11/10/20

Toma de tierras: El delito es que haya millones de familias sin vivienda






El problema de la falta de vivienda es muy grave en todo el mundo, y espantoso en los países atrasados, donde los «sin techo» se cuentan por millones. Era un problema crónico en la Argentina, pero se agravó por el derrumbe de su economía en los cuatro años del gobierno del presidente Macri, y se multiplicó con la pandemia, dejando en la calle a miles de familias expulsadas de sus viviendas porque no pudieron pagar el alquiler.


La desesperación de esas familias provocó ocupaciones de tierras baldías, particularmente en los suburbios más empobrecidos que rodean a la capital del país, la opulenta Ciudad de Buenos Aires. La más numerosa, aproximadamente 1.500 familias, se dio en Guernica, una localidad del Gran Buenos Aires.


Las tomas de tierras fueron calificadas como «delitos de usurpación de la propiedad» tanto por la oposición de la derecha macrista como por el gobierno «progresista» del Alberto Fernández, el actual presidente peronista, y la «Justicia» ordenó que fueran desalojadas, algo que en el caso de Guernica aún no se ejecutó por el temor del gobierno a un enfrentamiento violento.


El boletín Punto de Partida, editado en la Argentina, publicó un artículo sobre esta cuestión, que reproducimos porque enfoca la cuestión de la vivienda desde una perspectiva revolucionaria, útil para todos los países en los que los trabajadores y el pueblo pobre sufren este drama.


Perspectiva Marxista Internacional





 Toma de tierras:  El delito es que haya millones de familias sin vivienda



Durante mi estancia en Inglaterra, la causa directa del fallecimiento de 20 o 30 personas fue el hambre, en las condiciones más indignantes, … y en el momento de la investigación correspondiente… la burguesía –entre la cual se había seleccionado el jurado– siempre hallaba una salida que le permitía escapar a este terrible veredicto; muerte por hambre. La burguesía, en este caso, no tiene el derecho de decir la verdad, pues sería en efecto condenarse a sí misma.


Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1844


Las leyes de muchos países establecen que no se puede condenar a una persona que robó un pan para no morir de hambre porque lo hizo en «estado de necesidad». En la jurisprudencia argentina, a este «no delito» se lo llama «hurto famélico», y sólo se aplica a un indigente que no tenga ningún otro recurso, por ejemplo, un pariente que le pueda comprar un pan. Con eso del «hurto famélico» el que lo hizo queda libre aunque haya atentado contra el principal derecho que defiende nuestra Constitución, hecha a la medida del sistema capitalista, el de la propiedad privada del panadero sobre el pan que le robaron.

En relación a las demás necesidades básicas, como por ejemplo los medicamentos y el abrigo, ni se te ocurra «hurtar» un remedio o un pulóver porque vas preso aunque alguien de tu familia muera por una enfermedad o de frío en la calle. Y lo mismo pasa con la vivienda.


E. G., 2020




El gobierno debe cumplir con la deuda social y no con el FMI


La pandemia agudizó y colocó en primer plano, solo en meses, los problemas estructurales del país. Cualquier política sanitaria para enfrentar esta calamidad no podía solo limitarse a un número mayor de recursos de salud, como camas de internación o de terapia intensiva, respiradores y personal médico. La causa de muchas de las comorbilidades asociadas a sufrir cuadros graves con el contagio del covid-19 tiene origen en las condiciones de vida que sufre la mayoría de la población.


La indigencia, la desocupación crónica, las viviendas precarias sin desagües conectados a redes públicas ni acceso al agua potable ni a la red de gas. Familias hacinadas en pocos metros cuadrados, construcciones obsoletas, calles sin pavimento, insuficientes servicios básicos de limpieza urbana y de recolección de basura, deficiente y también nula conectividad a las redes de emergencia, de salud y de comunicación, integran junto a la opulencia desafiante de una minoría cada día más rica, el paisaje urbano a lo ancho y largo del territorio bonaerense y nacional.


Nuestro país, sometido a la dominación colonialista del imperialismo enfrenta la destrucción despiadada de sus fuentes productivas; la clase media enflaqueció y el sueño de la casa propia y los hijos universitarios se convirtió en una utopía para la gran mayoría del pueblo. La historia nacional transcurre bajo el sometimiento a los intereses económicos del capital financiero y especulativo internacional, donde las políticas paliativas no destruyeron el modelo de saqueo que avanzó casi sin obstáculos, de la mano de sus agentes directos locales, que llenaron sus bolsillos siendo sus fieles sirvientes. Esta soberanía machucada por el despojo de sus riquezas financieras, productivas, extractivas y naturales, con millones de trabajadores que no cubren sus necesidades básicas y pelean diariamente por su supervivencia y la de su familia, además, ahora debe enfrentar la pandemia sin defensas suficientes.


En esta situación excepcional por la calamidad que sufrimos, el gobierno «popular», como se autodefine Fernández, cumple con el pago –a expensas de las últimas existencias de dólares– a los usureros, especuladores y prestamistas extranjeros y nacionales. ¡Para cumplir con la deuda no hay demoras, ni vale la paciencia ni las nuevas necesidades creadas por la pandemia!


«Ningún país puede pagar su deuda a costa de que su pueblo quede sin salud, sin educación, sin seguridad o sin capacidad de crecer», señaló Alberto Fernández ante la ONU pero, sin embargo, destinó millones a pagar la deuda (pagos efectuados durante los dos primeros meses de gobierno), y continuaron con los planes de negociación tanto con los acreedores privados como con el FMI.



Las tomas de tierras nacen de la necesidad


La toma de tierras en varios puntos del conurbano es la manifestación más aguda de familias a la deriva, de jóvenes desocupados que no tienen techo ni alimentación suficiente, desnuda el problema del déficit habitacional y el abandono de amplias áreas urbanas muy próximas a los lujos de los barrios cerrados.


Las voces contra la toma de terrenos abarcaron todo el arco político desde la oposición hasta las distintas corrientes peronistas del gobierno. Alertan sobre la ilegalidad y la inconstitucionalidad, pero no se inmutan, ni siquiera se incomodan, por las condiciones sociales que sufren millones de personas en los conurbanos de todo el país. No se han escuchado las mismas voces ni convocatorias indignadas para erradicar la miseria y la pobreza extrema.


Ni urbanizar 4.400 barrios populares en Buenos Aires ni el plan nacional Procrear atacan los problemas de fondo, y preanuncian cambiar muy poco para continuar con la pobreza estructural.

Se debería gritar a viva voz la necesidad imperiosa de un gran plan nacional de obras públicas que cubra las necesidades masivas de falta de trabajo, de infraestructura y prioritariamente de vivienda.


Organizaciones sociales como la Tupac Amaru, cuya dirigente, Milagro Salas, está presa –acusada por el gobernador jujeño por distintos delitos (no comprobados) con respecto al manejo de fondos públicos–, tomaron en sus manos planes de viviendas; en su caso, por medio del sistema de ayuda mutua para su construcción, y también crearon un sistema de financiamiento para la construcción de conjuntos habitacionales con salas de primeros auxilios y espacios deportivos y recreativos. 


Milagro Salas no fue liberada, pero los empresarios de la Cámara Argentina de la Construcción acusados de cobros de sobreprecios, coimas y un largo etcétera no van presos, como tampoco los funcionarios que, además de llenarse los bolsillos, eliminaron derechos económicos, laborales, sociales y políticos establecidos en la Constitución Nacional.


La justicia patronal es rápida para endilgarle delitos a Hebe Bonafini y a Milagros Salas porque participaron de manera activa en planes de construcción de viviendas. Según los empresarios de la construcción, eso «no les corresponde». Ese es «su» negocio. A ellos sí «les corresponde» llenarse los bolsillos con plata del estado y quedarse por monedas con los terrenos fiscales.



Solo son «delitos» cuando los pobres luchan por un pedazo de pan o de tierra


La burguesía terrateniente se quedó con millones de hectáreas producto del genocidio de los pueblos originarios en el siglo XIX, exterminando a mapuches, tehuelches, onas, mocovíes, tobas, e innumerable cantidad de naciones del Chaco y las cuencas del Pilcomayo y el Paraná. Hoy la usurpación y el atropello a la propiedad solo se la considera delito si proviene de familias trabajadoras sin techo, mientras los señores propietarios de terrenos heredados reclaman enfurecidos que se respete la propiedad privada y que se castigue el delito de usurpación. ¡Sin embargo ¿cuántas de las actuales fortunas son el resultado de las más grandes y también más criminales usurpaciones de la historia argentina?!


Como trabajadores, debemos convocar a la solidaridad con las tomas, con las familias que buscan una solución a su necesidad de vivienda en momentos en que la consigna es «quedate en casa» aunque es difícil vivir sin changas, y «mantené ventilados los ambientes y lavate las manos», algo prácticamente imposible si las familias viven hacinadas y sin acceso al agua potable.


Es posible que detrás de las tomas existan intereses no santos, pero eso no desmiente que miles de familias no tienen vivienda ni que en nuestros barrios crecen las necesidades de forma diaria. Y si en la organización de alguna toma están metidos los narcos o las barras bravas, la culpa es del abandono en que ha dejado el Estado a esas familias, que no son ni narcos ni barras bravas.


El arma para reclamar es la movilización, es la lucha con los métodos que sean necesarios para imponer soluciones que los trabajadores están cansados de reclamar y para encaminar las luchas reivindicativas hacia lograr sus objetivos.



El problema de vivienda no se resuelve bajo el capitalismo


La importancia que adquirió el capital financiero y especulativo en todos los ámbitos de la economía agudizó el problema habitacional porque la propiedad inmueble se transformó en valor de lujo al servicio del lavado de plata, de la evasión fiscal y de los negocios.


La apropiación de terrenos fiscales a precios irrisorios para los amigos y beneficiarios del poder o los emprendimientos de bienes raíces tipo barrios cerrados dirigidos a sectores sociales de altos ingresos invadieron el mercado de la vivienda y de la tierra urbana. Mientras tanto, las villas miseria crecieron en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el conurbano bonaerense y en los conurbanos de las ciudades más importantes de la Argentina.


La destrucción creciente de la industria de manufacturas acompañó la concentración y el hacinamiento cerca de las ciudades, ya que estas se convirtieron en fuentes de trabajo precario para las nuevas camadas de desocupados que engrosaron las listas de la informalidad y de los planes sociales. Los trabajadores de mantenimiento edilicio, de la seguridad privada, de limpieza, recolectores de basura, asistentes en el cuidado de niños, de abuelos y de enfermos, de gremios gastronómicos y hoteleros, taxistas, choferes de Uber o delivery, vendedores, cajeros, personal de servicio doméstico, trabajadores de sanidad, de talleres textiles o gráficos, personal técnico de variados oficios… hoy son cientos de miles los asalariados mal pagos que en la actualidad constituyen al sector quizás más numeroso de trabajadores.


La informalidad laboral y la liquidación de los créditos para acceder a una vivienda han profundizado y cronificado la crisis habitacional, lo que se resume en cifras inéditas, ya que uno de cada tres hogares tiene problemas de vivienda.


Si en la Argentina este problema tiene raíces en su proceso de sometimiento económico, en los países ricos en las últimas décadas el aumento de los problemas de habitacionales ha escalado en línea ascendente como lo hizo el Covid. El antecedente más inmediato fue la quiebra de Lehman Brothers por los créditos subprime (hipotecas basura), que incendió los mercados y aceleró la crisis financiera mundial en 2008. El proceso de quiebras de estas empresas y de la banca ligada a créditos hipotecarios estalló en los Estados Unidos, rápidamente contagió al mundo y dejó sin vivienda a miles de trabajadores estadounidenses imposibilitados de continuar el pago de las cuotas de sus planes de financiamiento. ¡Y esto sucedió en la tierra de las oportunidades y con una capacidad adquisitiva de las más altas del planeta!


El problema se agudizó con los años al compás del aumento de la pobreza. En una de las ciudades con más multimillonarios del mundo, Los Ángeles, en California, viven en las calles más de 60.000 personas, los «sin techo», que son los desocupados y los trabajadores con ingresos más miserables, que no pueden pagar un alquiler ni financiar el costo de una vivienda propia. Están a la intemperie o en carpas (solo el 25% tiene acceso a una cama en albergues), mientras las mansiones se cotizan a más de cien millones de dólares.


En España se dio un fenómeno similar al de los Estados Unidos: los créditos inmobiliarios, sostenidos por la especulación financiera, se volvieron impagables para miles de familias que no solo perdieron la vivienda sino que además quedaron endeudadas con los bancos de por vida. Y también produjo el fenómeno contrario, de barrios terminados y recién construidos (en España e Irlanda) que nunca fueron ocupados porque los precios del mercado resultaron inaccesibles para el salario medio a los que iban destinados.


En América latina, por la creciente desigualdad y el permanente crecimiento poblacional de las ciudades, este fenómeno se agrava a niveles mucho más inhumanos. El hacinamiento y la precariedad se expanden en las capitales más importantes, pero a la vez crecen los barrios lujosos para unos pocos y los emprendimientos hoteleros cinco estrellas. En Brasil, el paisaje típico de una de sus ciudades más turísticas, Río de Janeiro, son los barrios más pobres, «las favelas», en lo alto de los morros, y en el llano, los edificios de hoteles lujosos a orillas del mar. En Uruguay, los «cantegriles» conviven con las mansiones de Punta del Este; en Lima, Perú, convive el lujoso barrio de Miraflores con los miserables «pueblos jóvenes»; en la Argentina, proliferan los «country» mientras se agrandan las «villas miseria», que ahora la hipocresía de lo «políticamente correcto» llama «barrios populares»… y siguen los ejemplos.



Los problemas estructurales no los resuelven los paliativos


La concentración de riqueza contrasta con la creciente pobreza de los salarios y de todos los servicios que asisten a los trabajadores: salud, transporte, educación, esparcimiento, derecho al espacio público, vivienda. No es posible la conciliación de intereses entre las familias multimillonarias como los Rocca, Blaquier, Bulgheroni o Galperin y las necesidades básicas de millones de trabajadores cada vez más pobres.


Debemos asumir la defensa de nuestro futuro y el de nuestros hijos; luchar por un país bajo otras reglas, que dé por tierra con las injusticias de este sistema patronal en descomposición. Se necesita planificación nacional económica, urbana y productiva en función de las necesidades de la mayoría trabajadora, y no a la inversa como hasta ahora.


Solo bajo el socialismo se puede iniciar la reconstrucción de la sociedad en el país y en el mundo. Es la tarea fundamental que deben emprender los trabajadores para defender la producción, la ciencia y la naturaleza sin desnutrición y miseria crecientes –como en la actualidad–, y desde 2020 cada vez más expuesta a sufrir pandemias.



La acción revolucionaria y sus aportes históricos


La acción revolucionaria, instituida como método de transformación de las estructuras sociales, fue instaurada por la burguesía, pero –como pasa con la toma de tierras– fue inmediatamente rechazada cuando la clase obrera la llevó a la práctica.


Después de más de cien años de la primera revolución obrera, la Revolución Rusa de octubre de 1917, y en un mundo como el actual, bajo el dominio del capitalismo imperialista, los trabajadores debemos recuperar la memoria de lo logrado por una vía revolucionaria. El destino de esas revoluciones fue muy diferente, pero más allá de sus retrocesos con las consecuentes pérdidas de conquistas y de la restauración capitalista –proceso que se dirigió a quitarlas de raíz–, el sentido de estos ejemplos es para preguntarnos cómo en etapas tan diferentes de la historia del siglo XX prevaleció el problema habitacional como una de las tareas inmediatas de los triunfos obreros revolucionarios.


Lo fue en 1917 en la Rusia del imperio de los zares y en un país atrasado y extraordinariamente extenso; lo fue en Cuba en los años 50, en un país reducido al territorio de una isla bajo dominio de una dictadura al servicio del imperialismo yanqui, y en Portugal, un imperio en decadencia, en los años 70. La clase obrera y las masas populares sufrían miserables condiciones de vida, y la falta de una vivienda digna era acuciante en todos los casos.


En la Rusia de los zares, la revolución obrera y campesina creó la primera républica socialista bajo gobierno de los trabajadores de la historia: la Unión Soviética. El gobierno soviético revolucionario de los primeros años de la URSS acabó con el problema de la propiedad de la tierra. Uno de sus primeros decretos establecía: «La propiedad privada del suelo es eliminada; todo el territorio es declarado propiedad del pueblo y entregado, sin resarcimiento, a los trabajadores, sobre la base de un uso común del territorio. Todos los bosques, las riquezas de la tierra, las aguas de importancia colectiva, todo el inventario móvil e inmóvil (vivo o muerto), bienes de valor e instalaciones idóneas son declarados propiedad nacional». Y un decreto posterior contenía la «prohibición referente a cualquier forma de especulación sobre el suelo».


En la Unión Soviética el precio de los alquileres de la vivienda nunca se modificó desde 1928, y para 1982 los soviéticos destinaban para el pago de la vivienda solo el 2% de sus ingresos. En Cuba, en 1959, la revolución liquidó el régimen dictatorial y colonialista de Batista, expropió a los burgueses y organizó la economía y la sociedad bajo planificación estatal.


Para iniciar la construcción de viviendas, el gobierno revolucionario intervino las grandes empresas constructoras enriquecidas ilícitamente, pasó a propiedad del Estado toda la maquinaria y equipos necesarios para las construcciones de carácter social. También promulgó leyes, como lo hizo la URSS en sus primeros años, a fin de eliminar la especulación de los terrenos e intervino en el mercado de los alquileres. Para el año 1960, otra ley de reforma urbana fijó normas que convirtieron a los inquilinos en futuros propietarios de viviendas bajo control del Estado.


Entre 1959 y 1963 se construyeron 85.447 viviendas por parte del Estado. También se impulsó la construcción de escuelas en lugares de difícil acceso al incrementarse de forma cualitativa el número de alumnos en los distintos niveles de escolaridad. Fueron los años en cuales se construyeron innumerables obras para cubrir los servicios básicos más urgentes de la población.


El proceso revolucionario y proletario de 1974 en Portugal no llegó al punto de acabar con la gran propiedad burguesa e imponer una economía planificada y por eso sus conquistas duraron poco tiempo. Pero durante el período que se inició con el derrocamiento de la dictadura de Salazar-Caetano, las comisiones de inquilinos que integraban organismos de base junto a los soldados y los obreros tomaron la iniciativa de la ocupación de terrenos y de los caserones vacíos de casatenientes urbanos para restituir ese derecho a miles de familias sin techo.


La única salida la tienen los trabajadores cuando toman en sus manos la solución a los problemas más básicos. Bajo el capitalismo las crisis habitacionales crónicas se han agudizado con el paso del tiempo; ningún gobierno de la burguesía las resuelve sino todo lo contrario: en las últimas décadas en países de economías desarrolladas todos los problemas, entre ellos el de la vivienda, renacen y recrudecen para las nuevas generaciones. Mientras se mantengan las reglas de una sociedad regida por la ganancia capitalista y no por las necesidades sociales, nada tiene solución.


La toma de terrenos en la provincia de Buenos Aires plantea la necesidad de:


La más amplia solidaridad obrera y popular.


Se debe exigir a los gobiernos nacional y provinciales medidas extraordinarias para alojar inmediatamente a estas familias durante el tiempo que exija la construcción de nuevas viviendas.


Los trabajadores debemos organizarnos para exigir un plan de emergencia. Un plan urgente de construcción de viviendas en la provincia y en el país, un gran plan de obras públicas que emplee a millones de desocupados. Es urgente el inicio de la construcción de viviendas, de infraestructura vial y de servicios, de escuelas y hospitales, un plan prometido durante décadas pero que seguimos esperando. No esperemos más. Se necesitan millones de nuevas viviendas, que contemplen la erradicación de las viviendas precarias y obsoletas.


Un plan que debería financiarse con impuestos a las grandes fortunas, a las empresas monopólicas, a los terratenientes, a los grandes propietarios inmobiliarios, a los más importantes productores ganaderos y agropecuarios, a los monopolios exportadores de granos y a los bancos, aseguradoras y financieras, pero también que implique la obligación del gobierno de no girar un dólar más para el pago de la deuda con el FMI ni con los acreedores externos.


¡Ni un dólar ni un peso más a las grandes empresas comerciales, industriales y financieras! ¡Ni un solo sacrificio más de los trabajadores y el pueblo para los millonarios y el Estado-patrón. Deberíamos reclamar la expropiación de Vicentín y de todas aquellas empresas que amenacen con el cierre, despidan, fuguen sus ganancias, evadan el pago de impuestos y no hagan públicos sus libros de contabilidad para el control de los trabajadores y del Estado. Redirigir parte de sus utilidades a este plan nacional de obras públicas.


Ante la crisis social, sanitaria y económica que afecta al mundo, a la región y a nuestro país, ningún problema urgente de los trabajadores y de los sectores populares puede quedar atado a la agenda ni de los intereses partidarios o sectoriales, ni a las utilidades de una minoría ni mucho menos a los intereses de los capitales financieros y colonialistas. Se necesita la participación directa del movimiento obrero y popular en todos los debates y decisiones legislativas.


Discutamos de la forma que sea, entre los compañeros de trabajo, en el barrio, en los comedores, en las cooperadoras y cooperativas, en los sindicatos, etcétera, cómo organizarnos para imponer nuestras reivindicaciones más inmediatas y ser protagonistas de las decisiones políticas.


Deberíamos repetir la unidad de abajo lograda para derrotar en las urnas a Macri, ahora para imponer soluciones a nuestras necesidades. ¡Basta de perder tiempo en mesas de consenso con los saqueadores del país y de nuestro futuro!

13/9/20

Colombia: ¡Por una respuesta de masas a la masacre policial!

 

«Exijo justicia, que hagan caer todo el peso de la ley sobre los responsables, ustedes no necesitan investigación porque fue la Policía Nacional –y espero que esto no lo corten-, fue la Policía Nacional la que se encargó de dejar un niño de 7 meses sin padre»

María Páez.

Entrevista CM&

¿Por qué ardieron los CAI?

 Cuando creces en un país como Colombia, en un barrio marginal de la clase obrera, aprendes rápidamente lo que significan instituciones como la policía y el ejército. Ellos son quienes golpearon a tus padres cuando empezó la construcción de los ranchos que los gobiernos llaman «invasión»; ellos son los que asesinaron a tu amigo, a tu vecino, que salió con su familia a protestar contra la destrucción de las cuatro paredes que lograron construir; ellos son los que te persiguen y te agreden porque estabas en la esquina o en el potrero de la cuadra donde sueles jugar fútbol; ellos son los que te ponen encima una droga que nunca has consumido para conducirte a la estación y dejarte una noche encerrado luego de apalearte; ellos son los que montan las «batidas» para obligarte a prestar el servicio militar; ellos son los que se llevaron a los pelados de las lomas para asesinarlos y hacerlos pasar como «guerrilleros muertos en combate», como «falsos positivos».

 María Páez era la pareja de Jayder Fonseca, un joven de 17 años que fue asesinado por la policía nacional la noche del 9S. Como miles de jóvenes en todo Bogotá y algunas ciudades del país, Jayder y María salieron esa noche a expresar su rechazo por el asesinato de Javier Ordoñez. En la mañana conocimos un video de cómo Javier había sido torturado con armas «no letales» al resistirse al arresto, luego conducido a un CAI (Comando de Acción Inmediata) y finalmente a un hospital en donde falleció -hoy sabemos por la golpiza que le fue propinada por los agentes-. La respuesta del Estado ante esta legítima expresión de repudio e ira contra ese asesinato fue masacrar a la población, la policía asesinó en las noches del 9 y 10 de septiembre a 13 colombianos más e hirió a cerca de 500, 72 por heridas de bala.

Esos miles de jóvenes que salieron a las calles, arremetieron contra todas las estaciones de policía que tuvieron cerca, 45 en total, las destrozaron y les prendieron fuego. ¿Por qué? Porque esos sitios para quienes crecimos en las barriadas son la expresión de lo que son las FFMM y la policía en el Estado burgués, aparatos de represión. Las estaciones de policía son lugares en los que se violenta, se asesina, se humilla, se ultraja con particular saña a los hijos de la clase trabajadora. La rabia contenida por años contra esos recintos y sus ocupantes salió a flote la noche del 9S.

Cuando creces en una barriada obrera llevas el estigma de la pobreza contigo, la forma en la que te vistes, la manera en la que hablas, los ademanes de tu cuerpo, son huellas de identidad que la policía y el ejército utilizan para pedirte papeles, para negarte el ingreso a determinados lugares, para calificarte de «vicioso» y «ladrón» con solo mirarte. Para quienes crecimos en los barrios mirar las vitrinas de los almacenes es delito, porque los hijos de los trabajadores pobres no tenemos con que comprar; entrar a la librería a ojear un texto es delito, porque los hijos de los trabajadores pobres no podemos estudiar.

Para millones de jóvenes en Colombia la Universidad es cosa de ricos, se nos enseñó que a nosotros nos corresponde engrosar el ejército de reserva de la clase obrera, que a nosotros nos corresponde conseguir un trabajo sin prestaciones sociales, de máximo tres meses y con un salario por debajo del mínimo. Para millones de jóvenes en Colombia existe por ello la sensación constante de «No futuro», de estar en un laberinto que no tiene salida.

Jayder experimentó eso en su vida, como Dylan Cruz, como Anderson Arboleda, como los 8 niños bombardeados por el ejército en el Caquetá. A Javier se le dijo que estudiando iba a progresar, estudió aeronáutica, pero conducía un taxi. Lo que algunos llegamos a conocer y comprender es que ese laberinto en el que estamos se llama CAPITALISMO, que nuestra rabia no es contra esas edificaciones escenario de torturas y vejaciones, es contra las instituciones que defienden con su violencia ese sistema, nuestra rabia es con el sistema.


El gobierno uribista de Duque es la expresión sanguinaria y mafiosa de ese sistema

El gobierno uribista de Duque es el gobierno de la oligarquía colombiana, de una burguesía que no ha tenido problema en masacrarnos históricamente, en destruir nuestras organizaciones obreras, campesinas, indígenas, juveniles y populares con sus FFMM, policiales y paramilitares; que no tiene contemplación en imponernos leyes oprobiosas que nos conducen a niveles más profundos de explotación; que vende nuestros recursos al capital imperialista y orquesta con él la extensión de la muerte y la miseria en nuestros campos, que se pone de rodillas ante sus políticas antidrogas, pero tranza con los mafiosos y narcos el control de extensas regiones del país, que pretende que seamos cabeza de playa para la agresión a pueblos hermanos que han sido capaces de luchar por su dignidad, como el pueblo venezolano.

Esa burguesía nacional e imperialista ha convertido a Colombia en uno de los países más desiguales del mundo, en el que más se asesinan líderes sindicales, defensores de DDHH o del medio ambiente. Los trabajadores somos los gestores de toda la riqueza producida, pero esa riqueza se la queda una clase social burguesa que nos esquilma hasta el último peso: reduciéndonos el salario, extendiéndonos la jornada laboral, haciéndonos pagar por lo que debería ser derecho de todos: la salud, la educación, la pensión o la recreación. Los representantes del uribismo, con todo el cinismo que los caracteriza, nos acusan de «atenidos», cuando han hecho fortunas a costa del erario público, robando, matando y traficando desde el poder. Nos dicen: «estudien vagos», cuando son ellos los que atacan la educación pública, la tienen en una profunda crisis y gustosos la liquidarían.

Esos farsantes, cuando salimos a protestar, nos vienen siempre con el mismo cuento: que lo hacemos «financiados por el narcoterrorismo», porque «existe un plan orquestado por el Eln, las disidencias de las Farc, la izquierda internacional…». Sus explicaciones ya son risibles y podrían ser entendidas como delirantes, expresión de algún desequilibrio mental, pero no, son manifestación de una táctica premeditada y consciente de defensa: la mentira. Para poder ocultar la injusticia e inequidad que promueven necesitan deformar la realidad, mentir una y otra vez.

Mienten para que nos traguemos la idea que debemos sentir remordimiento por quemar las estaciones de policía, los buses del sistema de transporte en el que viajamos como animales y en el que dejamos buena parte del salario, un cajero automático que pertenece a los banqueros que nos arruinan y a los que el gobierno les gira dinero públicos por toneladas, o la sede de un supermercado que pertenece a la familia Santodomingo, una de las más ricas del país, que paga una miseria a sus trabajadores y los precariza lo que más puede, todo porque para ellos el más sagrado de los derechos es la propiedad privada de los medios de producción, es decir, la posesión de las fábricas, tierras, bancos y comercio que han acumulado a costa nuestra.

Mienten para hacernos creer que las masacres no son masacres sino «asesinatos colectivos», que nada tienen que ver con ellos y sus aliados paramilitares y narcotraficantes; mienten cuando las masacres las cometen las propias FFMM para hacernos creer que «fueron operaciones impecables», a pesar del asesinato de por lo menos una decena de niños, mienten para hacernos creer que la policía es una institución «querida por los colombianos» y que sus crímenes son hechos «aislados», cometidos por «manzanas podridas», cuando por lo menos hubo 20 oficiales que participaron del asesinato de civiles desarmados y 70 que dispararon a matar a los manifestantes. 

Sus mentiras se repiten una y otra vez, en la radio, en la televisión, en las columnas de prensa, intentando que de tanto repetirlas terminemos creyendo que son verdad. Así asesinaron a más de 3000 militante de la UP, han exterminado a los desmovilizados de las guerrillas, han hecho campañas de «limpieza social» haciendo llamar la «mano negra» y asesinando a miles de jóvenes y habitantes de calle en el país, así han producido más de 3000 casos de «falsos positivos» (ejecuciones extrajudiciales) y los seguimos aun contando. En lo que va de 2020 llevamos 205 asesinatos de líderes sociales y 55 masacres con 218 muertos. Duque y el uribismo justifican esa violencia, le ofrece un manto protector y la impulsan, por eso son responsables de la masacre obrera y campesina en el país. Su violencia es sistemática, cometida con sevicia y con un propósito claro, generar miedo, terror, para que no salgamos a protestar contra la desigualdad, la explotación y en últimas en contra del sistema que las hace posibles. 

 

Para derrotar las tendencias fascistas de este gobierno la salida es la movilización de masas

La burguesía colombiana, su Estado y sus aparatos de represión tiemblan de miedo ante el pueblo trabajador movilizado, históricamente ese ha sido el camino para conquistar nuestros derechos, para defenderlos, y será el camino para alcanzar nuevas conquistas y para destruir este sistema de hambre y opresión. El ejemplo más cercano que tenemos lo presenciamos todos nosotros el año anterior, el 21 de Noviembre de 2019 los colombianos vivimos una enorme fiesta democrática, salimos de forma unificada a las calles a exigir nuestros derechos, a reclamar que no se asesinaran más líderes sociales, que se parara la masacre que desplegaba el régimen uribista, que no se aplicarán las contrarreformas laboral, pensional y tributaria. Logramos aplazar la aplicación de estas contrarreformas o limitarlas, pero el gobierno Duque y la burguesía nacional e internacional no han desistido en su propósito, de hecho han aprovechado la crisis sanitaria desatada por el Covid-19 para avanzar en su aplicación por decreto, y la masacre nunca paró.

Hoy, como a finales del 2019, el pueblo trabajador, los campesinos, los indígenas, las negritudes, los jóvenes, las mujeres, necesitamos estar nuevamente en la calle movilizados alzando nuestra voz. Tras el asesinato que nos acaba de indignar de Javier Ordoñez ¡nos han matado 13 compañeros más! Este gobierno asesino nos ha mostrado ahora en Bogotá lo que por décadas ha hecho en el campo, dejar correr sus tendencias fascistas, matar salvajemente, matar sin piedad a quienes alzan su voz contra la injusticia y la barbarie, a quienes se oponen a sus intereses. Nos matan para que el miedo y el terror nos inmovilice, para que ellos puedan avanzar con sus políticas, para que la actual crisis económica siga siendo pagada con nuestro sudor y sufrimiento, para imponernos peores condiciones de trabajo y contratación, más limitaciones y dificultades para acceder a nuestro derecho a la pensión, más impuestos sobre nuestros hombros para exonerar de ellos a los más ricos, a los banqueros y las empresas imperialistas.

Claudia López ha denunciado que lo ocurrido en Bogotá fue una autentica masacre, que tener tantos civiles heridos por arma de fuego se debió a un uso indiscriminado y desproporcionado de la fuerza por parte de «algunos policías», y que ella no dio la orden de uso de la fuerza, mucho menos de uso de armas de fuego contra los manifestantes. Se reunió con Duque y le hizo un llamado a una reforma estructural de la policía, el gobierno uribista, como era de esperarse, lo rechazó. Claudia tiene razón en sus denuncias, pero no en la orientación que termina planteando: llamar a un «acto de perdón y reconciliación». Claudia López peca de ingenua o de inconsecuente, la sociedad no puede perdonar ni reconciliarse con quienes no han demostrado el más mínimo arrepentimiento por los hechos criminales, con quienes los niegan y se han mostrado dispuestos a seguirlos cometiendo. El uribismo no va a dar marcha atrás con su política de odio y terror porque la necesita para mantenerse en el poder, al uribismo no le importa la verdad y mucho menos avanzar hacia la solución de los problemas que convocan a miles de jóvenes a manifestarse, porque justamente este gobierno y los sectores que representan se lucran y viven de la miseria de las mayorías.

Está claro: en defensa del derecho a la vida y las libertades democráticas, contra las tendencias fascistas del régimen uribista, lo que necesitamos son acciones unificadas y contundentes de movilización de masas que le demuestren al gobierno que ya no le tenemos miedo.

Para poder frenar y acabar con la masacre que nos desangra necesitamos hacer como en el 21N, salir todos, de forma unificada, movilizarnos en el marco de un gran Paro Nacional, ser millones en las calles, para hacer retroceder al gobierno, para derrotarlo de forma contundente. Por eso es necesario que las organizaciones que representan a la clase trabajadora, particularmente las Centrales Obreras, todas las organizaciones sociales y políticas que confluyeron a finales del año anterior, convoquen una acción inmediata. Es necesario que sus dirigentes cambien ya su actitud pasiva, que raya en la complicidad con la barbarie. Es nuestro deber como trabajadores, como miembros de esas organizaciones reclamarle a nuestras direcciones esa convocatoria.

También toda aquella organización, todo aquel dirigente, que se reconozca como defensor de las libertades democráticas, debería sumarse sin vacilación ni tardanza al llamado a este paro nacional. Petro está en lo correcto al llamar de manera insistente a las Centrales Obreras, al Partido Verde, a la Colombia Humana y a más sectores a unificarse en una gran acción nacional para hacer retroceder la avanzada antidemocrática del uribismo y su gobierno. Igualmente se requiere que florezcan en cada barrio, localidad y comuna del país formas de organización que impulsen la movilización, asambleas barriales y populares que le den vida y extiendan democráticamente el proceso.

Si Claudia López no dio la orden de disparar, lo sucedido en Bogotá con el accionar asesino de la policía, tal como se ha denunciado, es una ruptura de la cadena de mando orquestada desde la Casa de Nariño, desde el Ministerio de Defensa y la cúpula policial. Por tanto, en lugar de actos de «reconciliación» lo que debemos exigir en las calles en primer lugar y de inmediato es que caigan los responsables de la masacre:

 

¡Que se hagan públicos todos los videos entregados por Claudia a Duque, con los que la Alcaldía dijo colocar en evidencia la brutalidad policial!

 

¡Que ante una comisión integrada por los familiares de las víctimas, y de manera pública, la Alcaldía entregue la identificación de todos los policías que allí aparecen disparando, agrediendo, o permitiendo que otros policías lo hicieran!

 

¡Inmediata destitución de todos esos policías!

 

¡Juicio y castigo a los policías asesinos y no por la Justicia Penal Militar!

 

¡Fuera el comandante de la policía Oscar Atehortúa y toda la cúpula de la Institución!

 

¡Fuera el ministro de defensa, el uribista Carlos Holmes Trujillo!


29/8/20

A 80 años del asesinato de Trotsky. El gran defensor de la dictadura del proletariado y el Estado obrero


El Estado obrero debe ser tomado tal como salió del implacable laboratorio de la historia, no como lo imagina un profesor “socialista”, que reflexiona mientras hurga con un dedo su nariz. El deber de los revolucionarios es defender toda conquista de la clase trabajadora aunque haya sido desfigurada por la presión de las fuerzas hostiles. Aquellos que son incapaces de defender posiciones tomadas, nunca conquistarán otras nuevas.

León Trotsky, En Defensa del Marxismo

25 de abril de 1940

 

 

Este último 21 de agosto se cumplieron 80 años del asesinato del revolucionario ruso León Trotsky, en Coyoacán, Ciudad de México, por orden de Stalin.

 Vladímir Ilyich Lenin y León Trotsky fueron los principales líderes de la Revolución Rusa en 1917. Muerto Lenin en 1924, Trotsky, debió escribir La Historia de la Revolución Rusa, publicada en 1932, bajo la persecución estalinista desatada contra él y su familia, que los obligó al destierro, primero en la Isla Prinkipo, Turquía, hasta su residencia en México donde pasó sus últimos años.

Esta conmemoración del asesinato de Trotsky pasará menos desapercibida en el mundo. Existen buenas y malas razones para que así sea. La literatura, la política, las ciencias sociales en general, el cine, los medios audiovisuales y las redes sociales han descubierto en la vida y en la obra de este dirigente revolucionario una fuente inigualable de inspiración, de investigación y de análisis, y gracias a esta moda se multiplicaron las alusiones a su destacada trayectoria.

Con el correr de los años y en la medida que se detuvo el impulso de la revolución mundial, constatamos el crecimiento de la figura de Trotsky más allá de las fronteras del movimiento trotskista. Las corrientes trotskistas en la actualidad quizás se hayan multiplicado, pero sufren un proceso continuo de atomización y una fragmentación que se expresa en la proliferación de grupos nacionales sin raigambre en la clase obrera. Pero lo más significativo es que creció la figura de León Trotsky en Rusia, donde su rehabilitación legal todavía debe esperar ya que no fue considerado ni aun en la perestroika[1] .

 Un León Trotsky no nace todos los días, su papel de dirigente no se limitó a tal o cual tarea; desde lo político, militar, hasta en lo moral, intelectual y humano sobresalió por encima de todos los de su generación y no sin razón, su obra y su legado trascendió en el tiempo.

Si resaltamos lo malo en esta conmemoración, es por el vacío teórico, político y metodológico que encierran los debates dentro de la izquierda que se reivindica marxista actualmente. El surgimiento en las últimas décadas de agrupamientos que se autodefinen como anticapitalistas prueba la liquidación de un proyecto revolucionario, y ese movimiento nació de las corrientes trotskistas. El método científico que Trotsky y los camaradas de su generación imprimieron en sus peleas políticas y teóricas se perdió, junto con las tareas y la inserción en todas las capas del movimiento obrero.

León Trotsky participó en uno de los capítulos más importantes de la historia contemporánea como fue la Revolución Rusa de 1917. Sin entender cómo nació y se destruyó la URSS no se puede conocer ni comprender lo inmenso de la tarea de Trotsky.

Gran parte de los fundamentos teóricos de Marx y Engels fueron extraídos de las lecciones de la Comuna de París de 1871, experiencia revolucionaria pionera del movimiento obrero, donde por primera vez los trabajadores tomaron el poder. La Revolución Rusa y el proceso que dio a luz al Estado Obrero constituyó el segundo y más poderoso ejemplo para la vanguardia revolucionaria internacional.

 Una revolución proletaria dirigida por el Partido Bolchevique, el partido de combate fundado por V. Lenin, con los obreros y campesinos organizados en soviets, órganos  asamblearios de masas, estratégicos para la toma y el ejercicio del poder.

La Revolución Rusa inauguró una nueva etapa para la humanidad, porque con la URSS se abrió la posibilidad del socialismo proletario. La Rusia soviética se construyó bajo las leyes del sistema socialista, después de expropiar a los capitalistas y de poner las fuerzas productivas rusas al servicio del pueblo y de los trabajadores. Pero esta conquista obrera en un país atrasado quedó aislada, limitada dentro de las fronteras nacionales y dentro del cerco capitalista del mercado mundial. La derrota de la revolución obrera en Alemania en 1918 impidió el desarrollo revolucionario en Europa y, a su vez, favoreció la implantación en la URSS, de un régimen ajeno a la democracia proletaria por la que lucharon Lenin y Trotsky.

La burocracia estalinista surgió como el enemigo enquistado en el Estado Obrero, que implantó la idea del socialismo en un solo país, es decir nacional, y que se consolidó como agente de la ofensiva contrarrevolucionaria liderada por el imperialismo (al reprimir y perseguir a los sectores más revolucionarios y dinámicos del Estado soviético).

Este primer Estado Obrero del mundo no logró su objetivo de transformarse en el centro desde donde se expandiría la revolución mundial. Sin embargo, la fuerza poderosa de su ejemplo influyó para que en China, Cuba, Vietnam y en otros lugares del mundo se expropiaran los medios de producción a los capitalistas y nacieran otros países socialistas.

 



La conmemoración del asesinato de León Trotsky solo cobra sentido en la causa más trascendente de su vida: la fundación del Estado Obrero ruso como producto de la revolución de 1917. Entre los años 1939 y 1940, inició una de las batallas políticas más importantes dentro de la Cuarta Internacional por él fundada, sobre la naturaleza de la URSS.

Una URSS bajo el dominio de Stalin, su asesino, quien exterminó a la camada de dirigentes que, junto a Lenin y Trotsky, edificaron el triunfo revolucionario de 1917. El debate sobre el carácter de clase del Estado soviético no era nuevo. Desde los primeros años en el poder, Lenin atribuyó importancia fundamental a la definición de ese Estado, nacido de la revolución obrera en un país atrasado, con mayoría campesina, y que ya consideraba con deformaciones burocráticas. Cuando Stalin y su camarilla se apoderan del poder, la pelea de la oposición dirigida por Trotsky se inicia dentro de las filas del partido bolchevique y termina con el destierro y la muerte de sus dirigentes. El poder del Estado había quedado en manos de esa casta de opresores que fijaba sus prioridades políticas según sirvieran o no a sus propios intereses parasitarios, la defensa de esos intereses implicó verdaderas masacres, fusilamientos en masa, y para esa época no se desconocían las políticas criminales del estalinismo.

Marx había planteado la necesidad de la dictadura del proletariado y también de su progresiva desaparición, pero no había vivido la experiencia de este primer Estado Obrero, y de la degeneración burocrática de esa dictadura. En ese sentido, constituía un fenómeno nuevo para el movimiento revolucionario, como lo había sido el movimiento fascista en el otro polo. Para esos años, tanto la degeneración del Estado Obrero, expresada en el ascenso del estalinismo, como el fascismo se presentaban «como nuevas formas sociales y políticas de un neobarbarismo».

La burocracia estalinista había superado para esos años «todos los límites de la abyección», pero, sin embargo, para Trotsky, el Estado soviético no era un nuevo tipo de estado «explotador», aunque los actos de la casta burocrática atestiguaran la tensión terrible de las contradicciones entre la casta burocrática y el pueblo.

Los escritos de Trotsky al respecto, todavía mantienen una vigencia irremplazable, han constituido una fuente de investigación única para entender los procesos en Europa del Este, China y de la ex URSS de la década del noventa (50 años después de su asesinato), constituyen un estudio científico de la génesis y del proceso de burocratización y degeneración, y de Stalin en particular. Una definición del Estado y de un proceso al que solo cabía una tarea ineludible para salvar las conquistas de Octubre, una nueva revolución en la URSS ligada al triunfo de la revolución Europea y a la revolución mundial.

 

La restauración capitalista de Rusia en la década de los 90, previa disolución de la Unión Soviética en repúblicas independientes y destinadas a la semicolonización imperialista, como predijo Trotsky, tenía a la burocracia contrarrevolucionaria como la principal responsable.

La liquidación de las bases de la revolución de Octubre, constituyó una derrota para la clase obrera mundial. El triunfo imperialista sobre la ex URSS fortaleció el avance contra las conquistas laborales, salariales, sociales y de organización independiente de los trabajadores en todo el mundo, proceso que continua y se consolida hasta nuestros días. El retroceso en la conciencia fue monumental: se perdió el último bastión del internacionalismo proletario, y sus consecuencias también se pueden medir en la dispersión, atomización y revisionismo que dominan a los últimos reductos de la Cuarta Internacional y del movimiento marxista revolucionario. En el terreno ideológico, otro indicador de la regresión, es el renacimiento de las religiones, de las creencias, del misticismo, todas corrientes de pensamiento salidas de una sociedad burguesa en putrefacción.

Las lecciones trascendentales de materialismo dialéctico del “Viejo” (como lo llamaban sus camaradas), recobra importancia en nuestros días. Trotsky usó una analogía para explicar la naturaleza de la URSS de esos años:

 

Cuando un mecánico examina un auto en el que unos bandidos han huido de la policía por un camino malo y encuentra la carrocería desvencijada, podría exclamar justificadamente: «No es un automóvil, el demonio sepa qué es esto». Semejante apreciación carecería de todo valor técnico y científico pero expresaría la legítima reacción del mecánico ante la obra de los bandidos.


Supongamos sin embargo que este mismo mecánico deba reacondicionar el objeto que ha denominado «el demonio sepa qué es esto». En tal caso, comenzará por reconocer que tiene ante sí un auto estropeado. Determinará que partes aún sirven y cuáles son irreparables a fin de decidir por dónde comenzará el trabajo. El obrero con conciencia de clase tendrá una actitud similar hacia la URSS … se ve obligado a reconocer que tiene ante sí un Estado obrero estropeado, en el que el motor de la economía está dañado, pero funciona y que puede ser completamente reacondicionado con el reemplazo de algunas piezas.

En Defensa del Marxismo, «Nuevamente y una vez más sobre la naturaleza de la URSS», LT, 1940.

 

En la Rusia que sucedió a la URSS después de diciembre de 1991, la burocracia soviética ponía manos a la obra a la restauración capitalista. G. Burbulis, uno de los funcionarios designados por Yeltsin para formar un nuevo gobierno llamado «de transformación», lo definió como «Un gobierno de dinamitadores que ineludiblemente estallará en su labor, pero antes de eso se habrá abierto camino». Para la inmensa tarea de destrucción del Estado Obrero convocaron a asesores del FMI, de la Fundación Ford y de otros organismos del imperialismo, entre los cuales sobresalieron los economistas Jeffrey Sachs y David Lipton.

Prepararon para la nueva Rusia el viejo recetario de ajustes y reformas elaborado para «economías capitalistas enfermas», que no era fácil de aplicar en un sistema ajeno a la experiencia histórica capitalista; como en la analogía de Trotsky, los agentes imperialistas se encontraron con «el demonio sepa qué es esto.

Jeffrey Sachs lo explicó en similares términos: «Cuando iniciamos las reformas nos sentíamos como médicos invitados al lecho del enfermo, pero cuando colocamos al enfermo en la mesa de operaciones y lo abrimos, nos encontramos con que su anatomía y sus órganos internos eran completamente diferentes de los que habíamos visto en nuestro hospital».

En realidad, sería más preciso decir que actuaron como médicos forenses y cuando colocaron el cadáver en la mesa para hacer la autopsia, se encontraron con que su anatomía era completamente distinta de la que ellos conocían, la de los países capitalistas.

El gobierno de Yeltsin con Gaidar, Burbulis y otros, no eran mecánicos dispuestos a reparar las partes dañadas, su accionar fue puramente destructivo. La labor fue completada con éxito por estos agentes imperialistas de la contrarrevolución y restauración capitalista. Para el año 1992 los rusos conocieron el 2.500 por ciento de inflación anual, decenas de millones de trabajadores sufrieron retrasos en el cobro de salarios, pensiones y subvenciones familiares, se comenzó a pagar en especies, se desencadenó un proceso de desindustrialización forzada que acabó con gran parte de las fuerzas productivas. Un proceso que finalizó después de años de miseria y desocupación creciente. Las profundas consecuencias sociales de la restauración capitalista en la ex URSS, trajeron un proceso de despoblación, a causa de una menor natalidad y una mayor mortalidad, y disminuyó la esperanza media de vida (57 años para los hombres en 1994). Además, un número importante de científicos, físicos y profesionales que emigraron a los países capitalistas.  



 

El Estado obrero nacido de la revolución de 1917 constituyó la mayor conquista obrera lograda hasta la actualidad, y se explica por los cambios que experimentó la sociedad rusa de conjunto, fundamentalmente los derechos conquistados por los trabajadores y por los sectores sociales oprimidos, en particular las mujeres, que se concretaron en una serie de medidas legislativas. Conquistas desconocidas en los países capitalistas en aquellos años.

En 1921, pocos tiempo después de la toma del poder, la Oficina Soviética en Estados Unidos publicó una traducción al inglés del Código de Leyes Laborales de la Rusia soviética, del Código de la familia y un folleto sobre los Dos años de Política Exterior Soviética Rusa. Estos materiales, en particular los Códigos, mantienen vigencia cien años después a pesar del diferente contexto político y social en el fueron promulgados. Ese cuerpo de leyes provisionales en vistas a la transformación ulterior de la sociedad rusa deja en evidencia el salto adelante que significaron las conquistas sociales, laborales y económicas que los trabajadores rusos obtuvieron con la revolución:

 

Artículo 3. — El derecho al trabajo se hace cumplir a través del aparato estatal del gobierno soviético. Cada asalariado desempleado es provisto de trabajo por el Departamento de Distribución del Trabajo. En caso de que no se le pueda encontrar ningún trabajo, tiene derecho a un beneficio al desempleado, que debe ser igual a su salario regular, fijado por el comité de escala salarial de su sindicato…

Artículo 10. — Todos los ciudadanos capaces de trabajar tienen derecho a un empleo de acuerdo con sus vocaciones…

Artículo 12. — El trabajo es en la URSS una obligación y una causa de honor de cada ciudadano apto para el mismo, de acuerdo con el principio de «el que no trabaja, no come». En la URSS se cumple el principio del socialismo: «De cada uno, según su capacidad; a cada uno, según su trabajo»[2].

 

Las leyes soviéticas, además, aseguraban a cada asalariado un mes de vacaciones cada año, siempre que todo el tiempo que estuvo en paro y obtuvo su salario regular en forma del beneficio al desempleado, se le imputaran a sus vacaciones anuales. En caso de enfermedad, el gobierno pagaba al trabajador una prestación igual a su salario regular. Con el fin de que el trabajador pudiera mantenerse vital, el gobierno soviético le concedía un mes de licencia para que descansara durante ese tiempo. Además, se le otorgaba a cada trabajador una libreta con datos que atestiguaran sus condiciones laborales a fin de proporcionarle una evidencia del trabajo realizado y el pago recibido por él. Con esta libreta la ley rusa evitaba litigios interminables.

En materia de libertades democráticas, contrario a todas las campañas ideológicas de la burguesía que actualmente nos hablan del Estado soviético ruso como un Estado totalitario desde su origen, en el articulado de la constitución de 1918 quedaron grabados para la historia principios democráticos que aún hoy son conquistas no alcanzadas por amplios sectores de masas en la sociedad capitalista:

 

«1. Rusia es declarada República de los Soviets de Diputados obreros, soldados y campesinos; a los que pertenece todo el Poder central y el Poder local.

14. Con el fin de garantizar a los trabajadores la verdadera libertad de expresión de sus opiniones, la RSFSR suprime la dependencia de la Prensa respecto del capital; pasando a manos de la clase obrera y de los campesinos pobres todos los recursos técnicos y materiales necesarios para la publicación de periódicos, libros y otras publicaciones de imprenta, garantizando su libre difusión en el todo el país.

15. Con el fin de garantizar a los trabajadores la verdadera libertad de reunión, la RSFSR reconoce a los ciudadanos de la República soviética el derecho a organizar libremente reuniones, mítines, manifestaciones, etc., poniendo a disposición de la clase obrera y de los campesinos pobres todos los locales adecuados para la organización de reuniones populares, con mobiliario, alumbrado y calefacción.

17. Con el fin de garantizar a los trabajadores el acceso real a la cultura, la RSFSR se propone ofrecer a los campesinos pobres y a los obreros una instrucción completa, universal y gratuita.

22. La RSFSR, reconociendo la igualdad de derechos de todos los ciudadanos ante la ley, sin distinción de nacionalidad ni de raza, declara incompatibles con las leyes fundamentales de la República los privilegios o prerrogativas, cualesquiera que sean, en función de la nacionalidad, así como cualquier opresión de las minorías nacionales o la limitación de su igualdad jurídica».

 

Estas conquistas sufrieron transformaciones a lo largo de 73 años, y bajo la dictadura de la burocracia se fueron perdiendo las condiciones de vida heredadas. Pero la liquidación de las bases de ese estado se produjo en los años 90 por una combinación de factores económicos, políticos, militares y sociales, que culminaron en la derrota del ascenso revolucionario de masas a nivel mundial (Huelga minera inglesa, procesos revolucionarios en Polonia, en Europa del Este, Centroamérica, etc.) por parte del frente contrarrevolucionario imperialista (el Papa polaco, Reagan, Thatcher, Gorbachov), derrota que abrió la puerta a la restauración del capitalismo. La restauración produjo, a la vez, una nueva clase de propietarios millonarios, que en pocos años, pasaron a formar parte de las elites minoritarias de multimillonarios que residen en Londres, compran clubes de fútbol, se dedican a la venta de armas y son propietarios de las fuentes de energía o, lo que es lo mismo una capa nueva de parásitos, parte de la oligarquía financiera mundial, producto de un cambio cualitativo que dio nacimiento a una nueva clase burguesa en una etapa de putrefacción y descomposición imperialista.

 

Cien años después de la legislación soviética, en los países imperialistas y en todo el mundo se discute que hay que acabar con los «viejos» derechos laborales, con el argumento de los cambios producidos por la revolución tecnológica-científica y por las innovaciones en las comunicaciones y en los medios de transporte, pero solo se verifica de forma cotidiana el conservadurismo de un sistema de esclavitud salarial, de aumento de la desocupación, de salarios insuficientes para cubrir las necesidades mínimas, de mayor número de las familias sin techo, de aumento de los métodos de opresión y explotación, de exacerbación de las reacciones racistas y xenófobas, de pérdida de derechos laborales, de consolidación de trabajos de tiempo parcial, aumento de la desafiliación sindical, del trabajo informal y de la miseria de las familias trabajadoras. El «progreso social» no se verifica con el aumento de la igualdad de oportunidades, sino en el logro de la libertad de morirse de hambre de la inmensa mayoría de la población.

Los fenómenos nuevos que se expresan en la degradación constante de las condiciones laborales y sociales son expresión de un proceso de barbarie en curso, aunque el fascismo, el nazismo y el estalinismo sean movimientos del pasado.

 

El socialismo se logrará como resultado de la lucha de clases y de sus organizaciones. La ventaja de la clase obrera en esta pelea reside en el hecho que representa el progreso histórico, porque constituye la única clase defensora del desarrollo productivo, científico y económico de los países. La burguesía (comercial, industrial, financiera, especuladora, rentista o prestamista) encarna la declinación, la reacción y la descomposición. Juega un papel cada día más parasitario, un carácter que penetra en el tejido de todos los sectores sociales y de las instituciones del Estado.

El retraso del triunfo de la revolución mundial y de la instauración del socialismo como sistema global para regir la economía y la sociedad acelera la descomposición social, amenaza el medio ambiente de forma creciente y acelera las tendencias a las guerras y conflictos armados; en una palabra, acelera el avance de la barbarie.

La pérdida de la URSS, del Estado Obrero nacido de una revolución, influyó de forma contundente en el retroceso de las luchas, en la conciencia y en la organización independiente de la clase obrera a nivel mundial.

El eclecticismo metodológico, que se expresa en la actualidad en la mayoría de la izquierda que se reivindica marxista -y de manera particular la de raíz trotskista-, se sintetiza en el abandono de todo análisis y método marxistas. El papel desempeñado en estas décadas por ese revisionismo ha agudizado la confusión ideológica y política de la vanguardia obrera y consolidó una izquierda aferrada a las bases totalmente podridas de la sociedad capitalista.

 Como planteó Trotsky[3], no se puede ignorar que «Únicamente mediante el uso del método de Marx es posible determinar correctamente tanto el concepto de lo que es un Estado Obrero como el momento de su caída».

La derrota sufrida por el proletariado mundial y provocada por la «caída del Estado Obrero» no eliminó las tareas que tenemos planteada los marxistas revolucionarios, de llevar al triunfo a la revolución socialista mundial y la instauración de la dictadura revolucionaria del proletariado en cada país: bases de un sistema socialista con democracia obrera.

 

Florencia Sánchez

Agosto de 2020

 



[1] Recién en 1988, bajo Gorbachov y después de 50 años, el Tribunal Supremo de la URSS rehabilitó a un grupo de líderes políticos acusados calumniosamente de espionaje y terrorismo contra el poder soviético y el socialismo en la era Stalin. Nikolai Bujarin y Alexei Rikov miembros del Politburó de los años 20 y muy cercanos a Lenin fueron fusilados en 1938.

[2] Era socialista entendido como una transición al comunismo: «De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades».

[3] Leer la obra de Trotsky cambia radicalmente la manera de observar el mundo que nos rodea. Se dice mucho sobre él y sus escritos, pero lo fundamental está en el método científico defendido y expresado en todo trabajo, La revolución permanente, La revolución traicionada, En defensa del marxismo, La Historia de la revolución Rusa, constituyen los hitos más importantes de una obra indispensable para los jóvenes de hoy.