pobres los vemos actuar, en vivo y en directo, y las imágenes son atroces con un virus que recién comenzó a extender los contagios en la región: los cadáveres diseminados en las calles de Guayaquil y de otras ciudades costeras de Ecuador, mientras Lenin Moreno no tiene una cifra oficial de muertes. Los asesinatos de líderes sociales continúan en Colombia, sin que Duque encuentre culpables ni los impida, y la pandemia ya se suma a las penurias sociales existentes. Los gobernadores en Brasil debieron implementar medidas contra la pandemia, a contramano del presidente Bolsonaro, que todavía niega su gravedad y las consecuencias. Algo similar ocurrió en Chile: los alcaldes y autoridades regionales obligaron a Piñera a tomar las medidas de protección, las cuarentenas y la suspensión de clases, pero igual la catástrofe asoma en las crecientes cifras de contagios y de muertes.


La única solidaridad es la que reina entre los trabajadores

El reconocimiento de la sociedad hacia los trabajadores llamados “imprescindibles”, los de la primera línea, los científicos, los profesionales y técnicos de la salud, y a los de la producción, el transporte, la seguridad, el mantenimiento y la limpieza, exigiría de los gobiernos la decisión de una retribución inmediata al esfuerzo: con aumentos de salarios, como mínimo al doble, y la provisión de equipos aptos para su protección.

Para el conjunto de los trabajadores, estos compañeros de clase significan un enorme faro; se les debe agradecer el haberse constituido en un ejemplo de sacrificio y de humanidad, ya que a través de ellos se reivindica y se ubica en primer plano el esfuerzo gris y cotidiano de millones de obreros en todo el mundo, quienes constituyen las fuerzas productivas imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad.

Los trabajadores reconocen y valoran de forma diaria el sacrificio de los maestros en la escuela de sus hijos, la atención médica y asistencial que reciben en el hospital, el esfuerzo de los choferes en el transporte público y de los cientos de oficios que existen. Estos lazos que creamos como fuerza de trabajo deberían multiplicarse, servir para afianzar la confianza en nuestras propias fuerzas y en una política propia, en la necesidad de ser dueños del futuro, o sea, del futuro de la masa asalariada y de los sectores populares, de la sociedad en su conjunto. Unidos con el fin de liquidar de una vez y para siempre la dominación del capital concentrado y al sector social que parasita gracias al trabajo ajeno, esa pequeña minoría de la sociedad, esos que se cuentan con los dedos de una mano pero que se apropian de la porción más grande de la torta.

Una nueva situación para el día después

“El esfuerzo de crisis, por extenso y necesario que sea, no debe desplazar la urgente tarea de lanzar una empresa paralela para la transición al orden posterior al coronavirus… El desafío para los líderes es manejar la crisis mientras se construye el futuro. El fracaso podría incendiar el mundo, advirtió Henry Kissinger, el exfuncionario y criminal imperialista norteamericano.

El pánico al incendio de la clase oligárquica-patronal-financiera mundial es tan grande como la capacidad de contagio del COVID-19. El incendio es el despertar de la movilización revolucionaria de las masas para conquistar sus derechos, no limosnas, para luchar por todo lo que les corresponde. Una movilización que, los explotadores lo saben, se fortalecería en la dinámica de la lucha, que las direcciones burocráticas no podrían controlar porque serían superadas en su intento y en sus objetivos, que convertirían en inservibles a los dirigentes políticos o sindicales “amigables” para negociar, porque no hay nada que negociar. Un incendio que solo se apaga cuando los trabajadores y el pueblo pobre logran tomar el poder político y se reconstruyan las relaciones de producción bajo otras reglas.

La patronal industrial-comercial-financiera, el poder económico concentrado, debate el futuro con los dirigentes sindicales, sociales y políticos, y con los gobiernos. Elaboran distintas estrategias post-cuarentena, con un solo norte: cómo aumentar el grado de explotación, por una vía o por otra. Es el objetivo de siempre: que los trabajadores con su esfuerzo y sacrificio paguen los gastos de la cuarentena y de la recesión, y además se hagan cargo de las deudas públicas y privadas.

Los trabajadores no deben abandonar las medidas de protección, pero no por eso deben quedarse a esperar la vuelta al trabajo o los anuncios oficiales. Es necesario debatir las condiciones y garantías para esa vuelta, y también los proyectos futuros de un sistema de salud pública eficiente a nivel nacional. Hay que terminar con los negocios de unos cuantos vivos a costa de la salud de todos, así como con respecto a la educación y a la obra pública. Es menester pensar un plan de gobierno donde los recursos se distribuyan en función de las necesidades de la mayoría. Por esa razón es fundamental fortalecer la organización independiente donde exista, y construir lazos por abajo para multiplicar la participación, ya sea a nivel del barrio o sindical.

No hay paños fríos conciliatorios que valgan cuando están en juego desde el futuro laboral hasta el monto de los salarios y el nivel de vida de la clase trabajadora. Se esperan momentos muy difíciles, y se abrió una situación extremadamente delicada para el movimiento obrero y para los sectores populares. Las condiciones futuras de los trabajadores dependerán de su fuerza organizativa independiente, de la firmeza para afrontar la lucha y del proyecto político, económico y social que se plantee.

A lo largo de la historia mundial quedó absolutamente demostrado que las revoluciones han sido los únicos medios capaces de cambios radicales a favor de la humanidad. Una pandemia o una catástrofe natural solo aumentan los penurias de los más pobres o aumentan la cantidad de pobres. Los progresos se han conquistado de una sola forma: con revoluciones.

Ningún virus vuelve mejores personas ni más solidarios a los burgueses y a la oligarquía recalcitrantes. Fueron las revoluciones las que lograron implantar valores como la igualdad y la fraternidad, los derechos al trabajo remunerado, a la vivienda digna, la salud, la educación y el ocio. Revoluciones que se produjeron por el heroico y sacrificado esfuerzo del movimiento obrero y del pueblo, y porque se propusieron alcanzar el poder para cambiar desde la raíz las normas y las reglas de opresión y de explotación.

Florencia Sánchez
6 de abril de 2020


[1] El virólogo argentino Pablo Goldschmidt, señaló una serie de factores que podrían haber incidido en el porcentaje de letalidad por el COVID-19 en Italia y tienen que ver con el trabajo: en esa región es donde más mueren por cáncer de pulmón, porque hubo fábricas de fibrocemento que usaban amianto. En las autopsias que se hicieron en Lombardía en los últimos diez años, el 85 por ciento eran por exposición laboral. Este año hubo 3,6 por ciento más que en años anteriores. Una región ya castigada por el cierre de camas y la falta de respiradores, y donde se encuentra la gente mayor, con pulmones con cáncer o lastimaduras crónicas, que hace que una infección viral se transforme en una infección mortal.
[2] El presidente argentino Alberto Fernández se pronunció al respecto recientemente en una teleconferencia del G20, llamando a terminar por razones humanitarias con el bloqueo contra Cuba y Venezuela.

5/3/20

Detener la escalada golpista


 Esquerda Online, 27-2-2020

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Ordenada por el Palacio del Planalto –la sede del Poder Ejecutivo brasileño–, la convocatoria por parte de las hordas de bolsonaristas de un acto a favor del cierre del Congreso Nacional y del Supremo Tribunal Federal, para dar poderes absolutos al Presidente, materializa el mayor objetivo de la extrema derecha neofascista. La estrategia de Bolsonaro es establecer un régimen dictatorial en el país.

 Aunque no se está preparando ningún golpe militar para este día –no nos parece lo más probable–, se ha dado un paso peligroso en esta dirección. La trama del golpe debe ser derrotada antes de que sea demasiado tarde. Después de todo, sólo los ilusos creen que vivimos en una situación de “normalidad democrática”.

 No es una mera coincidencia que el general Braga Netto haya sido nombrado para la Casa Civil –el Gabinete presidencial–, reforzando el control de la alta jerarquía militar sobre los principales ministerios y puestos gubernamentales, el estallido de un motín policial (con métodos de terror paramilitar) dirigido por líderes bolsonaristas en Ceará, los insultos misóginos de Jair Messias (Bolsonaro) contra la periodista Patrícia Campos Mello (de Folha de San Pablo)y las sucesivas amenazas y provocaciones autoritarias de sus hijos, Paulo Guedes y partidarios influyentes.

Bolsonaro actúa sabiendo que producirá choques y crisis institucionales. Ante la evidencia de que la economía sigue estancada, la dificultad de conseguir una mayoría parlamentaria en las votaciones importantes (como en el caso de las enmiendas fiscales), la próxima disputa electoral en los municipios y el turbulento escenario internacional –ahora impactado por la propagación del coronavirus–, el bolsonarismo apuesta por la radicalización autoritaria. Así mantiene cohesionada y movilizada a su base social de apoyo más extremista.

 Jair Bolsonaro dio la contraseña a sus seguidores compartiendo el contenido de WhatsApp en apoyo de la demostración. Luego, como en otras ocasiones, dio un paso atrás ensayado, diciendo que eran sólo mensajes de naturaleza personal, una puesta en escena que no engaña a nadie. Asimismo, los generales Augusto Heleno y Hamilton Mourão declararon que no autorizaban la publicación de sus imágenes en la convocatoria del acto, pero que no lo condenaban, sino todo lo contrario: aseguraban su legitimidad.

Ante la gravedad de la situación, la construcción de la más amplia unidad democrática para detener el golpe de Estado es una tarea urgente. La lucha en defensa de las libertades democráticas no puede reducirse a palabras y declaraciones bien intencionadas. Es necesario tomar medidas inmediatas y enérgicas.

La Cámara de Representantes –Diputados–, el Senado Federal, el Tribunal Supremo, la Fiscalía General, los partidos políticos, los dirigentes políticos, la OAB (Orden de los Abogados del Brasil) y las entidades de derechos humanos tienen el deber de adoptar medidas concretas contra el plan puesto en marcha para socavar el régimen democrático. Todos los demócratas deben estar en primera línea contra los ataques a los derechos y libertades democráticas, construyendo acciones amplias y unitarias.

En este sentido, los tímidos y vagos pronunciamientos de Rodrigo Maia (del Partido Demócratas y presidente de la Cámara de Diputados) y Dias Tofolli (presidente del Supremo Tribunal Federal), y el silencio hasta ese momento de David Alcolumbre, (del Partido Demócratas, presidente del Senado y del Congreso Nacional) demuestran la debilidad de quienes deberían estar interesados en defender las instituciones de los ataques insultantes perpetrados por el Presidente de la República y sus secuaces.

Su tibieza tiene una explicación. Aunque se enfrentan en un tira y afloja político-institucional, Jair Bolsonaro, Rodrigo Maia, Dias Tofolli y Davi Alcolumbre están unidos en la aplicación del programa económico de destrucción de los derechos sociales y laborales. Todos se inclinan ante Paulo Guedes –el ministro de Economía– que, a su vez, es el servidor de confianza del gran capital financiero en el gobierno.

En nombre de la política económica y las reformas neoliberales, la burguesía brasileña no quiere el fin del gobierno del Bolsonaro, incluso frente a las repetidas amenazas de destruir el actual régimen institucional. La clase dominante busca, en el mejor de los casos, contener al neofascista dentro de ciertos límites, que resultan cada vez más flexibles.

Es decisivo que entre en escena el movimiento organizado de los trabajadores, sobre todo de sus sectores más oprimidos y jóvenes, porque no se puede esperar una lucha consecuente de los sectores burgueses que hoy se oponen públicamente a las ambiciones dictatoriales de Bolsonaro. Los movimientos sociales (MTST, MST, entre otros), las centrales sindicales y los sindicatos, los frentes nacionales de lucha (Pueblo Sin Miedo y Brasil Popular) y los partidos de izquierda (PT, PSOL, PCdoB, PCB, PSTU) deben reaccionar inmediatamente. Tendría una enorme importancia un llamamiento conjunto de Lula, Guilherme Boulos, Manuela d’Ávila, entre otros dirigentes públicos de la izquierda que pidiera una movilización democrática.

En un momento en que las libertades y los derechos fundamentales están seriamente amenazados, es hora de dejar las disputas electorales en un segundo plano. La prioridad es disputar la conciencia de los trabajadores y tener la fuerza social para luchar en las calles. Para ello, es urgente la construcción de un Frente Único de movimientos, sindicatos y organizaciones de izquierda.

Con unidad, coordinación e iniciativa, se puede construir un poderoso 8 y 14 de marzo contra Bolsonaro y por Marielle Franco y una fuerte manifestación en defensa de los derechos y libertades con maestros y funcionarios públicos el 18 de marzo. Al formar un Frente Único Nacional, con un comando central, es posible tener un día de luchas que culmine en una manifestación masiva en abril.

Es cierto que una parte de la población apoya al gobierno; pero hay otra parte, tan significativa como la primera, que se opone a Bolsonaro. Y esa parte está formada por una mayoría de mujeres, negros, jóvenes y los más pobres. Creamos en la capacidad de lucha de nuestro pueblo trabajador, que ha demostrado su valor en tantos momentos históricos. La huelga nacional de petroleros fue la prueba de que es posible resistir. ¡A luchar!

8/2/20

Hasta dónde se defienden los derechos soberanos


Los derechos de soberanía violados no cuentan para la burguesía, porque el mundo semicolonial constituye el terreno que provee de recursos a las potencias imperialistas. Las crisis económicas pusieron al descubierto el progresivo empobrecimiento de la población mundial bajo el sistema capitalista-imperialista, y en particular de los países dependientes o semicoloniales.  También ha quedado manifestado que creció el volumen de trabajadores que no tiene otra cosa que vender que su fuerza de trabajo, junto al grave deterioro de sus condiciones de vida. Es en este marco, del sistema imperialista mundial, donde en  forma continua se agreden los derechos nacionales conquistados durante los procesos de independencia, los últimos de estos se ganaron después de la Segunda Guerra Mundial, el período que liquidó el dominio colonial en el planeta.
 Los noventa marcaron un giro de 180 grados en la situación mundial y bajo nuevas condiciones en la relación de fuerzas de las clases, predominaron con creciente influencia las técnicas de manipulación de comunicación como instrumentos de campaña ideológica y política al servicio de los planes de las potencias imperialistas contra la clase obrera y sus procesos de independencia política y  organización sindical, que se perfeccionaron a medida que se aceleraron los planes de guerra e intervención militar, ocupación territorial, bloqueos económicos, endeudamiento financiero de las economías dependientes y de los países imperialistas más débiles, agudizado con el robo permanente de los recursos en las ex colonias o países semicoloniales, además del avance descomunal de la injerencia política y judicial en las decisiones soberanas de los pueblos.
Esta ofensiva imperialista, fue secundada por todo tipo de campañas donde la innovación tecnológica se convirtió en el instrumento privilegiado para la formación de una idea dominante: el triunfo de los derechos democráticos globales y de libertades económicas plenas, solo factibles en el marco de un único sistema económico para el planeta: el capitalismo-imperialista.
Cuando, en realidad, los capitalistas, o sea la oligarquía financiera y los grandes grupos económicos del mundo festejaban el aumento exponencial de sus ganancias —a costa de un proceso de concentración y monopolización sin precedentes en la historia—,  y de una mayor explotación y sobreexplotación de mano de obra logradas fundamentalmente por la restauración del capitalismo en la tercera parte de la humanidad. Para consagrar ese objetivo se usurparon las legítimas banderas de las masas y de la clase obrera: en sus luchas contra el colonialismo en África y el Oriente Medio primero, y en los procesos de revolución política contra la casta burocrática del Kremlin y de los aparatos burocráticos de Europa del Este y en la China popular.
 El ejemplo más impactante de manipulación informativa y de comunicación pública se produjo inmediatamente después de lograr la reunificación alemana. La presentación de un informe occidental falso sobre Serbia preparó las guerras de Bosnia (1992-1995) y Kosovo (1999), y muy pocos intelectuales, se podían contar con los dedos de una mano, como también de corrientes políticas de la izquierda revolucionaria y de ex líderes de partidos autoproclamados marxistas o de la izquierda parlamentaria, denunciaron la intervención directa de la OTAN en la guerra exterminadora de Yugoslavia. Después de esa guerra en el centro del continente europeo, donde Alemania intervenía militarmente por primera vez desde la derrota de Hitler, fuera de sus fronteras, se sucederían intervenciones militares en Oriente Medio, África y en las repúblicas de la ex Urss, en una combinación altamente contradictoria del proceso contrarrevolucionario y de guerra geoestratégica por los recursos. Mientras, se preparaba la otra campaña de tergiversaciones y mentiras con respecto a Irak que dio fundamento a la invasión militar imperialista en su territorio en 2003.

Una excepción a la regla

Con motivo del reciente galardón, el Nobel de literatura 2019, otorgado al escritor austríaco Peter Handke, se abrieron las viejas heridas. Porque Handke en su momento, fue uno de los pocos críticos de la agresión de la OTAN contra Yugoslavia, básicamente violatoria del derecho internacional. Defendida en su momento, como «necesaria y humanitaria» por el portavoz de la organización, Jamie Shea durante el mandato del secretario general Javier Solana quien además argumentaba que esa misión humanitaria estaba destinada a prevenir el «genocidio». El bombardeo contra Serbia, produjo más de 2.500 muertos y duró 11 semanas. Todo ocurrió en el continente europeo cuna de la civilización occidental, de los estados de bienestar mejor logrados bajo el capitalismo, y donde se suponía se inauguraba un período de paz y unidad europea, hoy en bancarrota.
En enero de 1999, el texto de Handke, «Justicia para Serbia» (Gerechtigkeit für Serbien) constituyó el escándalo literario del año en el ámbito germanoparlante. En Alemania fue llamado apologista de la guerra, en el marco de una campaña de desprestigio que encabezó Jü-rgen Habermas, que de forma habitual se lo define como el principal filósofo alemán vivo, seguido por Peter Schneider y otros que se sumaron a la lista de defensores de la OTAN:
«Salto en el camino del derecho internacional clásico de los estados hacia el derecho cosmopolita de una sociedad civil mundial», argumentaba Habermas y agregaba que ante la falta de una autoridad global, la OTAN debía actuar como «instrumento de un derecho superior».
 Algo similar también sucedió en Francia con «Carta de un viajero al presidente de la República», de Régis Debray, quien se atrevió a denunciar la agresión imperialista a Serbia.
El texto de Peter Handke se basaba en su viaje en 1995 por distintas regiones de Serbia. Su propósito fue contar la verdad sobre el país y el conflicto:
 «Cuando los criminales de la OTAN bombardean el país, mi lugar está en Serbia», dijo en un contexto dominado por las acusaciones en su contra. Handke volvió a Yugoslavia en 1999, cuando caían las bombas de la llamada guerra de Kosovo, y publicó «Preguntando entre lágrimas» (Unter Tränen fragend). Católico practicante, anunció que dejaba la “Iglesia” en protesta porque en su mensaje de Pascua, el papa no había condenado «el arrollador asalto de la OTAN contra un país pequeño». Mas tarde visitó a Slobodan Milošević en La Haya y escribió sobre él nuevos textos que se sumaron a sus incorrectos.
A Habermas en 2001 le dieron el premio de la paz de los libreros alemanes. A Handke se le nominó en 2006 para el premio Heinrich Heine pero el consejo municipal de Düsseldorf protestó por la «actitud proserbia del autor».
Este tipo de acusaciones resurgieron con motivo del Nobel de literatura, y se juntaron más de 12 mil firmas para pedir que se le retire el premio por ser admirador de Milosevic.
Mientras, se publicaron una seguidilla de opiniones lapidarias contra el escritor,
  «Nadie ha convertido en tanta pequeñez las masacres, la guerra y el sufrimiento en los Balcanes – tan expresivamente como Peter Handke–, para las víctimas, la decisión de Estocolmo tiene un mensaje demoledor», señalaba hace unos días el Frankfurter Allgemeine Zeitung.
  «Alemania estaba en guerra con Milosevic por muy buenas razones humanitarias, ¿no honramos ahora a los apologistas del dictador?», se pregunta en el Tagespiegel el embajador y lobbysta del complejo militar-industrial alemán Wolfgang Ischinger.
Este es el marco que da crédito a una nueva campaña imperialista, dirigida contra la soberanía de Venezuela, Nicaragua, Cuba, Bolivia, Ecuador, cubierta de maniobras y manipulación en la información, llena de tergiversaciones y acusaciones falsas. En el camino emprendido por la movilización de masas en la región se dejaron en evidencia las mentiras sobre los «ejemplos de desarrollo sustentable», que no existen bajo el capitalismo, como lo demostró el pueblo en su determinación de luchar por sus derechos y que se enfrentó en las calles contra el poder político-policial lacayo y al servicio del imperialismo, y contra el poder económico que lo secunda y respalda porque defiende su fuente de ganancias.
Las recientes movilizaciones de Chile, Ecuador, Colombia y Bolivia desafiaron las campañas imperialistas, y de un día para otro quedó en evidencia las lacras del capitalismo, la que deja sin futuro a los jóvenes, avanza con el trabajo esclavo, y abandona a los ancianos, buscando liquidar los sistemas de pensiones. 

El ataque que mató al militar iraní




En los primeros días de enero de 2020 un nuevo ataque de drones terminó con la vida de los principales jefes militares de Irán, en el aeropuerto de Irak, en Bagdad. En un inicio, la prensa imperialista se preocupó por las repercusiones en Oriente Medio, en un clima existente de caos social y militar. También por las consecuencias de los precios del petróleo en la economía mundial. Pero pocos denunciaron los «derechos internacionales violados», el ataque certero dirigido por vía satelital saltando fronteras y espacios aéreos soberanos, pareciera que no cuenta a la hora del análisis sobre las consecuencias del ataque. Pocas excepciones a la regla de la no denuncia a esta invasión a la soberanía y acto de guerra: la primera fue la del gobierno del Líbano, que consideró la operación estadounidense como «una violación de la soberanía de Irak y una escalada peligrosa contra Irán que podría aumentar la tensión en la región», además condenó el asesinato del general Q. Soleimani así como el de Abu Mahdi al Muhandis número dos de las Fuerzas de Movilización Popular (FMP) iraquíes en el ataque, país donde se perpetró el asesinato.

Tanto en Oriente Medio como en nuestra región, la mano asesina del imperialismo estadounidense respaldado por el resto de las potencias y los gobiernos burgueses de los países semicoloniales se extiende para socavar la construcción soberana de los pueblos y en particular del pueblo palestino.

Algunos datos sobre la importancia de este episodio


El asesinato de Soleimani, parece contar con importantes antecedentes y protagonistas según la prensa crítica de los Estados Unidos. El magnate Sheldon Adelson, una de las principales fortunas de los Estados Unidos, dueño de una cadena de casinos y hoteles en Las Vegas y uno de los principales contribuyentes en las campañas electorales del partido Republicano, es además lobbysta pro Israel. Ha donado importantes sumas destinadas a preservar el control de los republicanos en el Senado y para Trump en su carrera a la presidencia. Según la información, fue quien más presionó a Trump para designar a John Bolton al frente del Consejo de Seguridad Nacional, en la línea de empujar a los Estados Unidos a la guerra contra Irán. Aunque estas políticas de Estado no tienen solo una línea de decisiones, existe un entramado de intereses y lobbies, que en cada administración buscan la forma de fortalecer su poder e influencia.

Según la definición de Juan Cole, investigador e historiador estadounidense, especialista en Oriente Medio (de Informed Comment), John Bolton es un «criminal demente» empeñado en liquidar todos los acuerdos nucleares: desde el firmado en 1972 por Nixon y Breznev, siguió con el firmado por Clinton y los norcorenos, y terminó cuando EE. UU se retiró del acuerdo firmado por Obama con Irán en 2015. También dejó sin validez el acuerdo firmado sobre fuerzas nucleares intermedias (tácticas) INF firmado por Reagan y Gorbachov, y apunta a liquidar el firmado con Rusia (START) un acuerdo sobre armas nucleares estratégicas que debería renovarse en 2021.

Además considera que una guerra contra Irán, «serviría para cubrir el flanco oriental de la expansión israelí», que implica la anexión de Cisjordania, en la lenta pero segura limpieza étnica de los territorios palestinos ocupados. En línea con ese plan, en mayo de 2019 Trump reconoció a los Altos del Golán como territorio israelí contra todo derecho internacional. La web israelí Maariv Online anunció entonces el asalto táctico contra Irán.
Otro antecedente sobre este episodio criminal que en estos días inaugura el año 2020, lo constituyó la carta dirigida a Trump y firmada por 76 generales y embajadores retirados en la que se dijo que «la guerra con Irán ya sea consciente o por error de cálculo, tendrá repercusiones dramáticas en un Oriente Medio ya desestabilizado y arrastrará a Estados Unidos a otro conflicto armado con un inmenso coste financiero, humano y geopolítico».

Sea como sea, la voluntad de los halcones de la Casa Blanca por cambiar el régimen en Irán, no es una línea del gusto de muchos jefes militares de Estados Unidos, que, como los generales y embajadores retirados, auguran más caos como resultado. Su argumento es que los verdaderos adversarios no son países como Irán, cuya capacidad militar es escasa, sino Rusia y China, países que aprovecharon el caos de estos 18 años para modernizar sus fuerzas, con miras a «erosionar de forma significativa la ventaja americana en tecnología moderna», en palabras del entonces Secretario de Defensa, Jim Mattis, partidario de reorientar el esfuerzo hacia la competición entre grandes potencias en lugar de concentrarse en el llamado «terrorismo».



Según el analista Michael T. Klare, actualmente hay en Estados Unidos dos proyectos de guerra, el de Bolton y el de la Marina y los 750.000 millones de dólares del presupuesto previsto para el año que viene están comprometidos con el segundo proyecto. El Pentágono se inclina más hacia la doctrina enunciada en marzo por el actual secretario de defensa interino Patrick Shanahan. «Disuadir o derrotar la agresión de una gran potencia es un desafío fundamentalmente diferente que los conflictos regionales implicando a estados gamberros y organizaciones extremistas violentas que hemos afrontado en los últimos 25 años», dice Shanahan. De todo esto, Klare, deduce que habrá fuertes reticencias del Pentágono a la «guerra de Bolton», por considerar que distrae el esfuerzo del principal escenario: un pulso en el Mar de China Meridional, donde las tensiones ya revisten carácter semanal, el proyecto de la Marina.



El objetivo militar chino es convencer a los militares americanos que en un conflicto regional y limitado allá, las fuerzas aeronavales de Estados Unidos saldrían perdiendo y que por tanto es preferible no intentarlo. El de los americanos es destruir la capacidad china en los sistemas de armas conocidos como A2 / AD (Anti Access/Area Denial), la versión moderna de una muralla china de misiles y recursos electrónicos y espaciales para cegar al adversario, hundir sus barcos, derribar sus aviones e impedir su agresión.

El ataque que provocó la muerte del general iraní Qassem Soleimani, segundo en importancia en la jerarquía del poder de Irán, ya constituye un hecho de importancia trascendental para el futuro de la región y de la situación mundial. Además no debería constituir un hecho ajeno al interés de la clase obrera y de su vanguardia que lucha a diario por sus derechos, aunque estemos del otro lado del planeta.


Cumbre contra el Terrorismo en Bogotá

Como corolario de este episodio y de sus antecedentes, en los últimos días de enero se desarrolló la cumbre contra el llamado «terrorismo» designado así por los funcionarios del gobierno de los Estados Unidos.  Una cumbre que contó con la presencia de ministros y funcionarios de Relaciones exteriores delegados de veinte países de nuestra región, y como observadores a representantes de España, Israel y Venezuela. Fue invitado  Guaidó  que no representa ni a su familia pero que mantiene el título de «presidente encargado de Venezuela». Esta cumbre fue la tercera sobre el tema del «terrorismo», la primera se llevó a cabo en Washington en 2018, y en esta última, los delegados de los gobiernos americanos avalaron con su presencia la política asesina del amo del Norte que dentro de la lógica imperialista el ataque que mató a Soleimani estaría justificado en su lucha contra el terrorismo, también avalaron al payaso de Guaidó que dice ser jefe de la Asamblea Nacional venezolana, y fundamentalmente al «criminal demente» Mike Pompeo quien vinculó —en su empeño de avanzar contra el régimen chavista—, a la organización de Hezbollah con el gobierno de Maduro:

El régimen de Irán, con su brazo armado Hezbollah, está en Venezuela y eso no es aceptable.

Para agregar que también la lucha contra Venezuela, es una lucha por la «democracia»,

el mundo debe seguir apoyado los esfuerzos del pueblo venezolano de volver a la democracia y de acabar con la tiranía de Maduro,

Desde el otro lado del Atlántico, Benjamin Netanyahu, en el Foro Mundial del Holocausto, reforzó la campaña de guerra e invasión estadounidense,

Hoy Irán es el régimen más antisemita del mundo.

Entre los eventos de la cumbre realizada en Bogotá, hubo reuniones de expertos en el tema para discutir estrategias de prevención y obligaciones de los Estados. Duque el presidente anfitrión destacó la coordinación entre países para enfrentar «este flagelo global». El gobierno de Trump selló de esta forma el apoyo de los gobiernos de los países del continente a su cruzada asesina que terminó con la vida de Soleimani, en una escalada guerrerista contra Venezuela e Irán.

Deberíamos debatir la posibilidad de impulsar una campaña antimperialista en todo el continente, para rechazar la ofensiva yanqui:

No más golpes militares financiados por los Estados Unidos en nuestro continente,
como el que se perpetró en Bolivia contra el gobierno de Evo Morales

Solidaridad con el pueblo palestino víctima del Estado genocida de Israel

Defensa de la soberanía de Venezuela, Nicaragua y Cuba, rechacemos el bloqueo económico y la injerencia política, judicial y amenaza militar dirigida contra esos países
Apoyo a la campaña de Lula libre en Brasil, para que en el futuro otra maniobra judicial no lo vuelva a encarcelar.

Rechazo a la acusación de los Estados Unidos y de Israel contra la organización Hezbollah por los atentados terroristas en Argentina. La responsabilidad del ataque de 1994 a la AMIA se le adjudicó a Irán, con pruebas dudosas, basadas en informes de los servicios de inteligencia y testimonios de opositores políticos a Teherán. Los los ataques terroristas contra la embajada de Israel en 1992 y contra la sede de la AMIA en 1994 en la Argentina, todavía no encontró responsables, la justicia argentina terminó en un pantano legal y político que le quitó las chances de esclarecimiento después de más de veinte años de los trágicos sucesos.

Rechazo a la violación de la soberanía del territorio irakí, por parte de Estados Unidos, para perpetrar la acción criminal que terminó con la vida del general iraní y otros funcionarios de los gobiernos de Irán e Irak.

Viva la lucha de los pueblos chileno, ecuatoriano y colombiano movilizados contra los gobiernos de Piñera, Lenin Moreno y Duque, lacayos del imperialismo norteamericano, responsables de la represión policial  indiscriminada contra las manifestaciones, de los asesinatos de líderes sociales y de la implementación de planes económicos que solo empobrecen a la mayoría de la población y aumentan el régimen de explotación de los trabajadores.