16/2/21

La guerra comercial y geopolítica por las vacunas en este mundo capitalista-imperialista

 


Las vacunas contra el Covid-19 constituyen la principal arma que dispone la Humanidad para derrotar esta peste.

No deben ser mercancías para hacer negocios rentables ni instrumentos para disputar áreas de influencia económica y política de las potencias.

Deben ser un recurso mundial para garantizar una vacunación gratuita universal

William Andrade y Aura Forero

A comienzos de diciembre del año pasado dijimos lo siguiente:

Ahora mismo estamos en medio de una guerra mundial de las vacunas por el Covid-19, en la que compiten principalmente las farmacéuticas británicas, estadounidenses, alemanas, chinas y rusas. … La guerra consiste no sólo en quién produce primero la vacuna sino, sobre todo, en cuántos contratos internacionales logra para asegurar las innumerables ganancias que representa la venta de una mercancía que se cuenta por millones de dosis y que se pagan –como dicen popularmente– en rama, pues son los estados los encargados de comprarlas. La otra cara de esto es cuántos países no podrán comprar los millones de dosis necesarios para frenar el avance del virus o en cuánto tendrán que endeudarse para lograrlo, cuánto se embolsillarán los intermediarios privados en cada país y cómo se hará la distribución, donde muy seguramente habrá que pagar por una dosis a la que tendríamos que poder acceder sin pagar un peso. (Perspectiva Marxista Internacional -PMI- No 17, p. 20).

   Cuando no podíamos imaginar un desastre mayor al de la pandemia del Covid-19, de nuevo toda la podredumbre del sistema capitalista-imperialista mundial recae sobre las masas trabajadoras y pobres del mundo, esta vez debido a la extorsión a la que los pulpos farmacéuticos someten a los países de todo el mundo con el negocio de las vacunas. El chantaje y la extorsión provocan peleas entre los gobiernos imperialistas de la Unión Europea y sus bestias mimadas, las gigantes farmacéuticas; pero, sin duda, lo peor es lo que están haciéndole a los países atrasados de todos los continentes, ambos, farmacéuticas y estados imperialistas: es imperialismo puro y duro, de ese que no se puede ocultar con monsergas altruistas y humanitarias. 

   Si la humanidad ha tenido que pagar -literalmente caro- el que tanto los servicios médicos como las medicinas sean mercancías, cosa monstruosamente evidenciada con esta pandemia, hoy su suerte no podía ser más miserable con la guerra de las vacunas, gracias a la cual los grandes monopolios farmacéuticos se apropiaron los logros colectivos de la comunidad científica mundial financiados por los estados -con los impuestos de los ciudadanos- y están dedicados a capitalizar sus beneficios a cuenta de las penurias de los más pobres y desvalidos (1).  Así, lo que debía ser una gran campaña mundial de salud pública, universal y gratuita, se ha convertido en una guerra de rapiña por inflar los bolsillos de los monopolios farmacéuticos; y en una carrera loca entre las grandes potencias imperialistas por acaparar la inmensa mayoría de las vacunas, mientras que los países pobres luchan por acceder a las dosis que pueden, aceptando los contratos extorsivos impuestas por sus voraces vendedores.

   Con el agravante de que esta nueva muestra de barbarie e irracionalidad a la que nos arroja el sistema capitalista-imperialista mundial, que no se basa en la solidaridad internacional, puede traer trágicas repercusiones pues, tan importante es vacunar a la mayoría de la población de un país como lo es vacunar a la mayoría de la población mundial, dado que se trata de una enfermedad mundial, el hecho de sabotear la vacunación mundial puede llevar a que se retrase mucho el proceso de inmunidad de rebaño, a que la pandemia se prolongue mucho más tiempo -con sus secuela de muerte y destrucción- y a que sigan apareciendo mutaciones cada vez más peligrosas y resistentes a las vacunas existentes.

Un “fracaso moral” que evidencia el carácter cada vez más parasitario del capitalismo y sus signos de descomposición y barbarie

    Es por eso que hasta un burócrata -sirviente reconocido de la industria farmacéutica y de los estados imperialistas- como Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS se ha visto obligado a decir que: “Debo ser franco: el mundo está al borde de un fracaso moral catastrófico, y el precio de este fracaso se pagará con las vidas y el sustento de los países más pobres”. Y “que no es justo que gente sana y joven en naciones ricas acceda a la vacuna antes que grupos vulnerables en países más pobres (2).  (Los resaltados son de la BBC). Se refiere a que está teniendo lugar un acaparamiento escandaloso de las vacunas por parte de los países industrializados. En el mismo artículo de la BBC se mencionan las denuncias de la Alianza Vacuna del Pueblo (que incluye a Amnistía Internacional, Oxfam y Justicia Global) quien alerta que: “las personas de países pobres se quedarían atrás (…) cerca de 70 países de bajos ingresos tan solo podrían vacunar a una de cada 10 personas”.

   Estas mismas organizaciones denuncian que Canadá ha contratado el equivalente a 9.5 veces su población en dosis de vacunas, EEUU el equivalente a 3 veces, Reino Unido 5,3 veces y que la Unión Europea encargó 2,3 mil millones de dosis para sus 450 millones de habitantes, África entera reservó 870 millones de vacunas para una población de 1,3 mil millones de habitantes. En efecto, la igualdad ante la vacuna es un fracaso moral absoluto. A medida que corren los días de este nuevo año de pesadilla, en el que la segunda ola está causando estragos en todo el mundo, incluyendo la emergencia de nuevas variantes del virus que son mucho más contagiosas, quedan más al desnudo los intereses en juego. Los grandes productores de vacunas, antes que nada, hacen su negocio; las potencias imperialistas y los organismos creados bajo su auspicio como la OMS, se muestran incapaces de generar un verdadero plan y una verdadera campaña mundial de vacunación, porque quedan rehenes en la defensa de una supuesta “libertad de mercado” (3). 

La dictadura del capital: los oligopolios farmacéuticos 

   En la base de toda esta podredumbre están en primer lugar los oligopolios de la industria farmacéutica, con su voracidad capitalista, sus políticas de precios y sistemas de investigación, comercialización y rentabilidad, impuestas gracias al poder que ejercen sobre los estados. Unas cuantas empresas oligopólicas dominan el mercado mundial, y son denunciados por asociaciones médicas y ciudadanas de todo el mundo, pues gracias a ellas, millones de personas en los países más pobres no pueden acceder a medicamentos indispensables, e incluso en los propios países imperialistas decenas de miles de trabajadores que padecen enfermedades crónicas no pueden tratarse porque no tienen posibilidad de pagar esos altos precios. Pero lo que pasa con los individuos ocurre también con los escasos sistemas públicos de salud que han sobrevivido a su privatización, los cuales viven quebrados, no sólo por los exiguos presupuestos de los gobiernos sino también porque deben pagar exorbitantes precios en particular en las enfermedades crónicas: los retrovirales que se usan para combatir el VIH, los tratamientos para el cáncer, contra la hepatitis C, etc., así como la generación de nuevos medicamentos para curar las mismas enfermedades es, en la inmensa mayoría de los casos, una estafa, pues su único fin es incrementar los precios sin producir ninguna mejora significativa.

   Quizá la denuncia más sonada es la “de la corrupción”, que atraviesa todos los niveles del negocio, pero que en realidad es la utilización de los mecanismos usuales para “ganar el mercado”: desde el soborno a los médicos no sólo para que prescriban sus medicamentos sino también para que creen nuevas categorías de diagnóstico que aseguren público para sus “innovaciones” médicas; siguiendo con el lobby a los hospitales y clínicas, que les facilitan sus estudios clínicos, validan sus “hallazgos” y promueven la venta de sus productos, siguiendo con el gran negocio de la financiación de las entidades de control médico y sanitarios -como la FDA de EEUU y la Agencia Europea de Evaluación de Medicamentos-, hasta llegar al circuito mundial de los países a través de su influencia en la Organización mundial de la salud -OMS-, que aseguran su acceso a los mercados nacionales y globales.

   Aparte del descarado proteccionismo de países como EEUU y los de la Unión Europea, el que sobresale en todos los tratados de comercio internacional, lo que asegura el reinado despótico y usurero de las farmacéuticas en todo el mundo es el régimen de patentes.

(…) Las patentes generalmente son otorgadas por 20 años, pero entre 10 y 12 de ellos se gastan en desarrollar la droga a costos de entre US$1.500 millones y US$2.500 millones.

Esto deja entre ocho y diez años para hacer dinero antes de que la fórmula pueda ser utilizada por compañías de medicinas genéricas, que las venden por una fracción del precio. Claramente, un éxito de ventas puede recuperar en unos meses los costos de desarrollo…. las firmas farmacéuticas hacen esfuerzos extraordinarios para extender la duración de sus patentes, con "pisos completos de abogados" dedicados a este propósito, cuenta un ejecutivo de la industria (4).  

   La industria farmacéutica es oligopólica, es decir que está constituida por pocos pero inmensos conglomerados de producción de medicamentos que abarcan distintas ramas (obtención de materia prima, laboratorios, investigación, etc.) operan prácticamente en todos los países del mundo, determinan los precios, calidad y cantidad del producto, cotizan en las bolsas, y esta concentración de intereses, restringe la competencia y aumenta la capacidad de presión a los gobiernos de las potencias imperialistas. 

   Según un artículo de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública de España, publicado en 2017, el mercado farmacéutico supera las ganancias por ventas de armas o las telecomunicaciones y, por cada dólar invertido en fabricar un medicamento se obtienen mil de ganancia. Los márgenes de ganancias de estas industrias alcanzando entre el 70 y el 90%, con una tasa de ganancias del 20%, superando ampliamente el 15,8% de los bancos comerciales. El sector farmacéutico se encuentra en continuo crecimiento y se caracteriza por una competencia oligopólica en la que 25 empresas controlan cerca del 50% del mercado mundial. La capacidad competitiva se basa en la investigación y desarrollo (I +D), en la apropiación de las ganancias mediante el sistema de patentes y en el control de las cadenas de comercialización de los medicamentos:

El principal argumento para mantener las patentes de los medicamentos está en los gastos por investigar nuevos medicamentos, sin embargo, la mayor parte del coste de la investigación de un nuevo fármaco no recae sobre la industria ya que los gobiernos y los consumidores financian el 84% de la investigación, mientras que solo el 12% correspondería a los laboratorios farmacéuticos. (…) Esta situación de monopolio explica los elevadísimos costes que pretenden poner a los nuevos medicamentos, que no se justifican ni por sus costes de producción ni por las inversiones realizadas en la investigación. 

Las farmacéuticas son importantes jugadores en el casino de la especulación financiera. Sus cotizaciones de Bolsa comenzaron a subir apenas anunciaron sus avances en la eficacia de sus vacunas contra el Covid-19 -aun cuando no ofrecían todavía pruebas científicas- a finales de 2020, y comenzó un movimiento de venta de acciones por parte de sus altos ejecutivos, quienes se llenaron los bolsillos en pocos días. Y son estos nobles y altruistas caballeros los encargados de la producción y la distribución mundial de las vacunas contra el Covid-19. 

El secretismo de los contratos leoninos de las vacunas contra el Covid-19

   La humanidad, en especial los más pobres y vulnerables, están en manos de estos voraces vampiros, de allí que sea noticia en los diarios de todo el mundo el escándalo del despótico secretismo que rodea los contratos de compra y venta de las vacunas. Muchos gobiernos, tanto de países semicoloniales como de la mismísima Unión Europea, han declarado que no pueden hacer públicos los términos de estos negocios so pena de que estos se rompan, pues están atados de pies y manos por cláusulas de confidencialidad, de allí que no exista ninguna posibilidad de ejercer ningún tipo de control social sobre estos acuerdos, y no se sepa nada sobre los precios de las vacunas como tampoco sobre las condiciones de entrega de las mismas.

   El otro gran secreto es el de los términos concretos de las llamadas cláusulas de responsabilidad, en las que se estipulan límites a la responsabilidad de los laboratorios en el caso de posibles efectos adversos de los medicamentos y se indica que si hay diferencias no las resolverán los tribunales nacionales, sino unas cortes especiales de arbitraje internacional. 

   Y otro elemento clave del debate son los derechos de propiedad intelectual. Al respecto, un experto en salud pública dijo: “Están defendiendo su patente para evitar que otros la fabriquen en la India y se las vendan a menor coste a los países pobres”.  (BBC Mundo, “Vacunas contra el coronavirus: a qué se debe el secretismo que rodea los contratos entre los gobiernos y las farmacéuticas”, Guillermo D. Olmo, enero 28 de 2021).

(…) Todos plantean que el monopolio que ejercen los laboratorios sobre la propiedad intelectual de las patentes se suspenda durante la fase de la pandemia. Los laboratorios rehúsan suspender temporalmente las patentes con el argumento de que fue la propiedad intelectual la que potenció las investigaciones y, por consiguiente, el descubrimiento de la vacuna contra la covid-19. El argumento es falso. Como lo recuerda Médicos sin Fronteras “en realidad, han sido los recursos estatales y la financiación filantrópica los principales impulsores de los esfuerzos de investigación sin precedentes” (6) (Rebelión, Eduardo Febbro, enero 1 de 2021).

El servilismo de los gobiernos lacayos 




   La otra cara de esta relación imperialista es la actitud servil de gobiernos como el de Duque en Colombia. Duque ha sido fuertemente criticado por declarar que no puede hacer públicos los términos de los contratos que su gobierno ha firmado con las grandes farmacéuticas, como que tampoco podía entregar un cronograma claro sobre la distribución de las vacunas, porque si lo hiciera se expondría a la ruptura unilateral del contrato por violar las cláusulas de confidencialidad. Como cosa rara Duque dice la verdad, pues estas son las condiciones que los oligopolios han impuesto a los países de todo el mundo. Sin embargo, gobiernos como el peruano se negaron a firmar contrato alguno con estas transnacionales por considerar que dichas cláusulas -tanto de confidencialidad como de responsabilidad- eran incompatibles con su constitución.

Pero las críticas no cesan, pues su gestión de la pandemia cada vez se revela con más claridad como un verdadero desastre, pues a diario crecen todos los indicadores negativos, no obstante, lo que ha hecho para conseguir la anhelada vacuna evidencia no sólo una gran ineptitud -las vacunaciones no empezaron todavía mientras que en países más pequeños y pobres como Costa Rica o Ecuador ya lo hicieron- sino, ante todo, una muestra espeluznante de servilismo.

   Duque se centró en las gestiones dentro del llamado Esquema Covax,  el cual incluía desde el inicio la negociación paralela con las farmacéuticas, pero nunca consideró siquiera explorar posibilidades con Rusia o China, al contrario, sus agentes hicieron -bajo las órdenes de Trump- campaña negativa y mendaz contra la vacuna rusa, aceptó sin chistar los términos de las farmacéuticas imperialistas Pfizer (EEUU)-BioNTech (Alemania)) y Moderna (EEUU), Gran Bretaña y Suecia con la vacuna AstraZeneca/Oxford y la de Johnson y Johnson (a último momento ha tenido que morderse la lengua y empezar a negociar con Rusia y China ante los incumplimientos y retrasos de sus “socios”); pero no sólo eso, en la OMC cuando países como Sudáfrica y Chile alzaron la voz en contra del régimen de patentes o cuando el mismo Sudáfrica y Costa Rica exigieron una rebaja general de precios para los países pobres, los representantes de Colombia guardaron silencio. 

   Mientras que países como Argentina, México y Brasil (por iniciativa de los gobernadores de los estados y no de Bolsonaro) se abrieron a todas las posibilidades, contrataron sin reparos las vacunas rusas y chinas, dentro de cuyos contratos se incluye realizar una parte de la producción en su propio suelo, y hasta están empeñados en fabricar sus propias vacunas. Con todo, cada vez se escuchan más voces que abogan, al menos en América Latina, por una estrategia de negociación colectiva, por un bloque continental para oponer resistencia a los pulpos farmacéuticos y conseguir precios favorables para todos sus países. El problema es que esto que suena a todas luces coherente y viable supone un giro en la política internacional, algo que recuerda las iniciativas de integración latinoamericana de Chávez contra el imperialismo.

¿Qué expresa el conflicto entre la Unión Europea y algunas farmacéuticas?

   En medio de todo ha sorprendido al mundo un conflicto que promete despejar algunas de las más turbias jugadas de las farmacéuticas. La farmacéutica anglo-sueca AstraZeneca ha incumplido su acuerdo con la Unión Europea, lo que ha provocado un estallido de ira de los gobernantes, amenazas de demandas y hasta insinuaciones sobre controlar la salida de vacunas del continente. Todo un escenario de guerra, detrás del cual encontramos el desastre sanitario, social y económico que está catalizando cada vez más crisis políticas, pues todos los gobiernos son cuestionados por la lentitud, el retraso en los procesos de vacunación y el creciente número de contagiados y de muertos (5).  (BBC Mundo, “Vacuna de AstraZeneca: 6 claves de la tensa disputa de la farmacéutica con la Unión Europea por la falta de dosis ‘prometidas’”, Redacción, enero 28 de 2021).

   Según confirmó una fuente anónima a la agencia Reuters, la UE obtendría un 60% menos de dosis que las prometidas para enero-marzo de 2021. La Agencia Efe lo sitúa en el 25%. La UE firmó un acuerdo con AstraZeneca en agosto por la compra de 300 millones de dosis, con la opción de comprar 100 millones más. Bruselas esperaba que, en cuanto se aprobara la vacuna de AstraZeneca, se pudiera empezar con la vacunación, con unos 80 millones de dosis para marzo. La farmacéutica justificó lo ocurrido con problemas de rendimiento en plantas de Europa.

   Bruselas ha pedido a AstraZeneca que permita que se haga público ese contrato confidencial para demostrar que la farmacéutica debía producir una cantidad precisa de dosis para la UE “incluso antes de obtener la autorización” de la Agencia Europea del Medicamento (EMA), pero la farmacéutica ha dicho que en el contrato ella se comprometió a “hacer su mejor esfuerzo”. Para los representantes de la UE ha habido respuestas confusas y hasta contradictorias de parte del laboratorio, pero después ha trascendido algo aún más problemático. La farmacéutica ha advertido que el problema es el nivel de productividad de sus plantas ubicadas en el continente -en Bélgica y en Países Bajos-, mientras que la planta central ubicada en Inglaterra funciona bien y que Inglaterra tiene la prioridad por haber firmado antes, lo que ha provocado respuestas airadas de parte de la UE: “El principio de que quien primero llega, primero se lo queda, puede servir para la carnicería de barrio, pero no en un contrato”.

   A lo que la farmacéutica ha ripostado: “Europa se va a llevar el 17% de la producción global en febrero, a pesar de que supone el 5% de la población mundial”. Por si esto fuera poco, el gobierno inglés con su consabido buen tino agregó: “(…) las vacunas que saliesen de la cadena de suministro de Reino Unido tendrían que ir primero a Reino Unido (...) Esta vacuna fue desarrollada por el gobierno británico, [la Universidad de] Oxford, y nosotros. En cuanto podamos, ayudaremos a la UE”. Mientras que funcionarios de la UE subrayan que el dinero europeo se destinó para mejorar las plantas en Reino Unido y que esperaban completamente que estuvieran operativas para ellos… 

   Para algunos este no es más que otro episodio de la llamada “diplomacia de la probeta”, para otros se trata en realidad de lo que el director de la OMS denomina el “nacionalismo vacunal”, pero también evidencia la terrible desproporción del poder que los oligopolios farmacéuticos ostentan, al punto de chocar, no sólo ya contra los intereses y necesidades de países enteros y de la humanidad pobre, sino incluso con los de sus mentores los poderosos estados imperialistas.

El estruendoso fracaso de los gobiernos imperialistas, la OMS y la ONU

   La guerra decisiva es la que toda la humanidad libra contra la pandemia del COVID-19, pero toda guerra necesita de una dirección y ese es justamente el gran problema. La humanidad no cuenta con una verdadera dirección para ganar esta guerra mundial, no tiene un Estado mayor. Los oligopolios farmacéuticos hacen negocios, no hacen caridad, y los hacen a costa de la salud, y las vacunas constituyen su mercancía estrella no un arma pública a disposición para derrotar la pandemia. Los países imperialistas y sus gobiernos de turno, no están dispuestos a meterlos en cintura. Pero cómo van a hacerlo si fueron todos ellos los que promovieron la privatización de los sistemas de salud pública en todo el mundo, precisamente para convertir la salud en el gigantesco negocio que es hoy y entregárselo a esos pulpos. 

   Ha sido gracias a esa destrucción de los sistemas de sanidad pública y al correlativo retroceso en la investigación científica y el desarrollo tecnológico con fines sociales y público,  que, no obstante todas las aterradoras señales, fueron incapaces de prever esta pandemia y una vez inmersos en ella fueron aún más incapaces de tomar verdaderas medidas preventivas para impedir que se propagara, y luego, cuando se propagó, estos mismos gobiernos -unos más desastroso que otros, como Bolsonaro y Trump- quienes permitieron que la combinación de pandemia y crisis económica acentuara aún más todas las desigualdades sociales y que los padecimientos de los más pobres y vulnerables se incrementaran despiadadamente en todas las sociedades, golpeando con más rudeza a los países atrasados y a los inmigrantes en los países imperialistas, a los negros, los latinos y los trabajadores en EEUU.

    Por eso, aún en los mismos países imperialistas, el desastre sanitario, económico y social se profundiza, a pesar de que ahora ya se tiene la vacuna. Al comienzo se dijo que el gran problema era no contar con vacuna, pero ahora que las hay son evidentes las limitaciones en su fabricación y distribución, así como la improvisación y la mediocridad, la ausencia de verdaderos planes nacionales de vacunación rápidos y efectivos, y, a escala mundial, el fracaso no podía ser más evidente: la OMS y toda la ONU no pasan de ser una patética comparsa de los intereses de las grandes farmacéuticas y de los estados imperialistas más poderosos. El famoso mecanismo COVAX para la vacunación mundial ni siquiera va poder cumplir sus propias metas,  las cuales ya eran de por sí ridículas en comparación con la magnitud de la tarea de vacunación mundial. Entonces, no sólo no pudieron evitar la pandemia, sino que tampoco les alcanzó todo un año para diseñar un plan mundial de producción y distribución de las vacunas.

Por una salida internacionalista, soberana y democrática a la crisis de las vacunas

   El máximo responsable de la OMS consideró que la estrategia del “yo, primero” será contraproducente ya que hará que suban los precios y llevará a la acumulación de vacunas.

   “Al final, estas acciones tan solo prolongarán la pandemia, las restricciones necesarias para contenerla y el sufrimiento humano y económico”, añadió. 

   La exigencia de declarar a la vacuna contra el Covid-19 como un bien o un derecho humano universal, y la consecuente exigencia del acceso universal y gratuito a las vacunas en todo el mundo, no es el reclamo de ninguna dádiva, tampoco se trata de una aspiración utópica y humanitarista. Es la única salida racional y democrática a la actual crisis, para conseguirlo es preciso romper el régimen de las patentes, cuyo único sentido es proteger la propiedad privada y las ganancias de las transnacionales farmacéuticas y sus estados imperialistas. Los trabajadores y los pobres de todo el mundo debemos exigir a nuestros gobiernos no sólo la tarea de conseguir las vacunas, debemos exigir que asuman una actitud soberana ante las imposiciones de los buitres farmacéuticos y que levanten una política unitaria e internacionalista con los otros países semicoloniales, empezando por los de cada continente, para imponer una campaña de vacunación mundial igualitaria y gratuita.

Deben no sólo liberarse todas las patentes sino montarse cadenas de producción y distribución en todos los continentes, con estaciones o nodos en los países más avanzados de cada uno de ellos, elaborándose un plan coordinado para que se produzcan las cantidades necesarias en los tiempos oportunos para lograr las metas de la OMS de vacunar al 70% de toda la población mundial, lo mismo debe hacerse con la logística para las tareas de vacunación, en la que deben cooperar todos los países. Para hacer estas tareas se debe contratar y capacitar personal -sobran desempleados en todo el mundo-, destinar edificios públicos, todo lo necesario para enfrentar esta emergencia.

   Todas las organizaciones y personalidades del mundo -y en cada país- que se reclamen demócratas y no racistas deben abogar por una gran campaña mundial en favor de estas reivindicaciones. Los trabajadores y las organizaciones sindicales y políticas democráticas y de izquierda de los países imperialistas deben presionar a sus gobiernos para que dejen de acaparar las vacunas y de sabotear el plan mundial de vacunación, y para que se cumpla a escala mundial el mismo criterio acordado para cada país: que primero se vacune al personal médico y sanitario y a los más vulnerables.


(1) Para mediados de diciembre, según la empresa de datos científicos Airfinity, en total los gobiernos   habían proporcionado US$8.600 millones, las organizaciones sin fines de lucro han otorgado casi US$1.900 millones y las empresas solamente habrían invertido US$3.400 millones de sus propios recursos: apenas el 25% del total de los fondos.

(2) https://www.bbc.com/mundo/noticias-55712748

(3) En este momento, hay 3 variantes del virus que han causado preocupación mundial debido a que sus mutaciones genéticas resultan en mayores ventajas biológicas para el virus: la británica, la sudafricana y la brasilera.  Las mutaciones de las 3 son análogas -es decir que, si bien no afectan exactamente los mismo genes, resultan en cambios biológicos similares- pues modifican características de la proteína de espiga, la parte del virus que entra en contacto con las células humanas y que es la responsable de la infección: … que se puede transmitir y contagiar más fácilmente.  Además, se ha observado que hay un alto riesgo de reinfección dado que dichas variantes no son reconocidas por o evaden los anticuerpos que atacan a la “versión original del virus”. Para finales de enero, la variante británica ya se había reportado en 50 países, la sudafricana en 20 y la brasilera en 7. (https://www.semana.com/coronavirus/articulo/cientificos-sudafricanos-que-detectaron-la-nueva-variante-de-covid-19-comparten-sus-hallazgos/202126/ y https://www.bbc.com/mundo/noticias-55689478).

(4) Una estrategia que incrementó el poder político y económico de las grandes compañías farmacéuticas estadounidenses fue la ley de extensión de patentes (Ley Hatch-Waxman) aprobada por Reagan en 1984, (hasta esa fecha la política de patentes no afectaba a los medicamentos por considerarlos un bien necesario). Esta medida se extendió posteriormente al resto del mundo gracias a la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1994, que vela por que la globalización no afecte a los intereses del gran capital multinacional. Ahora el 60% de las patentes de medicamentos son de EE.UU., frente al 20% de la Unión Europea. Gracias a esto EE.UU. domina el mercado de los 50 medicamentos más vendidos. 
https://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2014/11/141106_economia_farmaceuticas_industria_ch

(5) https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-55804567

(6) La historia de las epidemias muestra que no sería la primera vez. Ya sucedió con la poliomielitis y la viruela, enfermedades erradicadas mucho antes en los países más avanzados. O con el VIH, que todavía diezma a muchas poblaciones africanas cuando los pacientes en el llamado primer mundo han visto prolongada significativamente su esperanza de vida gracias al desarrollo de los tratamientos antirretrovirales:
 https://rebelion.org/las-tres-guerras-de-la-vacuna-contra-el-coronavirus/











4/1/21

Legalización del aborto en la Argentina

UN TRIUNFO HISTÓRICO de la mano de las pibas, mujeres, estudiantes y trabajadoras


   Horas antes de finalizar el año 2020, el año de la pandemia —donde se sumaron calamidades a la vida de la mayoría trabajadora—, se alcanzó un triunfo histórico con la legalización del aborto en la Argentina.

   Un triunfo producto de la lucha de las mujeres, que encendió la llama en América Latina y el Caribe, y que reivindica a sus víctimas de la violencia social y estatal desatada contra la explotación laboral y la opresión en todas sus formas.

   Esta generación de mujeres conquistó una movilización de masas, unitaria, perseverante, donde no se bajaron los brazos. Nacida de la proliferación de los abusos, maltratos y femicidios, el «ni una menos» marcó el camino, y las más jóvenes tomaron en sus manos la responsabilidad de afrontar un tremendo desafío.

   Las «pibas» dieron una importante lección. Hicieron gala de entusiasmo y abnegación. Subieron el tono y el nivel de argumentación en el debate, al calor del estado asambleario creado en las escuelas, en las universidades, en los trabajos, en las reuniones de amigas, en la calle, en los medios de transporte, en las plazas. Se fueron puliendo las ideas, con las herramientas de la ciencia, de la salud pública, de los derechos sin conquistar, de la lucha política y de su historia, y por fin, en un amplio abanico de sectores sociales, prevalecieron los derechos de las más vulnerables, las más pobres. Porque son ellas las que más sufren las injusticias de este sistema, arriesgan su vida, también cuando necesitan terminar con embarazos no deseados.

El último grito de guerra de ese amanecer teñido de verde frente a las puertas del Congreso fue «vamos por más»

   No es poca cosa el enemigo que debieron enfrentar. El régimen tiene cultura propia, y no solo se apoya en las fuerzas armadas o en la policía, que siempre usa como último recurso para ejercer su dominación. Existen un gran número de centinelas, que no usan uniforme ni armas, para salvaguardar los privilegios, la propiedad privada, la codicia, y fundamentalmente el sistema de explotación laboral, base de todas las injusticias. Entre todos se destaca la iglesia, erigida como el poder moral supremo. Un poder medieval que en la Argentina descansó durante décadas, entre los almohadones brindados por la oligarquía clerical propietaria de la tierra, de las vacas y de la producción cerealera, y por la casta militar que llegó al poder por los golpes de Estado. 

   Ni tampoco fueron pocos los ejemplos de luchadores, entre los trabajadores, los combatientes, las protagonistas de otras oleadas feministas, las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, los estudiantes, y en relación a ellos los nuevos protagonistas, que hoy se agrupan en los movimientos sociales.

   Las pibas, las más jóvenes y las más pobres, abusadas y obligadas a cursar un embarazo a los once años. Niñas que no cuentan con recursos ni siquiera para estudiar, que en los partos arriesgan su vida, pero también en los abortos clandestinos, que crecen en un país donde el analfabetismo resurge, los servicios de salud pública son tremendamente deficitarios, el número de desocupados y de pobres aumenta a un ritmo de catástrofe, el grito de estas pibas convoca a todos los explotados de Argentina y de América Latina: ¡Vamos por más!


5/12/20

Las elecciones en Estados Unidos. El país donde la democracia tiene precio… y vale millones de dólares


   
Las elecciones presidenciales en la potencia líder de la «democracia» capitalista no escapan a la crisis sanitaria, económica, ambiental, humanitaria y político-institucional en pleno desarrollo, agudizada a niveles inéditos por la pandemia del Covid-19.

   Los casi 12 millones de desocupados, los 54 millones de personas que sufren desnutrición y las 35 millones de familias que corren riesgo de ser desahuciadas cuando el 31 de diciembre finalice la moratoria de desalojos decretada por el Ministerio de Sanidad y Servicios Humanos, señalan la oscuridad del túnel por donde marcha el conjunto de la humanidad, y en particular los asalariados, puesto que estas cifras alarmantes pertenecen al país más rico y poderoso del mundo bajo el capitalismo imperialista.

   La Casa Blanca, en estos días epicentro de todas las expectativas por el resultado electoral, también lo es por la pandemia. Casi 200 personas han tenido que ser aisladas por estar en contacto con el virus, entre funcionarios y trabajadores; al menos 130 miembros del Servicio Secreto (de la seguridad de Trump y de la Casa Blanca) han dado positivo o han sido aislados, y el virus también se infiltró entre los miembros del Comité Nacional Republicano.

   A pocos días de finalizada la elección presidencial, la pandemia está fuera de control por el aumento de contagios, y la incertidumbre política por la disputa sobre el resultado electoral presagian un invierno aún más difícil a este inicio horriblemente calamitoso.

   Una situación donde también se cuentan los recientes incendios forestales tremendamente destructivos sufridos por varios estados de la costa oeste y los huracanes cada vez más catastróficos en los estados aledaños al golfo de México y al océano Atlántico, fenómenos agravados debido al cambio climático y que suman penurias a gran parte de la población.

   En este contexto, el desafío del futuro presidente demócrata Joe Biden no parece nada fácil, y Donald Trump pretende complicarlo aún más: no reconoce su derrota y abrió la pelea legal por el recuento. Además, en estos días cruciales de transición, aunque Trump anuncie la vacuna se despreocupa por mitigar los efectos de la pandemia y de sus consecuencias, en un país donde el virus ya hizo terribles estragos.

   Hacia fines del siglo XIX, las revoluciones de los Estados Unidos convocaron la atención de la clase obrera mundial; ahí nacieron los pilares del régimen democrático estadounidense, bastardeado durante siglos por la continuidad de la dominación burguesa.

   «Cuando la oligarquía de 300.000 esclavistas se atrevió por vez primera en los anales del mundo a escribir la palabra “esclavitud” en la bandera de una rebelión armada, cuando en los mismos lugares en que había nacido por primera vez, hace cerca de cien años, la idea una gran República Democrática… en esos mismos lugares, la contrarrevolución se vanagloriaba con invariable perseverancia de haber acabado con las ideas reinantes… declarando que la esclavitud era una institución caritativa, la única solución… del gran problema de las relaciones entre el capital y el trabajo… Los obreros de Europa tienen la firme convicción de que, del mismo modo que la guerra de la Independencia en América ha dado comienzo a una nueva era de la dominación de la burguesía, la guerra americana contra el esclavismo inaugurará la era de la dominación de la clase obrera…»

C. Marx, Carta a Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos de América, noviembre de 1864.

«… el final victorioso de la guerra contra el esclavismo ha inaugurado una nueva época en la historia de la clase obrera. Precisamente en ese período surge en los Estados Unidos el movimiento obrero independiente, al que miran con odio los viejos partidos de su país y sus politicastros profesionales…»

C. Marx, Mensaje a la Unión Obrera Nacional de los Estados Unidos, Londres, 12 de mayo de 1869.

   Fueron protagonistas de historia norteamericana, quienes llevaron a cabo los cambios fundamentales que establecieron el régimen republicano y democrático, los que abolieron la esclavitud y aquellos que continuaron en su lucha sistemática y heroica contra la explotación laboral, contra el trabajo infantil, contra la opresión y discriminación de la mujer; los que darían vida a los movimientos por los derechos civiles y a los movimientos contra la guerra de Vietnam, los actores de las revueltas laborales como la producida en Los Ángeles por la comunidad latina de fines de los años noventa, que levantó las banderas de lucha por un salario digno, los que tomaron las calles en las manifestaciones contra la Cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC), los Occupy Wall Street (Ocupemos Wall Street) con la denuncia contra el 1% más pudiente que se lleva la riqueza del resto de la sociedad, los Occupyourhomes (Ocupemos nuestras casas), entre muchísimos otros. Los protagonistas también de las repetidas oleadas de huelgas obreras desde las primeras industriales en las fábricas textiles en la década de 1830 a 1840, pasando por las de las década de los años sesenta del siglo XX hasta las más recientes de diversos gremios (frigoríficos, portuarios, docentes) y en las plantas de la General Motors; aquellos que lucharon ferozmente para conquistar y defender derechos, aquellos que representan a los sectores sociales que construyeron el país.

   Sin embargo, solo se habla de la historia oficial, y como señala el historiador estadounidense Howard Zinn en su libro La otra historia de Estados Unidos –una historia desde el punto de vista de los conquistados, de los oprimidos, de los esclavos negros, de la clase obrera y sus luchas–, «disimulan los terribles conflictos de intereses entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza o sexo», porque en realidad lo que se busca es «engatusar a la gente común en la inmensa telaraña nacional, con el camelo del “interés común”».

   Así se construyen las utopías sobre los futuros beneficios del capitalismo, de un capitalismo más humano, más democrático o reformable con leyes que mitiguen sus nefastas consecuencias económicas y sociales para el conjunto de los trabajadores.

   Así se construyen los mitos como el New Deal, que contuvo beneficiosos programas de ayuda estatal que intentaron revertir las consecuencias de la gran depresión de 1930. Programas que no contemplaron a los negros y dejaron al capitalismo intacto.

   «Los ricos aún controlaban la riqueza de la nación, así como las leyes, los tribunales, la policía, los periódicos, las iglesias, y las universidades. Se había dado la ayuda suficiente a las personas suficientes como para hacer de Roosevelt un héroe para millones de personas, pero permanecía el mismo sistema que había traído la depresión y la crisis, el sistema de despilfarro, de la desigualdad y del interés por el beneficio más que por las necesidades humanas.» 


En los Estados Unidos crecen la desigualdad y la pobreza

   Este último 9 de noviembre en Wall Street el repunte en la Bolsa de Valores benefició y ubicó en lo más alto del podio de los supermultimillonarios al señor Bernard Arnault. Con este «magnate del lujo francés» comparten el ranking de las fortunas personales más grandes del planeta cuatro estadonidenses: Bill Gates, Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zurckeberg.

   La suma de los cinco patrimonio equivale a los PBI anuales de países como Argentina (45 millones de habitantes). Las cifras demuestran que desde el estallido de la pandemia estas cinco fortunas han aumentado su patrimonio varias veces, mientras la Argentina aumentó su deuda a ritmo de catástrofe.

   El sistema económico de Estados Unidos les dio esa oportunidad para el éxito de sus negocios, y también los benefició con ayudas del Estado, entre ellas la baja constante de impuestos en un amplio abanico de actividades económicas, desde satélites de Internet, tecnología informática, energías renovables, servicios comerciales y de medios hasta la exploración espacial. Las ideas de estos magnates «de la creatividad y el emprendedorismo» se cubren de nuevas etiquetas de protección del ambiente, mientras desarrollan «capacidades para que tu coche gane dinero cuando no lo estás usando» y se perfecciona la conducción autónoma de los nuevos y costosísimos autos eléctricos. Elon Musk, dueño de la fábrica Tesla dedicada a la producción de este tipo de vehículos, mientras obliga a sus obreros a continuar con la producción, despotrica contra las medidas contra el Covid-19 Según él, «… el confinamiento es una orden fascista: están destrozando la libertad», y sin dudar contradijo la orden del gobierno local en el condado de Alameda, que obligaba al confinamiento en sus hogares y el cierre de fábricas y comercios para contrarrestar la propagación del virus.

   El comportamiento de estos empresarios de las nuevas tecnologías hacia sus empleados no tienen nada que envidiarle a sus antecesores. Jeff Bezos , dueño de Amazon, en 2014 fue elegido como el peor patrón del mundo en el Tercer Congreso de la Confederación Internacional de Sindicatos en Berlín, donde se denunció que Bezos «representaba la inhumanidad de los patrones promocionados por el modelo empresarial estadounidense».

   Mark Zurckeberg, creador de Facebook, una plataforma considerada como «un megáfono que los peores autócratas en la historia sólo podrían soñar», ya ha adquirido cerca de 45 empresas en un proceso de concentración permanente, entre ellas Instagram y WhatsApp; emplea 35.000 trabajadores y fue convocado por el Senado estadounidense a raíz de las elecciones presidenciales 2020. Los senadores demócratas apuntaron contra Zurckeberg, considerado como el «vehículo de desinformación en las pasadas elecciones». A esta altura nadie puede engañarse sobre la incidencia de estos monopolios de redes sociales en la información y desinformación funcional a los intereses de los más poderosos, sean países, oligarquías financieras o dueños de los holdings industriales y energéticos.


El otro polo, el de los trabajadores, los negros, las mujeres

   El riesgo de que un niño nacido en los Estados Unidos muera en su primer año durante la primera década del siglo XXI fue un 76% mayor que en otros 19 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Un estudio elaborado en 2018 por investigadores del Hospital Johns Hopkins señalaba:

   «Altos índices de pobreza persistentes, resultados educativos pobres y una relativamente débil red de seguridad social han hecho de los Estados Unidos el más peligroso país de las naciones adineradas para el nacimiento de un bebé… desde los años 80 las estadísticas de mortalidad infantil en los Estados Unidos han sido más altas que en las otras naciones.»

   El crecimiento de la pobreza en los Estados Unidos evidencia la crisis crónica del sistema capitalista, cuyas miserias extiende por el mundo. En el país más opulento del planeta la inmensa mayoría de los trabajadores sufren el deterioro de sus condiciones de vida, lo que contradice el auge económico anterior: los salarios pierden cada vez más capacidad de consumo y las condiciones laborales empeoran. Aumentan a la vez la indigencia, las familias sin vivienda, los jóvenes sin educación ni trabajo y el castigo indiscriminado contra los negros pobres, mientras la riqueza es acaparada por una minoría cada día más poderosa e influyente, lo cual aumenta la distorsión y la degradación de la democracia capitalista. Más y más ciudadanos se dan cuenta de que sus instituciones políticas, judiciales, sociales y culturales no protegen sus condiciones de vida ni su futuro. La polarización de la sociedad y el fortalecimiento del ala «socialista» en el Partido Demócrata, tiene su contracara con el crecimiento de alas de ultraderecha en los movimientos contra el establishment político y económico. La derecha como movimiento social tiene sus orígenes en la década de 1980; desde entonces la organización de estos grupos conservadores ha ido en aumento y en un proceso claro de radicalización, donde movimientos como los Proud Boys son su expresión más reciente.

   Las huelgas de la clase obrera dieron su presente durante 2019, con el paro cumplido por casi 50.000 obreros de las plantas de General Motors con epicentro en Michigan durante 40 días, (número solo superado por la huelga de 1970, 67 días). Se levantó con la firma de un nuevo convenio laboral para los próximos cuatro años, pero no impidió el cierre de tres fábricas (En Ohio, Michigan y Maryland) como parte del plan de reconversión e inversión patronal para fabricar vehículos eléctricos.

   Según la Oficina de Estadísticas Laborales de los Estados Unidos, en 2019 participaron en huelgas un total de 465.000 trabajadores, una cantidad solo superada por el año 2018 con 485.000, después de un período entre 2007 y 2017 donde el promedio annual fue de solo 76.000 trabajadores en huelga.

   A las huelgas de mineros del cobre de ASARCO, de los docentes, en particular la de Viriginia, realizada en abierto desafío a los sindicatos, de trabajadores portuarios y de frigoríficos, de las enfermeras de Nueva York se sumaron las sucesivas y masivas movilizaciones de mujeres contra Trump y las recientes manifestaciones multitudinarias de furia de miles de jóvenes en las principales ciudades norteamericanas contra el asesinato de George Floyd por la policía. El repudio generalizado por su muerte lo convirtieron en un nuevo símbolo mundial contra el racismo.

   Las mujeres, que se movilizaron contra las políticas, conductas y expresiones discriminatorias y denigratorias de Trump, durante esta pandemia cumplen un papel fundamental porque de los 5,8 millones de trabajadores de la salud, y que ganan menos de 30.000 dólares al año, la mitad no son personas de piel blanca, y el 83% son mujeres. Entre las asistentes de cuidado de la salud individual y del hogar, trabajos por los que se gana un poco más del salario mínimo, 8 de cada 10 son mujeres. En general, las actividades laborales consideradas esenciales, y que por lo tanto no se detuvieron durante los confinamientos, las ejercen mujeres en una proporción muy alta, sin que esto haya significado ningún beneficio o protección especial de parte de las instituciones del estado.


Los resultados controversiales de estas elecciones presidenciales y el antecedente de 1876

   En estos días que corren, la prensa resalta que la batalla electoral entre Trump y Biden es la más contraversial de la historia norteamericana, pero se deja en el olvido el proceso electoral de 1876, cuyo polémico resultado la ubicaba hasta ahora como la disputa más importante. 

   Las batallas electorales reflejan solo una parte de las intensas luchas de intereses entre los sectores de clase que dominan el Estado, y esta división «por arriba» se profundiza en períodos de mayor tensión y agudización de lucha de clases.

   Los años 1876-1877 corresponden a un período de cambios en la historia norteamericana donde se combinan varios procesos que influirían en el futuro del país: entre ellos, las consecuencias de la Guerra civil, una guerra que desangró a un país dividido hasta su finalización en 1865, que logró la abolición de la esclavitud y presenció el asesinato del presidente Abraham Lincoln por un supremacista sureño.

   El estallido de la crisis económica de 1873 devastó la nación, liquidó cientos de pequeñas empresas, trajo hambre y muerte de trabajadores, hacinamiento y enfermedades para sus familias, pero unas pocas fortunas, lideradas por los Vanderbilt, los Morgan y los Rockefeller, siguieron creciendo. Por ese contexto, en 1876, cuando se cumplían cien años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, los conflictos sociales y las huelgas invadían la escena política y los trabajadores eran sus protagonistas activos.

En la ciudad de Chicago, y en uno de los tantos mitines obreros del 4 de julio, el Partido de Trabajadores publicaba su Declaración de la Independencia:

   «El sistema actual ha permitido que los capitalistas hagan leyes en su propio interés, leyes que lesionan y oprimen a los trabajadores. Ha convertido la palabra DEMOCRACIA, por la cual nuestros antepasados lucharon y murieron, en una caricatura al dar a los propietarios una cantidad desproporcionada de representación y control en el Parlamento. Ha permitido que los capitalistas… se aseguren la ayuda gubernamental, incentivos en forma de subvenciones en el interior y préstamos de dinero para los intereses de las corporaciones ferroviarias, quienes, con el monopolio de los medios de transporte, pueden engañar tanto al productor como al consumidor… Por lo tanto los representantes de los trabajadores de Chicago, reunidos en una concentración multitudinaria, solemnemente hacemos público y declaramos… Que nos desvinculamos de toda lealtad hacia los partidos políticos existentes de este país, y que, como trabajadores libres e independientes, procuraremos adquirir plenos poderes para establecer nuestras propias leyes, organizar nuestra propia producción, y gobernarnos nosotros mismos.» 



   Howard Zinn señala que en 1877 «hubo una serie de dramáticas huelgas de los trabajadores ferroviarios en una docena de ciudades que sacudieron a la nación como no lo había hecho ningún conflicto laboral en la historia… ».

   A partir de esos años, el crecimiento industrial se aceleraría a ritmos inéditos en la historia estadounidense, a expensas de la consolidación del sistema de explotación laboral. Un período que vio nacer una nueva etapa en el capitalismo, donde se produjo una rápida concentración de la producción en empresas cada vez más grandes, liderada en el mundo por el capitalismo avanzado de los Estados Unidos: la fase del capitalismo monopolista, caracterizado por el surgimiento de «cárteles» (acuerdos de precios, de mercados, etcétera), en especial en ramas productivas como el carbón y el hierro, sin con eso evitar el caos inherente al conjunto de la producción capitalista. La transformación de la competencia en monopolio constituye uno de los fenómenos más importantes de este sistema económico. Con los monopolios nacería el imperialismo moderno, que llevaría a su máxima expresión la necesidades de los viejos imperios colonialistas europeos: la dominación de los mercados y recursos de los países atrasados extranjeros y la acción militar, y la fusión del capital financiero con el industrial, hasta la dominación del capitalismo financiero. Así entró el sistema capitalista en su fase parasitaria y decadente, que quedó a la luz del día con la gigantesca matanza de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).


Elecciones/2020: Trump versus Biden

   En el marco de la república «democrática» norteamericana, que sirve de escudo para defender de forma más segura las ganancias capitalistas y fortalece la ofensiva contra los pueblos del mundo, ciento cuarenta años después asistimos a una «caricatura» más impactante de la democracia norteamericana asentada en el sistema capitalista imperialista: una nueva batalla electoral por la presidencia, foco principal de las redes mundiales de noticias. Una reducida diferencia de votos entre los candidatos favoritos y un régimen de votación adaptado a la emergencia de la pandemia retrasaron la definición de un ganador entre Trump por el partido Republicano y Biden por el Demócrata, y mantuvieron la atención de los medios masivos de comunicación, como si el mundo entero asistiera a un gran premio de turf, el Derbi americano.

   La furia de los jóvenes, de los negros, de las mujeres, de los desocupados y de los trabajadores mal pagos expresan los padecimientos por la brutalidad policial y por las condiciones generales agravadas por la pandemia, en sus crecientes luchas y movilizaciones.

   La contienda electoral se desarrolla en ese marco. La situación más agudizada de crisis expresadas en los dos partidos tradicionales (columna vertebral del régimen político estadounidense), deterioran esa parte fundamental de la apariencia democrática con la que se arropan las clases que dominan el aparato de Estado. Desde que se conquistó el derecho universal al sufragio ha corrido mucho agua bajo el puente.

   Está planteado la continuidad de la contienda en el terreno de la justicia, impulsada por el actual presidente y candidato republicano, con un Trump desaforado ante la inminencia de la derrota en su reelección presidencial. Se aumentan las expectativas en una opinión pública dividida, que los líderes políticos pretenden aprovechar a su favor.

   Sin embargo, ambos candidatos (Trump y Biden) representan a la «elite» empresarial y se postulan como los más fieles representantes de la oligarquía financiera, especulativa y de negocios, de las grandes empresas y conglomerados industriales, y representan los intereses de la franja más rica de la sociedad estadounidense.

   Las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, y en particular en las últimas décadas, se dirigen hacia formas cada vez más agresivas y hacia la ruptura del pilar mundial de la democracia capitalista: el poderoso y cada día más desprestigiado régimen político estadounidense. Como en sus inicios, la democracia capitalista de los Estados Unidos instrumenta una propaganda electoral engañosa (nadie puede omitir la influencia de las redes sociales, de Internet y de los medios, que aumentaron su patrimonio su influencia y su poder), que enfatiza las diferencias entre los contrincantes tapando lo que los une. Sin embargo, tampoco se puede esconder la descomposición social e institucional, ni ocultar la necesidad imperiosa de un control más férreo de la clase burguesa hacia los sectores sociales más pobres y marginados, y hacia la clase obrera. Ni pueden tapar la necesidad de promover la guerra, los bloqueos, las presiones o directamente la intervención militar para defender los intereses de sus holdings –con fuertes inversiones y lazos en el mundo–, en su afán de apropiarse de recursos, de influencias, de mercados y de mano de obra barata.

   La combinación de estos factores hace evidente el paralelismo entre los inicios del capitalismo con la etapa actual de decadencia y parasitismo del sistema capitalista, en la que se fortalecen las tendencias de las potencias a transformar el mundo en colonias suyas, y de dirigirse hacia una cada vez más brutal superexplotación de los trabajadores y las razas consideradas «inferiores».

   En esta oportunidad, se escuchan voces de pregoneros de la burguesía que comparan «el estallido de la grieta política y social yanqui» con la división que enfrentó al país en la guerra civil de los años 1861 a 1865, la Guerra de Secesión. Pero a la vez ocultan la permanencia de la guerra porque no se derrotó la explotación capitalista imperialista. El capital mantuvo su dominación, con una oligarquía financiera parasitaria y una concentración empresarial que manejan los hilos del poder con dinero, recibiendo redituables subvenciones, beneficios y seguridad del Estado, contra la inmensa mayoría de trabajadores y pobres que habitan el país del «sueño americano» pero que cada vez pierden más derechos, y reciben más palos de manos de la policía. En ese marco de crisis social y económica, con conflictos sociales en ascenso, se dan estas elecciones, y como decíamos hace apenas unos meses atrás:

«Estados Unidos encaró la pandemia del Covid-19 con miles de víctimas por la criminal política oficial de no resguardar la salud pública ni ofrecer asistencia gratuita durante una de las crisis sanitarias más importantes sufridas por la humanidad. En ese marco, la policía norteamericana mató a George Floyd, a plena luz del día.… La brutal conducta asumida por las omnipresentes fuerzas de seguridad, desde las policías estatal hasta la Guardia Nacional, quedó a la vista de todo el mundo, registrada en centenares de videos difundidos por la televisión y viralizados en las redes sociales. Bajo el mando del magnate y bravucón Trump… el Estado norteamericano no asume la responsabilidad por las miles de muertes por el Covid-19, en su mayoría negros y latinos, y menos todavía por la brutalidad policial que asesinó Floyd. Y además ordenó el despliegue de la fuerza militar para acallar las voces de millones de ciudadanos que defienden en la calle los derechos civiles y una república democrática que parece inexistente para los negros, los latinos y los trabajadores.»
Perspectiva Marxista Internacional, agosto de 2020

   En estas elecciones, frente a la decadencia y crisis de los partidos políticos tradicionales ambos candidatos necesitaron un eslogan unficador: la convocatoria a votar. La elite política necesitó, como nunca antes, la participación activa en las urnas, para canalizar en el voto la furia de millones de trabajadores y jóvenes estadounidenses. En el marco de la fragilidad política y la crisis económica y de sanitaria, todo podía encender el fuego, incluso la demostración más vigorosa de un régimen democrático, como es el voto. Y aunque les provoque serios dolores de cabeza, asumen los riesgos de una apabullante manifestación democrática de la ciudadanía.

   Estados Unidos se convirtió en el epicentro de la crisis económica y financiera mundial de 2008. Doce años después, sin recobrarse, asiste espantado a una crisis sanitaria de magnitud con la agudización de la pandemia del coronavirus, que a su vez aumentó el número de desempleados, agudizó todos los problemas sociales y raciales, y amenaza con una recesión económica profunda. También asiste espantado al crecimiento y punjanza chinas, el surgimiento de un nuevo coloso capitalista en el mercado mundial que cuestiona el dominio del imperialismo yanqui.

   En «la tierra de las oportunidades», continúan surgiendo «astutos y eficientes hombres de negocios» bajo las mismas reglas que dieron poder y dinero a los JP Morgan o a los Rockefeller, que construyeron imperios y poderosos holdings, apostando en la timba financiera de Wall Street, liquidando la competencia, defendiendo precios altos y salarios bajos, y fundamentalmente utilizando subsidios, prebendas gubernamentales y al Estado mismo para defensa de sus patrimonios en todo el mundo.

   Con el desarrollo del capitalismo, la explotación se disimuló más gracias a leyes que conquistaron los explotados y oprimidos, y así el régimen se perfeccionó y adquirió una apariencia de neutralidad y justicia. Pero las crisis cada vez más profundas que marcan su decadencia dejan huellas que no se pueden tapar: una creciente desigualdad expresada en mayor número de pobres y de desposeídos dentro de las fronteras de la nación más rica del mundo.

   Si en 1876 la convocatoria de los trabajadores a independizarse de los partidos patronales constituyó un programa legítimo para terminar con un sistema de explotación laboral y de opresión social y racial, hoy tiene más vigencia que nunca, no solo por el aumento exponencial de la desigualdad, de las injusticias y de la pobreza, sino como único camino para la organización independiente de la clase obrera y de sus aliados en el camino de alcanzar la victoria hacia una sociedad más justa.

   La división y peleas entre las distintas alas del poder económico y político, no pueden provocar la división y el enfrentamiento entre trabajadores, porque el enemigo es común: la clase dominante que defiende la permanencia del sistema económico de explotación capitalista, un sistema que de un día para otro puede terminar con décadas de progreso social y desarrollo humano. Porque también destruye la naturaleza y aumenta los peligros de la humanidad, incluyendo el de un holocausto nuclear, al utilizar los descubrimientos de la ciencia al servicio de la ganancia capitalista.

Florencia Sánchez
16 de noviembre de 2020








2/12/20

La pelota se detuvo… MARADONA murió

Dos mundos, separados por clases enfrentadas: el fútbol de los negocios y el fútbol de Maradona


   La pelota gira en el aire, se detiene, se desliza, rueda, toma velocidad, alcanza altura y golpea la red… La pelota y su compañero de juego, juntos, lograron una coreografía inigualable. Al goleador también lo han comparado con el mejor poeta.

   Diego y su pelota lograron el deleite de millones de espectadores, como una obra de arte desafió al mundo acompañados por el estridente cántico de la tribuna, en un campo teñido de colores de banderas agitadas mientras la destreza del narrador deportivo grita el remate punzante del gol. Un goce único extendido desde el estadio exultante hasta el último televidente, precedido por el drama, seguido por la reflexión colectiva, todo conjugado en un solo partido de fútbol.

El fútbol del negocio financiero

   El fútbol profesional, en el que Maradona creció y fue estrella y con el cual impregnó de alegría hasta el último rincón del planeta, es un negocio gigantesco. Mueve miles de millones de dólares en el mercado capitalista mundial. Su alta rentabilidad despierta el interés de los estados y de las multinacionales. La Premier League inglesa es la más valiosa de todas las ligas europeas, medida por los dividendos, no por la destreza de sus jugadores. Acumula enormes inversiones lideradas por los estados árabes petroleros y por los oligarcas rusos, entre los que se destaca Abramóvich, ligado al negocio del petróleo y dueño del club inglés Chelsea.

   En el mundo de este negocio, las valoraciones de los equipos de fútbol son económicas: se distribuyen ganancias, no goles. Los dirigentes y funcionarios ligados al fútbol no pelean por la camiseta o porque son fanáticos de un equipo, sean de Boca, del Inter o del Real Madrid, pelean por dinero y por los privilegios del poder.

   En el fútbol profesional conviven dos mundos, absolutamente contrapuestos. En uno, miles de millones de personas desde la Alaska y Siberia hasta el sur de África y América, ricos y pobres, debaten durante horas, quizá días y hasta semanas enteras, sobre el rendimiento deportivo del equipo, sobre las habilidades de tal o cual jugador, sobre el triunfo cuestionable del partido o del campeonato, sobre las derrotas, sobre el gol que no fue, el gol que el árbitro invalidó, el penal de último momento, la patada sin tarjeta roja y «la mano de Dios».

   En el otro mundo, un puñado de propietarios «de la pelota», esa minoría multimillonaria que gana plata con el fútbol, discute y pelea por los ingresos por la venta de entradas, por el marketing y las campañas de publicidad de la marca deportiva, por los derechos de emisión, por la venta de jugadores o por el impacto que tiene el merchandising en el negocio. Son dos mundos de intereses contrapuestos, donde el dinero junto a la política van dominando la escena, y logran deslizar los problemas de los negocios a la vida y rendimiento de los jugadores, a los malogrados campeonatos nacionales e internacionales, a la organización y financiamiento de los famosos barras, aunque predominen las simpatías populares por la camiseta o por el buen fútbol.

   Dos mundos que agudizan sus diferencias en la profunda división entre las potencias imperialistas y los países atrasados, sus semicolonias, a los que explota y oprime. En el negocio del fútbol, los equipos de los países semicoloniales se quedan cada vez más pobres, se deterioran sus aspiraciones competitivas a cambio de los dólares o euros logrados con la venta de los jugadores más destacados, a cambio de sobornos y por el entramado de los campeonatos a medida del dinero, y no de las posibilidades físicas, el talento y el rendimiento de los jugadores.

   Al fútbol profesional se sumaron las grandes ligas del imperialismo mundial, desde potencias ricas como Estados Unidos (a contramano de la tradición deportiva nacional donde el béisbol, el fútbol americano y el básquet despiertan mayor entusiasmo que el fútbol) hasta China, que compra jugadores a precios desorbitados y apuesta a organizar su mundial en 2026. Mientras la efervescencia futbolera crece entre los hinchas, los derechos de imagen suman dólares; Messi y Neymar están entre los que más recaudan.

   La última moneda de oro en las ganancias –concentradas en una minoría y obtenida a costa de la vida comprada de jugadores y de un deporte de masas– son las casas de apuestas online y en lugares de ocio en Europa, que comienza a ganar adeptos en otros rincones del mundo.

   El fútbol es un negocio donde los clubes son gerenciados como empresas, donde las decisiones son de los accionistas, no de su masa societaria. En pocas palabras, donde cada vez más un capitalismo en aguda declinación y creciente parasitismo impulsa las actividades del «ocio» y del entretenimiento como atracción de mayores inversiones de capitales, y en ese sentido compiten con empresas de servicios financieros y con el casino de las finanzas especulativas.

El fútbol del negocio político

   El empresario Mauricio Macri –hijo del acaudalado Franco Macri y de la terrateniente Alicia Blanco Villegas– inició su carrera política comprando la presidencia de BOCA, uno de los clubes de fútbol más populares de la Argentina, que gerenció como si fuera una sociedad anónima, se llenó los bolsillos con los negocios en la venta de jugadores y promovió el estadio-shopping (solo para personas sentadas, con plateas a precios que dejaron fuera de la cancha a las mayorías populares). Pero además, el cargo le sirvió como trampolín de fama y popularidad para llegar a la presidencia del país.

   Sus «logros» como presidente de la República todavía están en la memoria y en las heridas de millones de trabajadores y sectores populares que siguen sufriendo sus consecuencias de forma cotidiana: creció el desempleo, la informalidad laboral, la pobreza, la marginalidad, el hambre, la desnutrición, el deterioro de los servicios de salud y educativos; desfinanció la ciencia, se cerraron fábricas y creció la deuda pública y privada, en particular la contraída con el FMI. Una de las designaciones de Macri más controvertidas fue el nombramiento de Gustavo Arribas como jefe de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), que es el servicio de espionaje del estado. Arribas, como él mismo reconoció, no sabía absolutamente nada sobre el tema, pero el criterio de Macri fue que en ese puesto debía estar alguien de su absoluta confianza, una confianza ganada con la compraventa de jugadores como representante de los negocios de Macri durante su presidencia de Boca.

   Arribas puso a la AFI al servicio de los intereses políticos y económicos de Macri, ejecutando una campaña de espionaje que abarcó a la oposición política y sindical, a los movimientos sociales, a sectores empresariales, a periodistas y a los propietarios de medios opositores, a los familiares de los 44 tripulantes muertos en el submarino hundido que reclamaban justicia, y hasta a amigos, partidarios y familiares directos del presidente… a todos los que le molestaban o podrían molestarle en su camino de negocios y enriquecimiento propio a costa del poder del Estado.

   Pero esta cloaca maloliente no quedaba dentro de las fronteras nacionales. En enero de 2020, días después de dejar el poder, Infatino, el actual presidente de la FIFA, nombró a Macri presidente ejecutivo de la Fundación FIFA, con un presupuesto de 100 millones de dólares. Seguramente le estaba agradeciendo el papel protagónico de la FIFA en la reunión del G-20 realizada en Buenos Aires en 2018. ¿Qué más podían pedir los dirigentes de la FIFA, en particular Infantino, que entrar por la puerta grande de los negocios en el mundo, la puerta del G-20?

Como se escribió en la revista Olé, «Nunca un presidente de FIFA había podido disertar enfrente de los 20 líderes más importantes del mundo». Y lugar seguro de inversión para los capitales especulativos y los lavadores de dinero que viajan por el mundo sin fronteras ni obligaciones impositivas, decimos nosotros. Y Macri, anfitrión de la reunión, no perdió esa oportunidad, un favor que alguna vez cobraría con intereses.

El fútbol es también disfrutar del arte de Maradona

   Jugando Diego Maradona se inició en la curiosidad, despertó al mundo, exploró en cada movimiento la forma, el peso, la textura de la pelota, a medida que la dominó, la hizo rodar, girar en el aire y alcanzar velocidad. Jugó con ella de noche, en la oscuridad adivinó su trayectoria, distinguió el movimiento por el sonido. Maradona en ese juego cotidiano entendió las leyes de la física, descubrió su habilidad, midió su fuerza y adquirió un oficio.

   No le importaron las dificultades del terreno ni el mal tiempo, ni siquiera el estómago vacío; Maradona amó su pelota y el romance con el fútbol no tardó en llegar, desde los partidos con sus amigos del barrio pobre de Villa Fiorito, hasta el club donde practicó y se entrenó con pasión desde la primera vez. Una vez iniciada la práctica en un campo de fútbol, Maradona no se separó más de la pelota ni de los duros entrenamientos. Como tampoco se distanció del cariño por sus vecinos de su barrio todavía ignorado, ni olvidó sus orígenes humildes, creó lazos infinitos especialmente con sus padres, quienes lo cobijaron y lo amaron con esa pasión que luego Diego transmitió hacia el fútbol con un primer objetivo: sacar a su familia de la pobreza. Pero no se detuvo allí, sin ser marxista, se convirtió en un luchador por la causa de su familia, asumida como la causa de una clase social, la causa de aquellos que, como dice el Manifiesto Comunista, «no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar».

   Su crecimiento como jugador de fútbol fue único. No solo se consagró como profesional, se distinguió entre todos porque logró crear la belleza que solo un artista alcanza. Los artistas en la literatura o en la música se distinguen de igual manera, son excepcionales. En la disciplina y en el trabajo cotidiano se logran habilidades, se construyen trayectorias y se consagran profesionales, pero muy pocos crean íconos, despiertan pasión y amor a través de su obra.

   Con el equipo del Napoli, Maradona trascendió al fútbol, logró superar la barrera racial impuesta por la alta burguesía del norte de Italia al sur pobre. Con el equipo de la selección argentina le ganó a los ingleses, con uno de los 2 goles calificado como el mejor en la historia de la Copa Mundial, el «Barrilete cósmico». La derrota del equipo inglés, cuatro años después de la guerra de Malvinas, convirtió al 10 en símbolo de la defensa de la soberanía nacional contra la potencia imperialista.

Maradona, el luchador

   No le dejaron alternativas, el capitalismo se mete en las entrañas de la sociedad y la organiza bajos sus reglas. No solo Maradona corrió tras la pelota, lo hace también y a una velocidad cada vez mayor, el negocio capitalista que mueve miles de millones de dólares en el mundo. Contra ese poder él también se enfrentó. Por esa razón se ganó un lugar destacado entre los luchadores, fue un guerrero, en un espacio que la voz de los de abajo, de los pobres, de los explotados no se escucha ni se tiene en cuenta.

   Se enfrentó a los sectores dominantes del negocio del fútbol, aquellos que Diego acusó de «esclavizar» a los jugadores, a quienes defendió, organizó e intentó sindicalizar. Se enfrentó al poder de aquellos que destruyeron las asociaciones civiles, los clubes, que servían de refugio cultural, social y deportivo de los pibes pobres en las barriadas humildes de los conurbanos profundos. Se rebeló contra los poderosos en todos los terrenos, en el de la opresión nacional, contra el poder imperialista de Estados Unidos en la región, contra Videla y la dictadura argentina, contra la explotación laboral y los bajos salarios, contra el racismo, contra la riqueza acumulada por la Iglesia católica en el Vaticano. Se enfrentó a una decadencia y pobreza crecientes impulsadas por el dinero, por la búsqueda incesante del lucro y de la gratificación inmediata.

   Cuando se despidió del jugador de fútbol, Maradona no abandonó sus sueños ni sus luchas, sus sueños de un equipo campeón de la selección argentina, de transmitir su arte en escuelas de fútbol alrededor del mundo, los sueños de un guerrero de la vida y de su pasión por la pelota. De gritarle ¡NO al ALCA! junto a Evo Morales, Lula, Chávez, Kirchner; de abrazar a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, de agradecerle a Fidel Castro y de rendirle culto al Che. Maradona se describió a sí mismo como el fan número uno del pueblo palestino, también acompañó al pueblo sirio y podríamos seguir en una enumeración infinita.

   Desde su muerte y hasta hoy, los medios nacionales se dedicaron día y noche al tema Maradona. Por unos pocos días con cierto respeto hipócrita, pero después se convirtieron en una cloaca maloliente. Primero comenzaron a sonar las voces que lo comenzaban a descuartizar: «Como futbolista fue un genio, pero “como persona” fue una porquería». Y ahora se dedican a buscar culpables de su fallecimiento entre los médicos, las enfermeras y el «entorno» que lo rodeaba, una pelea que tiene como telón de fondo la disputa por la plata, que ya era furiosa antes de que muriera.

   Pero el hecho indiscutible, que todos los medios reconocen, es que Diego murió solo, abandonado y mal cuidado. Y eso ocurrió por dos razones. La primera, que él generó –y su figura seguirá generando– muchísimo dinero, que en este sistema capitalista podrido termina pudriendo también las relaciones humanas. La segunda, mucho más importante, que Maradona fue un luchador político que defendía a las clases condenadas a la miseria por los capitalistas y a los países explotados y oprimidos por el imperialismo.

   Esto es lo que de verdad generó un odio furibundo contra él de las clases dominantes y de sectores de la clase media que se identifican con ellas, y eso es lo que expresan cuando lo cuestionan «como persona» para concluir que no hay que tomarlo como ejemplo.

   La soledad que Diego sufrió en vida no la sufrió cuando murió. Centenares de miles –que eran la voz de millones– salieron a la calle para tratar de participar en su velorio, y ellos tenían muy claro por qué querían homenajearlo: porque sabían y sentían que Maradona los había representado y defendido.

Florencia Sánchez
2 de diciembre de 2020

… Me robaría al Diego
para pasearlo por todos los barrios
de pibes pobres
por todos los bordes
de los bordes.
Dejaría que lo tocaran
le tiraran flores, camisetas,
pelotas de trapo, besos.
Lo peregrinaría a Luján,
o hasta el mismo límite
en Ushuaia.
Lo pasearía con una orquesta
que tocara cumbias, tarantelas
el ji ji ji de los Redondos.
Todas sus mujeres bailarían atrás
y habría diez cuadras con sus hijos
caminando.
Dos caballos oscuros
arrastrarían ese carro.
Un recorrido eterno
dando vueltas
aviones dibujando con humo
10 en el cielo.
Vendedores de gorras
remeras
pelotas
salvarían este año de miseria
Choripanes pochoclos
tipos vendiendo pelotas con su cara
banderitas.
Me robaría el cajón
con las flores
y lo sostendría en este viaje


Liliana Campazzo, poeta rionegrina,
citado en El Cohete a la Luna,
«Tristeza», artículo de H. Verbitzky,
29 de noviembre de 2020


25/11/20

Pandemia y capitalismo Hoy más que nunca: Socialismo o barbarie (Parte II)

 


Nota: publicamos la segunda parte del artículo Pandemia y capitalismo. Hoy más que nunca: socialismo o barbarie.

Por: William Andrade

El sistema capitalista-imperialista mundial es el causante de esta pandemia… y de las otras que se avecinan

La pandemia es un fenómeno natural-social, como hecho natural está gobernado por determinaciones que escapan a la causalidad social. En efecto, la humanidad ha convivido desde siempre con todo tipo de virus procedentes de animales y de plantas, muchos de los cuales incluso son benignos y parte constitutiva de nuestro sistema inmunológico, e incluso nosotros también se los transmitimos a ellos. De allí que una parte fundamental de la actual crisis tiene que ver con las peculiaridades de este virus específico y con el hecho de que es nuevo y desconocido para la ciencia. Pero como fenómeno social, la pandemia no es algo natural ni mucho menos inevitable. Todo lo contrario; la emergencia de esta pandemia tiene todo que ver con las condiciones desastrosas y bárbaras que el sistema capitalista-imperialista impone al intercambio metabólico entre la especie humana y el planeta.

Ya desde finales del siglo XIX, a partir del seguimiento minucioso de la historia de la agricultura en Europa y en Estados Unidos, así como del estudio de los avances de las ciencias de la época, en especial en lo relacionado con la química agrícola –abanderada por grandes precursores como Liebig–, Marx y Engels constataron que los avances científicos y técnicos que la burguesía implementaba en este campo sólo contribuían –en última instancia– a la destrucción creciente de la naturaleza. También concluyeron que la separación entre ciudad y campo ahondaba día a día este problema creando condiciones de insalubridad en las grandes ciudades y despoblando y privando de sus nutrientes al campo. Por esta vía es que Marx llega a formular su lapidaria tesis acerca de que el capitalismo había producido ya una fractura en el intercambio metabólico entre nuestra especie y la tierra, que se produce a través del mediador dialéctico que es el trabajo humano. En el tomo III de El Capital Marx señala:

La moral del cuento… es que el sistema capitalista va en dirección opuesta a la agricultura racional, o que la agricultura racional es incompatible con el sistema capitalista (aun cuando este último promueva el desarrollo técnico de la agricultura) y necesita, bien pequeños agricultores que trabajen para sí mismos, o el control por parte de los productores asociados. (Citado por Bellamy Foster, 2004, p. 255.)

Pero incluso, ya desde su juventud en los famosos Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, la visión que construyó y que comparte con Engels sobre el tipo de vínculo entre nuestra especie y la naturaleza dista mucho de las maliciosas afirmaciones de los detractores del marxismo. Esa visión evolucionó con los años hasta configurar un punto de vista científico y crítico que sigue siendo una guía valiosa para orientarnos en el presente y para comprender las causas profundas de la actual crisis mundial:

Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el cual ha de mantenerse en proceso continuo para no morir. Que la vida física y espiritual del hombre está ligada con la naturaleza no tiene otro sentido que el de que la naturaleza está ligada consigo misma, pues el hombre es una parte de la naturaleza. (Marx, 1970, p. 111.)

Muchos reconocen estas posiciones de Marx, pero las atribuyen a una suerte de romanticismo de juventud. Se equivocan, estos no son más que los primeros atisbos filosóficos de su verdadera y madura concepción científica sobre la relación hombre-naturaleza y su mediador dialéctico, el trabajo, como se advierte en el tomo I de El Capital:

El trabajo es, antes que nada, un proceso que tiene lugar entre el hombre y la naturaleza, un proceso por el que el hombre, por medio de sus propias acciones, media, regula y controla el metabolismo que se produce entre él y la naturaleza (…) Pone en movimiento las fuerzas naturales que forman parte de su propio cuerpo, sus brazos, sus piernas, su cabeza y sus manos, con el fin de apropiarse de los materiales de la naturaleza de una forma adecuada a sus propias necesidades. A través de este movimiento actúa sobre la naturaleza exterior y la cambia, y de este modo cambia simultáneamente su propia naturaleza… [El proceso de trabajo] es la condición universal para la interacción metabólica [Stojfivechsel] entre el hombre y la naturaleza, la perenne condición de la existencia humana impuesta por la naturaleza. (Marx, El Capital, tomo I, p. 243 de la edición inglesa citada por Bellamy Foster). 

Pero hay más, para presentar una imagen clara de las verdaderas posiciones de Marx sobre estos problemas se pueden consignar muchos otros fragmentos de su obra. No es posible hacerlo en este trabajo; nos limitaremos a dos citas de dos tomos distintos de El Capital y una de Engels, que tienen la virtud de ser contundentes y hablar por sí mismas:

El latifundio reduce la población agraria a un mínimo siempre decreciente y la sitúa frente a una creciente población industrial hacinada en grandes ciudades. De este modo da origen a unas condiciones que provocan una fractura irreparable en el proceso interdependiente del metabolismo social, metabolismo que prescriben las leyes naturales de la vida misma. El resultado de esto es un desperdicio de la vitalidad del suelo, que el comercio lleva mucho más allá de los límites de un solo país. (Liebig)… La industria a gran escala y la agricultura a gran escala explotada industrialmente tienen el mismo efecto. Si originalmente pueden distinguirse por el hecho de que la primera deposita desechos y arruina la fuerza de trabajo, y por tanto la fuerza natural del hombre, mientras que la segunda hace lo mismo con la fuerza natural del suelo, en el posterior curso del desarrollo se combinan, porque el sistema industrial aplicado a la agricultura también debilita a los trabajadores del campo, mientras que la industria y el comercio, por su parte, proporcionan a la agricultura los medios para agotar el suelo. (El Capital, Tomo III, citado por Bellamy Foster, p. 241.)

(…) Pero, al destruir las circunstancias que rodean al metabolismo… obliga a su sistemática restauración como ley reguladora de la producción social, en una forma adecuada al pleno desarrollo de la raza humana… Todo progreso en la agricultura capitalista es un progreso en el arte, no de robar al trabajador, sino de robar al suelo; todo progreso en el aumento de la fertilidad del suelo durante un cierto tiempo es un progreso hacia el arruinamiento de las fuentes duraderas de esa fertilidad… La producción capitalista, en consecuencia, solo desarrolla la técnica y el grado de combinación del proceso social de producción socavando simultáneamente las fuentes originales de toda riqueza: el suelo y el trabajador. (El Capital, tomo I, citado por Bellamy Foster, p. 241.)

La abolición de la antítesis existente entre la ciudad y el campo no es que meramente sea posible. Ha llegado a ser una necesidad directa de la propia producción industrial, del mismo modo que se ha convertido en una necesidad de la producción agrícola y, además, de la salud pública. Al actual envenenamiento del aire, del agua y de la tierra únicamente puede ponérsele fin mediante la fusión de la ciudad y el campo, y tan sólo esa fusión cambiará la situación de las masas que ahora languidecen. (Engels, Aportes al problema de la vivienda, citado por Bellamy Foster, pp. 269-270). 

Esta perspectiva, al mismo tiempo nos permite constatar cómo el capitalismo convierte sistemáticamente las más altas conquistas de la humanidad en su contrario, en desgracias y fuente constante de sufrimientos, en este caso referidas tanto a los avances en la química del suelo como a la gran conquista social y cultural que significa la ciudad. Esta crisis o este desequilibrio brutal entre ciudad y campo no ha hecho sino agudizarse con el correr del tiempo, al punto que ya no sólo tenemos grandes ciudades –Londres tenía unos 3 millones y medio de habitantes cuando Engels escribió su apasionada denuncia de las condiciones de vida de la clase obrera en esa ciudad en 1847–; hoy tenemos megalópolis de 10, 12 y hasta 30 millones de habitantes.

En lo que tiene que ver con la emergencia de la actual pandemia, geógrafos críticos y urbanistas como el mismo Mike Davis, biólogos evolutivos y ecólogos de las enfermedades coinciden en denunciar que son ciertas condiciones de la producción de alimentos en el capitalismo actual, así como la configuración de determinados circuitos económicos y sociales de esa producción los que explican lo que está pasando:

La destrucción de los bosques, tanto a manos de multinacionales como de agricultores de subsistencia desesperados, elimina la barrera entre las poblaciones humanas y virus silvestres aislados endémicos de las aves, los murciélagos y los mamíferos. Las granjas industriales y los gigantescos corrales de engorde actúan como inmensas incubadoras de nuevos virus, mientras que las condiciones sanitarias en los barrios marginales dan lugar a poblaciones que están al mismo tiempo densamente abarrotadas y debilitadas a nivel inmunitario. La incapacidad del capitalismo global para crear empleo en los llamados países “países en vías de desarrollo” se traduce en que mil millones o más de trabajadores de subsistencia (“el proletariado informal”) carecen de un nexo patronal con la atención médica o de los ingresos necesarios para adquirir tratamientos en el sector privado, una situación que los deja a merced del colapso de los sistemas de hospitales públicos, si es que existen. La protección biológica permanente contra nuevas plagas, por consiguiente, precisaría algo más que vacunas. Sería necesario suprimir estas “estructuras de emergencia sanitaria” a través de reformas revolucionarias en la agricultura y en la vida urbana que ningún gran país capitalista o con capitalismo de estado estaría dispuesto a adoptar bajo ningún concepto por voluntad propia. Un equipo de excelentes investigadores médicos, doctores de la sanidad pública y periodistas informados –Paul Farmer, Richard Horton, Laurie Garrett, Rob Wallace, entre muchos otros–, llevan años tratando de mostrarnos estas conexiones sistémicas. Como subrayó Wallace hace tiempo: “los impactos agroeconómicos del neoliberalismo global son incuestionables, pueden sentirse en todos los niveles de la organización biocultural, hasta la escala del virión y la molécula”. (Davis, 2020, pp. 24-25, los resaltados son nuestros.)

Cada vez tenemos más datos que muestran que las últimas y más peligrosas enfermedades proceden de virus portados por animales silvestres, pero al mismo tiempo, también es un hecho que los modos de producción de carne –principalmente de pollos y de cerdos– para las grandes cadenas de comidas rápidas se han convertido en una fuente permanente de nuevos virus,  y, peor aún, está demostrado que existe una creciente interacción entre ambos tipos de virus, lo que genera recombinaciones genéticas, mutaciones y surgimiento acelerado de nuevas cepas. Por si acaso hay alguna duda, tenemos: el VIH que se originó en monos; el Ébola, el Nipah y el SARS, que proceden de murciélagos; el H1NI, el MERS-CoV (Síndrome Respiratorio por Coronavirus de Oriente Medio); la gripe porcina; la gripe aviar; el zika, y un largo etcétera.

A estos factores se agregan otros, como el hecho de que está teniendo lugar un proceso acelerado de urbanización en vastas zonas del mundo, principalmente en Asia y en África. En el caso de África, un agravante es que la tremenda demanda de proteína animal que esto genera, gracias al atraso y la miseria, no es suplida por una ganadería desarrollada a mediana o gran escala, lo que está redundando en la caza indiscriminada de todo tipo de animales silvestres. En el caso de Asía, principalmente de China pero también Vietnam y Tailandia (y que también está presente en todos los otros continentes), avanza una creciente industria de pollos y cerdos caracterizada por tres factores que son un caldo de cultivo para nuevos virus: el hacinamiento masivo, que deprime la respuesta inmunológica; la abolición de la reproducción in situ, que destruye la diversidad genética clave para aminorar el impacto de los virus, y el sacrificio en extremo temprano de los animales, que incrementa el ingreso acelerado de nuevos ejemplares a la exposición de los virus emergentes.

Otro factor determinante tiene que ver con los cambios abruptos que generan los procesos de urbanización en zonas de frontera con zonas selváticas. Están surgiendo en pequeñas y medianas ciudades –repletas de barrios marginales con una pésima dotación sanitaria y casi inexistentes sistemas de salud pública– productoras de pollos o cerdos en espacios en los que hay interacciones fuertes con aves silvestres y con murciélagos portadores de todo tipo de virus. Para colmo de males, estás nuevas ciudades se encuentran muy conectadas con los grandes centros urbanos de sus países y del mundo, y en algunas de ellas es muy frecuente el transporte por grandes carreteras de animales vivos, de modo que cuando aparecen nuevos virus o estallan epidemias de virus ya conocidos, el contagio nacional y mundial –gracias a la globalización– se produce de manera extremadamente rápida. Y, cómo ya se ha insistido, no existe una correspondencia mínima entre este intercambio mundial y el despliegue de un sistema mundial de salud.

Existe todavía otro factor: hay prácticamente un acuerdo mundial en la reconstrucción de la forma en que se produjo el traspaso interespecie del coronavirus; se sabe al menos que debió pasar de los murciélagos a los pangolines y que estos son de consumo masivo en ciertos sectores de la población china. Podría pensarse que se trató de un pequeño caso aislado, pero sin embargo no es así, pues se sabe que el mercado de animales silvestres en ese y en otros países es un negocio en expansión:

La escala del consumo de carne de animales silvestres en el sur de China es realmente pasmosa. Según estudios oficiales, se trata de una industria de 76.000 millones de dólares en la que trabajan directa o indirectamente 14 millones de personas. (Davis, 2020, pp. 20-21.)

Este panorama se conjuga con todo lo expuesto antes sobre el retroceso histórico en materia de salud pública a escala mundial. En este marco es preciso alertar sobre la tendencia creciente a que emerjan cada vez más epidemias y hasta nuevas pandemias. El ecólogo de enfermedades Peter Daszak ha dicho que estamos encarando mal epidemias como el Covid-19, refiriéndose a que es un hecho que, por las acciones humanas, cada vez estamos más expuestos a nuevas enfermadades infecciosas, y que no podemos simplemente esperar a que aparezcan, sino que debemos prevenirlas, sobre todo porque:

Calculamos que probablemente hay 1,7 millones de virus desconocidos que podrían infectar a las personas en la vida silvestre. Conocemos solo un par de miles. Por lo tanto, debemos salir y encontrar esos virus, obtener la secuencia genética y comenzar a trabajar en las vacunas para todo el grupo, en lugar de solo una. 

En otras palabras el sistema capitalista-imperialista, en su decadencia avoca a la humanidad a la aparición de nuevas pandemias como la del Covid-19, no hay manera de evitar que esto ocurra si la humanidad no se libera de esa plaga, madre de todas las plagas, que es este mismo sistema.


Socialismo o barbarie

Lo que describimos aquí es toda esa miseria en un mundo de inigualable riqueza; toda esa precariedad de la atención en salud pública en una época en la que la ciencia avanzó como en ninguna otra; toda esa ineptitud de los estados para garantizar los servicios públicos mínimos; toda esa muerte y desolación, y esa “incapacidad” manifiesta de asegurar la vida y mejorarla. Todo esto no es otra cosa que el avance de la barbarie en nuestro mundo. El capitalismo no sólo no satisface las necesidades humanas básicas de la inmensa mayoría de la población, sino que incrementa el desempleo, la hambruna y la muerte, y como advertimos desde el inicio, avanza a pasos agigantados hacia la catástrofe generalizada poniendo en riesgo la vida misma de la especie en el planeta.

La única manera de parar la barbarie es hacer la revolución, por dura y costosa que esta tarea resulte en la actualidad. Un proceso tan brutal de destrucción no puede ser encarado con respuestas rutinarias, con las luchas reivindicativas de siempre, para defendernos o para sacar algo y seguir subsistiendo, que no funcionan cuando lo que está en juego es la vida misma.

No hay salida para este desastre en los marcos del capitalismo, toda la verborrea que promulga la existencia de un “capitalismo más humano”, todas esas mil y una formas del reformismo, tanto de derecha como de izquierda, naufragan en el río de muerte de esta pandemia. Sólo el socialismo, una sociedad basada en la asociación democrática de los productores –de los trabajadores– puede proporcionar una salida de fondo a estas calamidades. Incluso como ha podido verse en todos los rincones del mundo, ha sido la solidaridad incondicional de los de abajo, en los barrios, en las escuelas, en las fábricas, la que nos ha permitido sobrellevar la crisis en medio del desastre sanitario y económico provocado por el sistema, y agravado por los manejos torpes e incluso ruines de la crisis por parte de los gobiernos burgueses de todos los colores.

Pues el socialismo es el sistema que se basa en la propiedad colectiva de los medios de producción, en la destrucción de las clases sociales y en la planificación racional de la economía con base en la decisión democrática de los trabajadores, de modo que se produzca no para generar ganancias que beneficien a individuos particulares sino para satisfacer las necesidades de toda la sociedad. Sólo el socialismo podría satisfacer las necesidades básicas de la humanidad: salud, alimentación, vivienda, sanidad, educación, pues es un sistema que busca resolver la contradicción insalvable del capitalismo: que en él la producción de la riqueza es colectiva, pero la apropiación es privada.

Si bien el socialismo no ha llegado a instaurarse plenamente en la historia,  las experiencias más avanzadas, como la de la revolución rusa de 1917, nos proporcionan ejemplos contundentes al respecto: sociedades como la soviética, que llegó a liberar del hambre crónica, del analfabetismo y el atraso cultural a millones; alcanzando logros científicos y tecnológicos que hicieron que se convirtiera en una de las primeras potencias mundiales en apenas tres o cuatro décadas, después de ser el país más atrasado de Europa. Incluso Cuba, un país pequeñito, ha logrado avances en educación y en medicina que aún hoy –en medio del proceso de restauración capitalista– son ejemplo para toda la humanidad.

Por supuesto, no queremos esconder las terribles contradicciones que en el plano político han marcado la experiencia de estos países, a partir del triunfo del estalinismo en las URRSS, y que se impuso en el resto del mundo a través de la degeneración y posterior disolución de la Tercera Internacional y los partidos comunistas en todos los países. Pero, al contrario de lo que propagan los ideólogos del capitalismo –quienes han dado por muerto al socialismo– insistiendo en que se demostró su fracaso histórico, es preciso recordar que apenas en sus primeros intentos –los cuales fueron combatidos despiadadamente por la contrarrevolución mundial– y que no llevan más de un siglo, mientras el capitalismo se tardó por lo menos tres siglos en instaurarse, las revoluciones socialistas produjeron avances inigualables en favor de las masas obreras y populares, muchos de los cuales siguen iluminando el futuro de las nuevas generaciones, y que esos avances probaron al menos dos cosas indiscutibles: una, que la burguesía es un parásito absolutamente innecesario, que los trabajadores solos son capaces de poner en funcionamiento una sociedad superior sin su existencia; dos, que lo único que explica que en esos países –y en tan corto tiempo– se hayan producido saltos gigantescos en salud, en educación, en vivienda, en cultura, es que esas revoluciones expropiaron a los capitalistas y pusieron la riqueza social al servicio de toda la sociedad.

Para los capitalistas es imperioso ocultar esa posibilidad a las nuevas generaciones, convencerlas de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y de que todo se puede cambiar, que todo se podría eventualmente negociar, menos una sola cosa: su derecho sagrado a la propiedad privada de los medios de producción y de cambio, y a la concentración de la riqueza.

Pero volvamos al comienzo. Bastaría con expropiar todas las empresas privadas de salud, todas las industrias farmacéuticas, todas las farmacias, los hospitales y las clínicas privadas, en cada país y en todo el mundo y ponerlos en manos de los trabajadores y las comunidades de esos países, para darle un giro de 180º al problema de la salud que hoy enfrentamos. A eso apunta el socialismo y es por eso que llamamos a las nuevas generaciones de obreros, de mujeres luchadoras y jóvenes rebeldes, a luchar por recuperar esta perspectiva revolucionaria y organizarse para hacerlo, única manera de resolver los graves retos que hoy enfrentamos como humanidad, como restablecer el equilibrio en el intercambio material de nuestra especie con la tierra. Solo una sociedad como esa, no sometida a la irracionalidad de las ganancias de los capitalistas, puede hacerlo.